Mi hermano sobrevivió, pero otros 194 chicos, no

El 30 de Diciembre de 2004 mi hermano fue a un recital junto a su novia. El logró salir, pero cientos de chicos no tuvieron la misma suerte. Hoy empieza el juicio. ¿Cuántos somos los culpables? Acabo de recibir una postal de una madre que perdió a su hijo en República de Cromagnon. Liliana tiene al esposo con cáncer, quizás, por no haber soportado el dolor. Pero está Fiorella, la hermanita de Pablo, quien está llena de vida y por ella, y por tantas otras cosas, ella decide seguir creyendo. Hace unos meses me la encontré en la suerte de panteón homenaje que está armado en Once, frente al lugar que funcionaba como boliche para muchísimos menos que los 3.000 que estaban ahí, esa noche. Liliana lloraba y miraba la foto de Pablo. Yo estaba ahí porque desde que pasó lo que pasó, no puedo evitar pensar qué sienten aquellas hermanas, madres, padres, novias, familiares y amigos de las víctimas que murieron esa jornada fatal, un día antes de fin de año. Entonces, siempre que puedo, paso por ahí, me siento y agradezco al Dios que sea por haber dejado a mi hermano junto a nosotros, pero también rezo como puedo para que esos chicos y los deudos que están en este mundo, logren encontrar la paz. Damián salió esa noche a ver la banda soporte de Callejeros junto a su novia y una amiga de ella. Por esa razón, estaban bien adelante cuando la banda principal salió a escena. Por suerte, alguien le abrió la mochila a una de las chicas y mi hermano, para ver que le faltaba, decidió ir con ellas un poco más atrás. En ese lapso de tiempo pasó todo. Damián me cuenta que vieron cómo el fuego empezó de a poquito, a consumir la tela que estaba en el techo. El olor, la calma al principio y en breves minutos, el grito de todos. Había empezado el fuego y el monóxido de carbono se esparcía por todas partes. La novia de mi hermano empezó a correr hacia atrás, tal como lo hacían todos. Casi no se veía y por momentos, algunos quedaban trabados en las columnas. Caos, descontrol, histeria y salidas de emergencia cerradas. Chicos por todas partes, intentando salir de ahí, del ahogo, de la muerte segura. Sin embargo, no se dejaban atrás. Nadie se dejaba atrás porque ahí había muchos amigos. Entonces, se ayudaban y no les importaba salvarse si con ellos, no salían todos los que habían entrado. Damián logró escaparse de esa locura junto a la novia y su amiga. Quiso volver a entrara sacar gente, pero ella no lo dejó. Mejor dicho, le dijo que si volvían a entrar, iban a hacerlo todos juntos. Salvar chicos era la idea pero lo que sucedió era que cuantos más entraban, menos lograban salir. Era cuestión de suerte, de que te roben algo de la mochila, de que encuentres la puerta que no estaba cerrada con candados. Era ver cómo habías llegado al afuera, ver con quien te reunías y de eso, que dependiera cómo iba a seguir la historia. Todos allí hicieron lo que pudieron, incluso mi hermano, que a entender de todos nosotros, salvó dos vidas. Y también se la salvaron a él. Sin embargo, el no olvida. Damián se recibe de abogado el año que viene y no deja nunca de honrar la vida que hoy tiene y creo, adentro suyo, lo hace tan intensamente porque sabe que tuvo una segunda oportunidad y también porque no olvida a todos esos chicos que estaban con él. Yo no me enteré esa misma noche de lo que pasó, ya no vivía con él. Por cosas del destino, pasaba por ahí a unas cuadras mientras sucedía la tragedia. Recuerdo que estaba todo cortado. Le pregunté al taxista y me dijo “se incendió una bailanta”. Claro, antes ahí había un boliche donde pasaban música tropical, no sabía de que se trataba. Recuerdo que vi el caos y me lamenté, pero también recuerdo que traté de asociar en mi cabeza quien podía estar ahí que yo conociera y me quede “tranquila” por saber que no tenía de qué preocuparme. Esa noche, igual, dormí mal. El 31 de diciembre me levanté y tenía que ir a trabajar. Pasé por el kiosco, compre el diario y vi la tapa con una foto que en la vida me voy a olvidar. Eran unas zapatillas llenas de sangre, en una calle invadida por el caos. Recuerdo que llegué a mi box, me senté y no pude parar de llorar. Todos estaban impactados en la oficina, conocieran o no a alguien. Cromagnon nos mostró un poco a cada uno, qué chico es el mundo, porque ese día siempre alguien te hablaba de alguna persona que conocía que había estado ahí. A mi me tocó un poco más de cerca, porque el que había estado ahí era mi hermano. Sonó el teléfono. Era mi papá. Me dijo, “quedate tranquila, tu hermano está bien”. Yo le contesté que claro, que porqué iba a estar mal. “Tu hermano ayer estaba en Cromagnon”, me dijo. La sangre que hiela el cuerpo. El frío. La posibilidad de lo que pudo ser y esa foto que desde la tapa, me miraba. Un millón de pensamientos, sensaciones, todo en una milésima de segundo. Colgué el teléfono, me paré, le dije a mi jefa que me iba y salí corriendo. Literalmente, corrí 7 cuadras hasta darme cuenta que estaba lejos. Me tomé un taxi y llegue a la casa de mi hermano. Estaba sentado con un cigarrillo en la mano, mirando al vacío. Tenía apenas unas quemaduras y la cara hinchada de haber pasado, seguramente, la peor noche de su vida. Pero ahí estaba, mirándome, como la tapa del diario pero esta figura humana respiraba y yo, también lo hacía. Nos abrazamos fuerte y se quedó en mi falda, tirado sobre mí, llorando. Jamás había visto a Damián así, nunca. Me decía “había muchos chicos, Emi, había muchos chicos”. Todavía le duele, estoy segura. Le cuesta horrores hablar del tema. Pero no olvida, y nosotros tampoco. Nadie puede olvidar a 194 personas que tenían toda la vida por delante y que por muchos culpables que hoy se empiezan a juzgar, perdieron la chance de crecer. A mi entender, la culpa está repartida. La negligencia, el horror, el descuido, la desidia, la inoperancia, la corrupción. Todos ellos son responsables directos de esta tragedia que se pudo haber evitado. Hoy comienza el juicio. Ojalá algo salga de todo esto. Ojalá sirva para que las cosas funcionen de otra manera. Ojalá que Pablo, donde quiera que esté, y los otros 193 chicos tengan paz y ojalá que mi hermano, como alrededor de otros dos mil quinientos sobrevivientes, puedan algún día, no sentirse culpables porque a ellos, no les pasó nada. La culpa es una sola. Nada ni nadie está ajeno de vivir una tragedia. Pero lo que se pudo evitar es la consecuencia, la grave y dolorosa pérdida que tantos años no podrán sanar. Solo la justicia, quizás, pueda hacer lo suyo. Y tal vez, sólo tal vez, aprendamos algo de todo esto y cuestiones estructurales de nuestro ser como la corrupción y el “no va a pasar nada” se borren para siempre. ¿Será justicia? Ojalá

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1 Response so far »

  1. 1

    gabylu said,

    esta vez no es emoción.. esta vez es angustia y rabia.. no hace falta explicarlo…
    besos Emi…
    tengo un nudo en la garganta.


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