Archive for enero, 2010

Ruleta marítima

Escribir lo que no puedo,
lo que no tiene palabras,
lo que carece de sentido,
lo que tiene gusto a nada.

Escribir lo que no tiene curvas,
rectas invisibles,
trazos multicolores para ciegos,
prosa poética para un matemático inflexible.

Escribir lo que no tengo,
lo que no tiene sustento,
lo que callo cuando invento este texto,
lo que no digo cuando te pienso.

Escribir lo que no existe,
lo que intento poner en oraciones,
lo que aparece en mil imágenes,
ausencia definitiva de mi voz para estos tiempos.

Escribir lo que no quiero,
lo que escondo con las letras que aparecen,
desordenada apariencia del poema,
invención del disfraz para lo que habita en mí.

Hoy.

Si poder decir
o escribirte.

Nada más que esto.

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Por ese palpitar


Falleció Sandro. No lo quería. No era mi amigo. No era su fan. Pero algo me dolió, aunque me sentí mejor de saber que basta, que ya no más aperturas, cortes, operaciones de a decenas y suero en tubitos a cambio de dignas comidas que amaba para su paladar.
Falleció “el gitano”. Lo admiraba. Lo valoraba como artista, como intérprete exquisito, como un cantante capaz de erizar la piel hasta el cansancio, conmover con el relato de un sencillo par de manos y enamorar por el sólo hecho de ejercer la pasión como estandarte.

Los canales se inundaron de su imagen. La calle habla de ello, incluso gente que está de vacaciones. Todos preguntan qué pasó. Cómo fue. Por qué tan pronto. Yo me alegro. Me pongo contenta. No por su partida sino porque ya era hora de dejar atrás tanta tortura médica, pastillitas de colores múltiples, una garganta inútil destinada para canciones que ya no podían ser.

Una mujer lloró. Deben haber sido muchas, pero yo observé a una señora que me lo contó como si estuviera en la puerta del velorio que será comparado con el de Gardel, pero que llevará el sello único del rockero romántico popular más querido de los últimos tiempos.

Habrá más noches tristes. Habrá más muertes de estrellas terrenales. Habrá otros que puedan cantar mejor, peor, pero nunca igual que él, aunque cuando escribo estas palabras, surja una seria duda a través de alguien que conozco que sí, que si cerrás los ojos, parece Sandro se hubiera mudado al living de un hotel, a un bar abierto en el mar, a una sala repleta de espectadores esperando su voz.

Pero es la esencia lo que hace distintivo a este hombre que ayer decretó que ya no podía más, que era suficiente, que lo que había por decir estaba todo dicho y que las ganas no eran infinitas. Es la actitud, la valentía ante el sentimiento y la sensibilidad que lo ponía frente a la razón para pegarle un cachetazo y dejar expuesto todo a la emoción, a la rabia, al sufrimiento y el irreflexivo estado de quien no puede con lo que hay dentro de su corazón.

Falleció Sandro. Yo no lo voy a despedir porque se queda su música, el legado inmaterial de su existencia, la presencia de su musa y el inagotable recuerdo de un tipo que trajo el rock a mi país, la vanguardia a un género y la humildad a un oficio tan maravilloso y bello como el del artista y su expresión. Un extraordinario personaje que se construyó una leyenda antes de partir y que dijo una de las frases más inolvidables que haya escuchado alguna vez: “yo puedo perder la vida pero a la vida no me la pierdo”.

Y no se la perdió.
Que te vaya bien, “Don Sanchez”.

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