León: Magia por doquier

Madre de Rubén Darío, liberal por excelencia, con la historia que se escapa por cada rincón e invita a una crónica diferente en cuanto a la arquitectura, la revolución, la literatura o las costumbres. Temperaturas altas implacables o riesgos superficiales que desafían la elección de León, en Nicaragua, como destino turístico, hacen que los motivos por descubrirla estallen en todas sus formas.
En siete meses recorriendo Latinoamérica, el secreto mejor guardado tiene nombre animal, está en el país más grande de Centroamérica y goza de la fortuna más bella: magia por doquier.

Fundada en 1523 y conservando aún su patrimonio de capital intelectual de la nación, la segunda ciudad en importancia después de Managua se parece bastante a un pueblo detenido en el tiempo de la colonia. Detalles que nos traen inmediatamente a la modernidad y el presente pero que no invaden la sensación de viaje por un mundo distinto.

Llegar en un “school bus”, como esos que se ven en las películas norteamericanas. El medio de transporte de larga, media y corta distancia tiene esa particularidad, pero cada uno de los colectivos está pintado con diversos colores, brillantes, creando una muestra de arte móvil en el andar por las amplias callecitas de León.

Ubicarnos en un hostal. Andar errantes, sin guía alguna, buscando y preguntando por un lugar lindo donde quedarse. A pocas cuadras de la plaza principal, elegimos la Posada de Oviedo como punto de partida para nuestros días en la ciudad.
Casa familiar, más de cien años en su haber y con el fantasma de habitantes y transeúntes del hogar que alguna vez, transformaron la historia política y cultural del país, América y el mundo. Pero de eso, nos enteraríamos con el correr de los días y casi por casualidad. Por ahora alcanzaba con estar ahí, entremezclados en la típica construcción que ocupa la totalidad del casco histórico, en un hotel nada parecido a un hotel y gozando del privilegio de ser los únicos huéspedes.

Eran horas de la tarde y el calor agobiaba como el sol del mediodía. Pero eso no importa, recorrerla es cuestión de deseo inmediato y no hay factor climático que lo altere. Habíamos viajado todo el día, estábamos cansados y todo desapareció apenas pusimos un pie en la vereda. Partimos a la primera caminata por Santiago de los Caballeros de León.

Las callecitas cuentan lo que no muestran los libros de arquitectura. Casas enormes, con esquina a doble entrada, techos que superan los diez metros para mantener fresco el ambiente, tejas rojizas bañadas por el tiempo y puertas abiertas de par en par, que muestran la vida cotidiana de la gente como si un documental costumbrista se estuviera filmando en ese mismo momento, sin ser advertido por sus participantes. Galerías exteriores utilizadas como parte cotidiana, salón comedor o patio de juegos, televisores encendidos, jardines inmersos en ese paisaje, verdes en su mayoría y dándole el aroma particular, fresco y dinámico que sólo la naturaleza puede ofrecer. Pero si de protagonistas se habla, hay una vedette. Si nos mostraran una foto y habría que detectar en que lugar del planeta está ese hogar, podríamos tener la respuesta en apenas un instante.
Si hay mecedoras en cada ambiente, en la puerta, en un rincón olvidado, no importa donde, en todos lados. Si son marrones, de madera, brillantes y habitadas en tránsito continuo sin dueño particular, pues sin dudas podríamos apostar un millón de dólares, se trata de León.

Luego de cenar, nos sentamos en la ventana a fumar un cigarrillo. Son gigantes, no suelen estar cerradas por la temperatura y tienen una suerte de banquitos integrados. A dormir con un misterio: en el perfecto silencio de la ciudad y con la tranquilidad de un pueblo perdido en la nada, un constante estruendo de tres tiros fue ininterrumpido por esa noche y todas las que siguieron. Poco después habríamos de saber porqué.

Salir a pasear por la que alguna vez, fue la antigua capital de la Federación Centroamericana. Primera parada en el parque central, Máximo Jerez. Justo enfrente está Basílica Catedral de la Asunción de León, la mayor del istmo, construida entre 1706 y 1779 y una de las más diócesis más viejas de América. En su interior, hay frescos religiosos de importancia significativa en la historia de la pintura, así como tumbas de grandes luchadores por la libertad del continente, además de la de su hijo pródigo y a quien dieron el nombre de príncipe de las letras castellanas, el poeta Rubén Darío. Vigilada por un gran león en la parte superior, estos felinos también se hallan en todas las entradas de la manzana que ocupa la catedral.

