Adaptaciones entre un pañuelo y el box

Un dramaturgo se sienta frente a la obra que saldrá de sus entrañas y se constituirá, si se puede, en una representación vívida y plena, realizada por actores, dirigida por un director, disfrutada (si se llega al estreno) por un público generoso que inundará el teatro de aplausos.

Un dramaturgo se sienta frente a su pieza a construir no siempre pensando que será estrenada. Muchas veces, por miedo, la dejará guardada en un cajón; otras veces será rechazada; también podría suceder que en un acto de sincero desdén se anuncie como pieza literaria que no necesita de representación alguna.

Pero se sabe que una vez que la obra está escrita, su fin será ser actuada, moldeada en escenas que les brinden un elemento real a los diálogos y en texturas que alguna vez se les crearon.

Será habitada por matices que la confrontarán con lo escrito, será abordada de diversas maneras, el dramaturgo muchas veces sentirá que lo que escribió “no es lo que se ve”. Sin embargo, tendrá que soportarlo. O no, porque quizás su obra lo sobreviva por los siglos de los siglos y hasta quizás, en el ánimo de adaptarla a la mirada propia, se la transforme totalmente aunque la esencia en sí misma se conserve.

Cuando hablamos de adaptar nos remitimos a definiciones tales como ajustar o acomodar algo en función de otro orden. También se dice que es hacer que un objeto o mecanismo desempeñe funciones distintas para las que fue construido. Adaptar una obra es transformarla para que pueda ser mostrada en ámbitos diferentes de aquellos para los que fue pensada o darle una forma distinta a la versión original.

Este es el caso de Otelo, campeón mundial de la derrota*. Un ejemplo entre los miles, que tiene como protagonista la adaptación de un texto clásico llevado a un tiempo y espacio totalmente diferentes, y con el éxito (que no siempre se consigue) de sostener la fuerza de un relato tan transparente y demoledor como el Otelo de William Shakespeare, escrito en 1604.

Ahora, cabe preguntarse qué sucede con la traslación de un objeto artístico de un sitio que, siendo muy distinto al de sus orígenes, llega a fines similares a los de la obra que se toma como paradigma.

No en sus formas o abordajes, sino internamente y desde sus bordes más determinantes, detalles sencillos y tan complejamente construidos que, incluso disfrazados de un otro tan diferente como pueden ser un Otelo boxeador, una Desdémona alemana o un Yago entrenador, logran fundirse en una misma sórdida armonía y tejen un camino transitable entre una Venecia lejana y apenas un gimnasio en algún barrio de la ciudad de Buenos Aires.

Recordemos brevemente la historia escrita por Shakespeare, que en este caso retrata los celos como el gran tema pendular. Otelo, soldado fiel y valeroso de su ejército, queda totalmente prendado de Desdémona, bella mujer de buena familia y buena posición económica, quien resigna todo su mundo para casarse con él. El padre maldice la unión y nunca la perdona por ser Otelo un hombre de otra raza. Por otra parte, Yago, aliado y hombre muy cercano a Otelo, al ver cómo Casio se acerca a las preferencias de su general, decide fundar dudas e intrigas sobre la fidelidad de su esposa, tendiéndole una trampa que lo llevará a asesinar a Desdémona.

¿Qué pasa en Otelo, campeón mundial de la derrota? ¿Los textos son ampliamente transformados, las relaciones son diferentes, los hilos secretos que la construyen son otros? La respuesta es no. Y quizás allí esté la clave para entender por qué.
Otelo es boxeador. Llega al ring pero no a vistas del espectador, hay una ausencia, las peleas sólo se escuchan en la radio. El espectador sólo podrá ver el gimnasio, el lugar donde esas disputas se preparan, se entrenan, se desatan.

Por allí, transitará una Desdémona que, enamorada perdidamente, goza cantando y hablando en su idioma mezclado con un porteño recién adquirido, busca a su hombre, lo seduce y lo alimenta. Se convierte en Marlene Dietrich. Soporta su vulgaridad, es más, lo ama más por ello. Se deja llevar y confía en él hasta incluso, cuando sus manos la dejan sin respiro. Sería capaz de volverse culpable para que su mortificación no sea tal. Y cree, sobre todo, cree desde su lealtad tan cuestionada.

Yago entra en acción como el entrenador de Otelo, con un claro dominio de su presente y una influencia marcada, también a través de su esposa Emilia quien forma parte de esa cofradía deportiva, sugiriendo que Otelo goza también de sus placeres.
Casio es un personaje extraño y particular. Deseoso de la aprobación de Otelo, transita la escena con timidez y se lo ve siempre llevado por una situación que no entiende bien.

Pero eso no importa, lo que logra el director en esta destacada adaptación es justamente, que las razones se manden mudar y queden sólo las ideas que, clavadas como golpes de puño en el estómago, transforman en un cuadrilátero ausente todas las preguntas que surgen a partir del relato.

Hay cuadros memorables con canciones de Elvis Presley. Otelo resulta una suerte de Sandro simpático al que por momentos, dan tantas ganas de besar como de matar. Hay una maldita ternura en su desinteligencia, así como hay odio hacia Yago y su manipulación maquiavélica.

Hay tintes magníficos de humor y un exacto tempo entre lo vulgar de un lenguaje del mundillo del box y lo sublime de las líneas escritas por el más genial dramaturgo de todos los tiempos.

La muerte alojada en los lockers del vestuario da un “uper cup”, término de la jerga aplicado al revés dado en la quijada. Todavía no es un knock out, pero estamos cerca.

Con esta obra entendemos algo fundamental sobre las adaptaciones. Alberto Ajaka, director y adaptador, además de representar a Otelo, supo encarnar en la pieza teatral como tal, la estructura mental de su personaje más importante: Yago.
Así, el gimnasio se convierte en esas idas y vueltas constantes del texto: la ausencia de una pelea concreta a la mirada del público, los celos nunca fundados, el humor en la descarga silenciosa de los personajes que no actúan sino que se dejan arrastrar, el amor en su forma más pura e irracional con la supuesta incompatibilidad de una mujer glamorosa y un boxeador grosero.

Quizás la magia esté allí, en ese disfraz de un todo diferente que siempre encierra las mismas intenciones. Y de allí, el placer y el dolor extremo que genera.

Un dramaturgo se sienta frente a su obra. ¿Entenderá que cuando llegue al final, ya no será suya, ya no será de nadie? Será de todas las mentes que, alguna vez, la puedan transformar.

*Otelo, campeón mundial de la derrota de William Shakespeare estuvo en cartel en el Sportivo Teatral desde octubre de 2006 hasta septiembre de 2007. Actuaron: Alberto Ajaka, Daniel Gilman Calderón, Nicolás Miloc, Mariela Verdinelli, Sebastián Vigo, María Villar. Dirección: Alberto Ajaka.

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