Archive for agosto, 2009

¿Quiénes somos cuando no pensamos?

Camino de patas sueltas,
desarmadas,
dejo la rigidez para otro capítulo,
hoy la noche es la calma buscada.

Brisa de tiempos aquellos,
aparecen de la nada,
tuve quince años y días más tarde,
la apuesta se dobla,
treinta es casi el número y yo,
detenida en esa distancia,
plena y segura de estar donde soñaba.

No es el lugar ni el momento,
tampoco las circunstancias.
Simplemente una sensación,
perpetua, sin motivos,
libre de sanadores o ataduras pasadas.

Dejé de pensar por un minuto.
Pude mirar sin culpa.
Supe calibrar la ansiedad.
Eché las reflexiones por la ventana.

¿Quiénes somos cuando no pensamos?
¿Dónde se queda la conciencia anulada?
¿Cómo se escribe sobre lo que no existió nunca?
¿Acaso somos nuestra propia metáfora?

Preguntas desterradas,
conclusiones para jugar a la mancha,
a dormir liviana y sin confusiones,
la ausencia también puede ser
un bello truco de magia.

Adoquines en Chascomús

Adoquines en Chascomús

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La fiesta de los miércoles

Siempre me pregunto cómo sería escribir eso que llegue hasta el recoveco último de las entrañas. Tocar las vértebras, atravesar las arterias en un carrito hecho de “criollitas”, llegar al corazón y hacerlo latir más fuerte. Dejarlo al borde del infarto. Apretarlo hasta dejarlo sin aire. Convertirlo en un cadáver en sí mismo y de repente, bombearlo con más intensidad, bañarlo en mermelada de frutos del bosque, pintarlo todo de una esencia aromática y deliciosa. Dejarlo tan perfecto como para comérselo. Vivo.
Eso es exactamente lo que siento cada vez que termino de ver “Tratame Bien”. Lloro, me toco la panza, aplaudo sola. Mi caja de zapatos que llamamos departamento, mi casa, mi hogar sin tiempos y con raíces hasta el sexto piso, se convierte en una platea enardecida, emocionada, feliz de mirar lo que mira, y todos los muebles se ponen de cabeza, el reloj queda detenido, la computadora se silencia y hasta me parece adivinar unas figuras invisibles a mi lado, constantes, que se quedan como testigos de las sensaciones que se corporizan cuales espectros reflexivos de lo que acabo de transitar.
Aparecen mis viejos y sus discusiones posteriores a mi primera menstruación, el divorcio nunca firmado y el adiós definitivo, Mar del Plata y los “autitos” que alquilábamos en vacaciones, las fotos blanco y negro de su luna de miel en Necochea, la terapia que me devolvió la brújula escondida, la casa de Ituzaingó vacía antes de entregarla a los inquilinos, los perros que corrían por el parque y los vecinos viniendo a buscar limones, saltando la medianera y las rejas del frente, pocas cenas, pocos almuerzos, muchos cuentos, muchas reuniones. Siempre juntos, matándonos o encontrándonos, pero juntos.
Ver a Sofía y José no es necesariamente autobiográfico pero sí es reencuentro. Es un dedal para coser sin pincharse mientras rearmo algunos retazos perdidos, un barrilete con balcón para poder pasear sin vértigo, una mecedora como la de mi abuela preparada para bancarme en la locura, la incomprensión y la infancia desesperada. Ver a Damián y a Helena es enfrentarme a un espejo difícil y tan frágil como yo cuando logro mirarme de esa manera, aunque no sea la misma, aunque haya otro carácter, aunque las circunstancias sean distintas y las personas calcen otras máscaras.
¿Será que no existen las multiplicidades sino la unicidad particular de las historias? ¿Será que de una misma emoción madre todo parte, crece, se alimenta de musgos, situaciones y muertes, cenizas echadas al viento o cuerpos enterrados en la profundidad de la tierra? ¿Será que construimos un andar distinto sólo cuando podemos diferenciarnos de lo que ya pasamos? ¿Hay destino sin procesar los olvidos que no son tales?
“Tratame bien” es un colectivo lleno de imágenes que juegan a la rayuela, por momentos, muy parecida a una montaña rusa. Hay restos de tiza, olor a aula y torta fritas, smog, sonidos de hielo cayendo en un vaso vacío. Hay fastidio y limitaciones. Hay gritos silenciosos, hay dolores sostenidos, hay sonrisas cómplices y enojos infinitos. Hay magia en los diálogos, no hay actores sino protagonistas, la escenografía se funde en un hogar cualquiera y no hay director sino una cámara que andaba de paseo. Excusas literarias, puede ser, sin embargo, nada más cercano a la realidad. Si hay algún secreto es que en vez de estar ante un programa estamos, sin siquiera haber tomado conciencia, en un lugar distinto. Nos mudamos a otra parte, nos llevaron a otra esfera, la mente que da vueltas alrededor como un baile de signos de preguntas, exclamaciones y puntos suspensivos disfrazados de algodón de azúcar. La metáfora que no quiere ser casual. Es definitiva.
Porque hay golpes pero hay dónde caer y porque las razones se convierten en parte del rito. Porque los miércoles tengo una fiesta con mis sombras más terribles y la inocencia mejor. Porque lo que sana está frente a mis ojos y se queda conmigo la ternura, esa adorada maga que también guarda lo peor, todo ensamblado, conjunto, sin posibilidad de separación, anidando lo mejor que está por venir con la insoportable, maravillosa y tenaz experiencia que todo lo enriquece y perfecciona, esas escenas que conforman lo que soy y de lo que siempre me desprendo (y me vuelvo a llenar) para volver a empezar.

