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Nueve desde los veintueve a los treinta

El título parece una enredadera, como el tránsito de los días vividos hasta esta jornada, como la semana que queda por llegar antes de los treinta, como todo lo que ha pasado desde el siete de marzo de mil nueve ochenta.

Solía no creer en los cumpleaños. Todavía no creo en ellos. Hasta la adolescencia, creo recordar que los esperaba ansiosa, contenta, con la adrenalina clásica de los regalos de quién, cómo y por qué, de las tarjetas compradas en librerías escritas a mano, de las velitas de la torta sopladas a upa de mamá, de papá, después ya paradita sobre una silla, con los abuelos aplaudiendo y los primos bien cerca, más tarde la ropa elegida por mí misma, la ausencia de figuras de mazapán y glasé, los confites de colores y granas para disimular la infancia en retirada, el novio de la mano, el abrazo de los amigos que cerquita, sacaban turno para tirar de las orejas.

No se qué pasó después de los veinte, porque apenas si recuerdo una fiesta. Trato de viajar en mi cabeza hasta esos días primeros, los que antes coincidían con las clases, y ahora nada, diez años de imágenes a la deriva. ¿Dónde se fueron? ¿Qué pasó con los festejos? ¿Es que acaso cumplo veinte otra vez, falló el calendario y volví hasta ese punto, punto muerto, punto cero, punto y aparte, punto sostenido y punto final?

No es que haya tristeza ni llanto. No hay más que preguntas en esta espera que parece ser impaciente, que guarda tantos interrogantes como los ojos de Maya que ahora me miran, ya no sentada en la impresora sino apoyada en la mesa, tras mi laptop, jugando con la cola tras el monitor para llamarme la atención.

¿Qué esconde la sensación de pérdida? ¿Cómo sentirse así si uno está aliado con uno mismo, buscando siempre, subiendo la apuesta para hallar los sueños que construímos cada siete de marzo de 1986, cada siete de marzo de 1995, cada siete de marzo de 1999, cada siete de marzo de 2004 y de todos los años entre medio y por venir?

La nostalgia se parece a un cuadro sin pintar, a un boceto fallido, a una figurita difícil: recrearla implica creación, descifrar qué fue cierto y qué real, corregir las imperfecciones para que duela menos, buscarla desesperadamente para completar un álbum que siempre parece estar a medio camino, llenar los vacíos con cosas que ya no crecen, que quedan estáticas, que sólo sirven para coleccionar.

De un tiempo a esta parte, como diría un cantautor que conozco, supe ser una guardiana de memorias. Dieciseis caja de recuerdos, el primer cepillo de dientes, las narraciones de segundo grado, las invitaciones de cumpleaños de los chicos de la escuela, las cartas de amor y amistad más leídas del mundo, objetos pequeños y llamativos de los que ni siquiera recuerdo el entregador, el conejo amarillo que me regaló el abuelo Antonio cuando nací y el hada viajera que recorrió el mundo de la mano de un gran amigo que supo crear al personaje más bello. Todos ellos juntos, charlando quizás a oscuras, maldiciéndome por dejarlos a merced del olvido que no llega, que se queda detenido como esperando que de una vez por todas, lo deje entrar.

Y no puedo. Aprendí a vivir con ellos, con todo lo que me dejaron las aulas, los talleres, las calles de tierra y asfaltadas, las sonrisas de la familia y las diapositivas, aprendí a generar nuevas cosas con las obras de teatro vistas, la calle Corrientes de madrugada y las librerías, las charlas con compañeros eternos y los reproches por la locura que crecía. Descubrí en cada pasado una idea, una vía de escape, un parque de diversiones para las rutas transitadas, para los amores construídos, para los deseos que no fueron y los que ni siquiera, me animé a desear.

Un día me dije que esa era yo y nunca jamás me atreví a contradecirme. ¿Será que así funciona? ¿Será que ya no podemos volver atrás con lo que dijimos que volveríamos atrás a visitar? La vida está llena de estaciones a las que saqué boleto de ida y una suerte de otro yo se ha quedado allí para recordarme que, si bien no puedo volver cuando quiera, hay un espíritu, una espina, un copo de azúcar segun el momento, para mirar ese instante como la escena de una película. Sin embargo, la parte de los cumpleaños se ha borrado. Incluso, habiendo escrito este texto para llegar a ellos, para trazar un mapa que me devuelva la canción y las personas de alrededor, nada. Ni una foto. Ni.

Las cosas nunca serán iguales a partir de este descubrimiento. Me estoy haciendo las preguntas más sencillas y profundas estos días, de esas que al responderlas, todo un mundo se pone en cuestión. A veces lo hago sonriente y felíz de preguntarme, emocionada por todo lo que me viene siguiendo desde atrás hasta hoy, otras, apenas si puedo pensar cómo salí de ellas, cómo hice para superarlas y volverlas a armar, volverse otra vez materia después del vendaval y el vaciamiento.

Entonces, todo un viaje de sensaciones, de quebradizos puentes qué atravesar para seguir el rumbo que elijo, que trazo día a día, ese que me deje convertir los recuerdos en marionetas visibles qué maniobrar para llegar a las respuestas que necesito seguir encontrando: qué, dónde, cómo, cuándo, por qué y para qué estoy, ando, respiro, amo, cuestiono, construyo, vivo.

Escribir es mi primera, única y clara respuesta. Todo lo demás, está por verse. Y puede que tenga que ver, o no, estos nueve desde los veintinueve hasta los treinta.

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