Mi primera vez en el estadio

Gardel, el Che, mate y dulce de leche. Sin embargo, la referencia más frecuente para un argentino en cualquier parte del mundo es Maradona. Entonces, el fútbol en mi tierra más que un deporte es un símbolo casi tan legítimo como la bandera celeste y blanca, una cultura que se entremezcla en la historia y la cotidianeidad como estos íconos que viven en cada rincón del país. La pelota trasciende el folclor local para dejar lugar a enfrentamientos sólo por el color de la camiseta, pero nadie pondría en duda que este juego es parte del ser nacional. Cuando juega la selección ese muro se rompe y todos formamos parte de lo mismo, pero ese ya es otro cuento.

Estoy recorriendo Latinoamérica hace varios meses, y estando en Bogotá, un amigo me invita a ver Millonarios vs. Nacional en el estadio El Campín. “Clásico de clásicos”, me dice. Cuando le informo que las veces que pisé un campo de fútbol fue sólo para ver a grupos de rock, comienza a dudar de mi identidad y casi me pide el pasaporte. No, no soy finlandesa, soy argentina pero es cierto que jamás he visto una contienda futbolera en vivo y en directo.

Mi papá quiso remediar eso hace tiempo, relatándome la emoción que se vive dentro del espectáculo y tratando de persuadirme de adoptar a River como equipo propio. Pero no lo logró, ni él, ni mi abuelo Antonio, que hasta el último día de su vida tuvo al tango, Perón y Boca como sus grandes amores.

Ganó la curiosidad. Otras veces tuve oportunidades de ir a ver un partido, pero no quise tomarlas por sincera falta de ganas. ¿Será que este mes de mundial lo transforma a uno? ¿Ó quizás el hecho de estar en tierra extranjera? ¿O será que todo llega alguna vez, y por eso, mi primer acceso a una disputa futbolística fue en Colombia, y para una instancia decisiva en el torneo local? Me tocó en la platea de Millonarios, un miércoles 14 de Junio y con la lluvia como invitada especial.

Conseguir transporte. No se puede salir con tan poco tiempo para semejante acontecimiento, y menos en hora pico, con gente saliendo de trabajar y en medio de un diluvio. El taxi nunca lo conseguimos, así que el bus fue la única manera de viajar.
Estaba algo nerviosa, o expectante. Ansiosa no. Como dije, siempre creí que el fútbol se trataba de 22 hombres corriendo detrás de una pelota y ya. Sucede que cambié de opinión inmediatamente al acercarme a El Campín.

Latidos que crecen. Un solo grito distorsionado en miles de voces que rompen toda teoría musical. Debería haber espacio en las clases de coro para observar a las hinchadas y ver cómo transmiten lo que sienten. Sin haber estado en ensayo alguno, la canción es la misma y la pasión que despiertan, una sola. Sin siquiera ingresar al estadio y mientras los jugadores quizás, toman su último trago de agua en vestidores, uno ya entiende de qué se trata el fútbol.

Revisar los colores de la ropa. Puede ser fatal llevar el color del equipo contrario en la tribuna propia. Claro que un hincha de fútbol no comete ese tipo de equivocaciones y, justamente, eso hace que notemos por qué esta es mi primera vez. Nadie reflexionaría sobre esto porque sería habitual que lleve su camiseta, la que transpira cada ocasión, la que besa, maltrata y retuerce de acuerdo a como vaya el partido, a la que se agarra fuerte cuando un delantero se acerca al arco propio y la que suelta, glorioso, para gritar un gol desde el alma y acompañar la fiesta con un abrazo gigante que se extiende por todos los espacios que ocupan los extraños conocidos.

La pasión no entiende de razones y la lógica no habita este juego. Ver como un jugador profesional pasa por detrás del contrario y le pega un codazo mientras lanza un corner, o notar como adrede un entrenador físico le arroja la pelota más lejos al que va a buscarla me sorprendió. Era la única, claro. Me sentí avergonzada por momentos cuando sentía que mi voz se elevaba por las del resto, contándole al árbitro lo que él, por falta de ángulo, no podía ver. Empecé a comprender a mi padre y a mi abuelo, incluso, cuando lo hacían mirando una pantalla de televisión. Aún ignorando las reglas, siendo poco adepta al deporte y nula en afición por alguno de los dos equipos, no podía evitar la sensación de ser parte del rito.

Goles. A favor o en contra, con distintas consecuencias las expresiones son las mismas. Las caras se desfiguran en retratos por pintar, las manos se agitan en todas las direcciones, los gritos se vuelven susurros y viceversa. Hay cabezas que se caen como rodando por las escalinatas o cuerpos que se elevan como si fueran a tomar vuelo. Hay orgullo sostenido o lástima repentina. No creo que la vergüenza sea calificativo para cuando un rival mete un gol, un fanático jamás niega su condición y defiende lo indefendible, aunque claro, la exigencia y el enojo persisten hasta el partido donde el equipo le demuestra a uno lo que es.
Entonces vuelve la magia, el amor que estaba dormido y el triunfo se entiende como la explicación por el mal tiempo pasado.

Coleccioné cientos de imágenes en mis horas del encuentro. Un hombre de traje que parecía estar perdiendo millones en una reunión corporativa, una pareja que se besaba solo cuando el Nacional estaba lejos del arco de Millonarios, el chico que seguramente tenía mas arroz en su pantalón que en su barriga debido a la euforia de su padre, las ignoradas porristas, los tiros de esquina mostrándome a los jugadores como humanos, el cemento que tiembla con los saltos y aumenta la adrenalina, las banderas trabajadas como diseños exclusivos, el llanto del azul que pierde y la sonrisa petrificada del vecino cercano en la platea verde que se queda con el 2 a 0 a favor y permite que el equipo siga adelante.

Un jugador hace lo suyo. Camiseta verde, tiempo finalizado y su paso por el campo tranquilo, saludando a la hinchada azul que se convierte de repente en un gran silbido, una burla que puede hacer luego, custodiado por los policías que lo salvan de su soberbia ironía. Toca esperar la salida mientras lo hacen los del Nacional que descargan su fiebre ganadora sobre los impacientes Millonarios, que a su vez soportan a fuerza de prisión, los insultos y los dos dedos en la mano que se multiplican, como si fuera necesario recordar lo vivido hace apenas unos minutos y que será la angustia de unos días.

Nunca importaron las miles de gotas caídas y los pilotos parecen llevarse por costumbre. A quien le importa mojarse cuando lo que se juega es tan instantáneo, cuando una pasión se vuelve inexplicable, cuando hombres y mujeres defienden su lugar de espectador y las amistades gozan de mejores recuerdos cuando un picadito es el programa de un fin de semana.

Mi primera vez en el fútbol fue en la tribuna que perdió, pero yo me sentí ganadora. Independientemente de la tristeza o de la alegría, pude vibrar, mirar y gozar de un show repleto de bellas costumbres, de travesuras que cuestan caro y de una reunión social con miles de invitados felices de estar en ella. Sin distinción de raza, sexo pero sí de color en las camisetas, pude entender, como decía mi abuelo y seguirá proclamando desde su eterna estadía en Plaza de Mayo, que el fútbol más que una pasión es un latido en el corazón de aquellos que lo sienten.

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