En otro frente está la plazoleta de los Héroes y Mártires de la revolución, donde hay placas con diversas frases que marcaron a fuego la vida de Nicaragua y los nombres de los mayores íconos de este movimiento. Haciendo apenas unos metros más, nos acercamos al Museo de la Revolución, lugar en el que pasaríamos las próximas tres horas.
Norman, un soldado del ejército sandinista, nos recibió en un cuarto despojado de toda imagen. Sucede que las tenía a todas entre sus manos y en su cabeza.
Fotografías reunidas por un grupo de veteranos, de emboscadas y momentos de batalla urbana y campesina. La más impactante, sin duda, la que representa el triunfo del 19 de Septiembre de 1979, cuando la guerrilla ingresó a León tomando el poder nacional, derrocando la dinastía sangrienta y genocida de los Somoza, que tenía aterrado al pueblo en su totalidad.
Imposible retratar la charla, las respuestas con brillo en los ojos, las dudas plasmadas en el rostro, la adrenalina de un combate relatado y el impacto de tan recientes acontecimientos que transformaron la vida de una nación.
Sin embargo y aunque seguramente habrá opiniones encontradas, vale destacar nombres como los de Augusto César Sandino, Rigoberto López Pérez, Carlos Fonseca y Pedro Joaquín Chamorro. Todos integrantes de un movimiento en distintas épocas que lucharon contra un régimen de opresión salvaje a nivel económico y social. Nicaragua sufrió como pocas el dolor y aunque la historia tenga diversos puntos de vista, no hay controversia en habitante alguno respecto de la crueldad de sus regímenes. Lo que jamás se niega es la legitimidad popular del reclamo que hizo que principalmente, el pueblo de León, se ponga de pie frente a sus verdugos.
Interrogantes quedaron regados por nuestras cabezas hasta estos días. La afirmación de la necesidad de una educación latinoamericana, se plasmó como una certeza infinita.

Pasó otro día y la noche siguió con los tres tiros constantes. Feli, la dulce empleada de la casa, nos explicó la razón. La gente es muy religiosa por esta región, y por cada muerte o celebración de santo se tiran fuegos artificiales. La fe en este caso, es algo de rutina. También nos contó que todos los 14 de Agosto, la gente arma pequeños altares en su casa para la Virgen de la Asunción de María. Resulta que un cura local, cuando el volcán Momotombo hizo erupción y no se calmaba, le hizo la promesa de que si lo hacía, habría un día de agradecimiento anual.
Entonces, cada 14 de Agosto la gente arma suvenires y al pasar por la gran ventana que tiene cada casa pregunta, “¿Quién causa tanta alegría?” y del otro lado responden, “La Asunción de María!”. Algo similar sucede el 8 de Diciembre, pero en todo el país.
Salimos a recorrer casas históricas y museos varios. La primera parada fue en la casa del obrero, donde Rigoberto López Pérez ajustició a Anastasio Somoza García. Sólo queda un mural y restos de una casa gigante, quién sabe con cuantos secretos entre sus muros que parecen caerse cada día un poco mas.

La casa donde murió Rubén Darío, que ahora es sede de la universidad, para luego ir al Museo, que fue la casa de su infancia. Bella, con corredores inmensos y cuadros con sus fotos y su vida retratada en pequeños párrafos. Resulta que el gran transformador de los versos viajó mucho, incluso por Argentina, tuvo tres mujeres, fue un gran bebedor y además, fue criado por sus tíos ya que su padre fue un mujeriego y su madre, por ello, lo abandonó y huyó para tener otra familia. Rubén Darío entonces, creció entre intelectuales de la época, participando de las tertulias que se hacían en esa casa y en las de su padrino, Máximo Jerez, unionista de Centro América y también, dueño de la Posada de Oviedo, la que resultó ser nuestro hogar en la estadía en León.

Partimos al Centro de Arte Fundación Ortiz Guardián. Luego al barrio de Subtiava, primero para conocer el taller de Alejandro Cabrera, pintor primitivista quien nos dio una apertura íntegra de su pequeña y maravillosa galería, plena de brillantes colores, y luego para conocer la Catedral, una de las mas pintorescas de León.

La tarde nos alcanzó agotados pero felices. Teníamos ganas de volver a casa pronto, después del descubrimiento de su origen. Nos preguntamos cuántas veces y como habrán pisado esos suelos los pies infantes de Rubén Darío, cuánta gente habrá discutido y soñado allí la libertad de su tierra y qué asuntos habrá inspirado este hogar que ahora mismo nos albergaba, ciento cincuenta años atrás. Mirábamos los techos, adivinábamos párrafos leídos de Azul en sus rincones, gestas de imágenes futuras por el resto del mundo, próceres que alguna vez fueron seres corrientes con vidas comunes contemplando el mismo punto en la pared que nuestras miradas encontraban. Fascinarse fue tan fácil como vivir la historia en carne propia. Estábamos ahí para contarlo.

Dimos la última vuelta por León. Irse no fue tarea fácil aunque luego entendimos por qué, sin embargo, nos dejó ir. Nos la llevamos como quien atesora un recuerdo vivo, presente, material de un mundo existente pero no transitable en cualquier destino. León simplemente, es ese lugar donde la magia tiene motivos racionales de ser.

Casa típica de Leon

Mural en León

Mural en León

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