Un día distinto

Hoy me levanté y no encendí el televisor. Por el contrario, abrí la ventana, imaginé que del otro lado había un horizonte de árboles frutales y no una pared amarilla que no me reconoce, puse la pava para hacer unos mates y me senté a escribir.

La historia salió casi por descarte: una mujer, agotada de ya no ver el horizonte tras los rascacielos, tira abajo el edificio vecino, pero se da cuenta que todavía queda otro que le tapa la vista. Entonces, vuelve con su máquina mental y lo derrumba. Triste es su sorpresa cuando nuevamente, un bloque de cemento gris le sigue bloqueando el camino de sus ojos en la búsqueda del más alla.

Toma la iniciativa e imaginando que la sucesión de hechos será similar, construye un laser visual altamente destructivo y lo desaparece todo. La nada se brinda ante ella, una nube atraviesa el taparrollo de la única estructura sobreviviente que es su casa, se sienta en la mesa y por fin, ella toma una galletita, le pone mermelada de naranjas y la nube, agradecida, se devora el pequeño manjar sin darse cuenta que por mancharse la falda, el atardecer se adelantó de pronto y la noche devuelve las estrellas al firmamento, ahora visibles, mansas y sin luces que las deriven al olvido de su existencia.

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