Yo en Mar del Plata - 1987

Yo en Mar del Plata - 1987

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“Mil pasados y ningún futuro”

“Le di tantas vueltas” dice Espósito mirando a Morales. Están sentados en una mesa, un tiempo después, y todo eso que pasó en el medio queda varado, a la deriva, como buscando un espacio dónde acomodarse entre tanto vacío de una casa que llama a la penumbra de lo que fue.
El silencio es infinito. Todavía siento el frío en la piel. Desde ayer que salí de ver “El Secreto de sus Ojos”, no puedo escaparme del lugar donde me dejó la película, atónita, comparando frases, inundada de sensaciones y reflexiones que se relacionan con mi vida, que nada tiene que ver con la de los personajes de Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella y Pablo Rago. O quizás sí, porque lo que cambian son los motivos o los colores, las acciones o lo que se hizo a partir de, y todo lo que nos une, ese lazo universal de la existencia, queda siempre al descubierto, igualando todo, colocando exactamente las mismas preguntas sobre tan distintos hechos.
Juan José Campanella recoge con su dirección, una piedra difícil de sostener. Abrazar en el mismo curso temporal, en la misma historia, sensaciones tan diversas es casi un truco de magia que sólo un artista de su talla puede hacer. El acto incluye llevarnos a pasear por el dolor y su materia indefinida, la intensidad de lo que sentimos alguna vez (y todavía podemos volver a sentir), el miedo que todo lo paraliza, la impotencia que nos revela cuan débiles somos sin amparo, la agudeza de un sacrificio que todos decimos, haríamos sin dudar.
Basada en la novela de Eduardo Sechari y con celebraciones impecables como las actuaciones, fotografía y la dirección de arte, la música también juega un papel fundamental. Cada escena en donde aparece la melodía, es como si cayera del cielo un manto protector, guía de lo que pasará dentro de nuestro cuerpo cuando veamos lo que haya que ver, cuando descubramos lo que está pasando y necesitemos ponerle una voz a esa emoción que se ha quedado sin habla.
Podría decir que se trata de un thriller, de una historia de amor, de un caso policial por resolver eternamente. Sin embargo, no hace falta y tampoco tiene mucho sentido. Basta con decir que el viaje es certero, que habrá consecuencias para la razón, que si somos lo suficientemente inteligentes, podremos llegar a dejar de ver las puertas como tales y entendamos a través de ellas, tantas cosas que jamás pudimos llegar a cerrar o dejar entrar.
¿Qué cosas nos impiden construir algo nuevo? ¿Cómo se hace para olvidar? ¿Es posible pensar en un ser que desprenda de sí mismo, la justicia como ideal? ¿Cuántos somos capaces de amar de verdad? ¿Es posible mudarse del mundo a una idea y quedarse allí, para siempre?
“El Secreto de sus Ojos” me dejó con mis propios interrogantes y misterios. Quedan varios expedientes por abrir en mi propio recinto, sin testigos ni juez. Solo yo y este cúmulo de volteretas, agitadas, felices también porque hubo lugar para la risa en medio del espanto, hubo belleza en lo más terrible y maravilla ante la imposibilidad. Y en eso sí que todo se parece bastante, pero este espejo del alma cinematográfico sabe devolver más que quitar y en esa ganancia, en ese transitar, es donde encontramos esperanza, alegría, ganas de abrazar y andar con un poquito más de ganas, aunque en las pupilas, esas delatoras implacables, lleve un resto de toda esta verdad.

"El Secreto de sus Ojos"

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