Archive for abril, 2010

Entre lo que éramos y lo que somos

Cuando me pongo a escribir, rara vez dudo del comienzo o me detengo en la oración inicial. Generalmente el texto fluye, distraído, sin pensar demasiado en lo que está por venir y sin censura previa. Esta vez, pasaron varios minutos hasta que me decido a seguir ese principio, rompiendo la regla de espontaneidad que primero aparecía y que ahora se queda pero por voluntad propia y a fuerza de presión. No hay otra manera de decirlo: los tres abuelos que me quedan se están muriendo de a poquito y eso a mis papás, los está desgastando por demás entre tristezas, las no ganas de vivir que encuentran cada vez que los ven y ni siquiera es el futuro que no existe sino más bien, el presente que jugando a la mancha hizo trampa y también se fue, tal vez buscando una oportunidad mejor para su ser. Este texto entonces quiere ser un salvavidas, una red que los atrape y no los deje a caer a ninguno, un mapa que rehagamos entre todos para recuperar y entender lo que podemos hacer.

Hace un tiempo vi una obra de teatro que rompió algo dentro mío y tenía que ver con la familia. Se llamó “Nunca estuviste tan adorable”, escrita por el genial Javier Daulte, e incluía la canción “Runaway” de Del Shannon en una escena que jamás hubiera pensado llegaría a hacerme conmover de esa manera. Para marcar una transición, este dramaturgo hizo una “sencilla” coreografía con los actores, todos ellos bailando sobre el escenario entre retazos enormes de su vida, como haciendo un puente con los pasos entre el ayer y lo que estaba por venir. La ilusión de los nacimientos versus las partidas del hogar, la alegría del amor primero versus el hastío de pertenecer, los juegos de todos los días versus los reproches de ya no jugar a nada y tomarse todo demasiado en serio. No podría explicar el por qué, pero sí puedo decir que después de eso, nada fue igual para mí en los análisis que llegué a establecer sobre el antes y el después de una familia.

Así, ordeno un desorden literario, le hago una burla y le saco la lengua al cielo nublado y me traigo, sin nostalgias, imágenes para sobrevivir a este tiempo de corridas agotadoras, visiones de personas que parecen haberse fugado a otro sitio y mi propia huída que nada tiene que ver con el enfrentamiento de las cosas como son.

Antonio ya se fue hace unos años, debe andar por el subte A escondiéndose entre señales de subterráneos que el mismo puso ahí hace unos cincuenta años y pretendiendo crear cortes de luz. Algunas veces lo logra, como ayer, que tuve que bajarme en Loria puteándolo, conciente que por obsesivo y por mi seguridad, no me dejó seguir andando en un vagón que andaba descarrilándose de a poquito. Quedó Adelma, que después de cuidarlo cinco largos años en su ceguera, recuperó pulsión de vida y se hizo panzada de teatros, canastas y viajes, sin olvidarse de peinarme cada vez que me ve, y quedaron los papás de papá, Elsa y Alberto. Ellos si que la vienen peleando hace rato entre desmemorias, úlceras en la pierna y cuestiones de rutina arrastradas desde siempre y acentuadas por el paso del calendario. ¿Quiénes son estos seres que ahora parecen ocupar sus cuerpos? La verdad es que cuesta creer que sean ellos, a mi no me engañan, yo creo que el abuelo Antonio los pasó a buscar y ayer andaban todos de gran paseo entre los túneles, chusmeando los nuevos trapos y las conversaciones pasatistas de clima, trabajos y desamores en el andén.

Así que en un acto irracional me quedo arbitrariamente con lo que yo pienso, ellos representan. Me olvido de los médicos, los infartos y los psiquiatras, los mando a la mierda y arrastro hasta aquí lo que vale la pena, lo que la pena no entiende, lo que entiende la justicia de los días por venir, lo que el venir deviene en el hoy, lo que el hoy necesitan mis papás, lo que mis papás vieron en mis abuelos, lo que mis abuelos son en realidad aunque esa realidad sea una parte y no la verdad. (¿Acaso hay una verdad?)

Adelma: cacerola gigante con pollo al limón exprimido todos y cada uno por ella, cuidados de medianoche por trabajos o salidas, frazada de cuadraditos eterna para la nieta, mate cocido de yerba sin pensar nunca en los saquitos, albóndigas para el yerno siempre en domingo, risas descabelladas por la arañita para el nieto, apoyo para la hija en tiempos de estudios tardíos, peinados bellos, collares de oferta, pastafrola de membrillo, Rafael en el winco, casa de puertas abiertas para fiestas, entendimiento de separaciones y adopción de nuevas familias y parejas, acérrima defensora del amor en todas sus formas, mi abuela es la sobreviviente de una muerte segura para pasar más tiempo con su hija y demostrarle cuánto la quería y como a pesar de todo, supo aprender muchísimas cosas en un tiempo ajeno a su época, en una oportunidad inolvidable para conocerla y disfrutar tantas cosas hermosas con ella.

Elsa: canelones amasados, patio de Morón en Navidad lleno de regalos entregados de su mano, leche con vainillas, llamados a la radio para pedir temas, Chiquitín de aquí y de allá, preocupaciones por las nietas y Adriana, la muñeca, churrasquito deseado entre diabetes y dietas, mujer pionera trabajando en una fábrica llena de hombres antes de los treinta, cuentos e historias de Tarzán en la radio con los hijos, lata de galletitas especialmente comprada para saciar la merienda, saquitos tejidos de todos los colores, alfombra verde inmaculada y patines en el living lleno de fotos de todos y cada uno de los hijos y nietos, llamada diaria para entender cómo y por qué estábamos como estábamos, mi abuela es el reflejo de una vida difícil, marcada por ausencias, muchos hermanos y un amor que tuvo que aprender a dar sin que nadie le enseñara cómo hacerlo, ella, triunfó el año pasado ante su alzehimer sorprendiéndome con el recuerdo de que escribir me gustaba tanto porque teníamos a Lamborghini y a Varela como parientes y de ahí, mis letras.

Alberto: casa levantada de la nada apenas habiendo cursado cuarto grado, la historia de amor más bella de sus padres enamorados, tan enamorados, que uno de ellos muere de amor cuando el otro se despide para siempre, alfajores escondidos en el taller para que nadie los vea, el taunus verde, la pasión por la astronomía y el cosmos, las ganas de comer dulce de leche, los arreglos en el hogar que nadie hacía, las charlas con extraños de cualquier tema, las herramientas más lindas que haya visto, el caño del patio que se usaba para trepar y medir la altura de cómo todos íbamos creciendo, la herencia donada para poder casarse con una mujer más grande con la que todavía permanece, el desapego por la ambición desmedida, las carreras de Fórmula uno, las visitas con bocadito Holanda y Topolín de cartón, mi abuelo, que todavía me pregunta por mis pasiones y mis deseos, mis delirios y mis viajes, un hombre criado sin lujos y trabajando desde los diez años al que jamás escuché quejarse por algo, el que nos regaló la primer televisión en blanco y negro y que te mira con una dulzura en los ojos que no se ve, quizás causada porque las caricias llegaron demasiado tarde a su vida.

Me quedo con ellos. Quizá sea egoista, quizás el que no los vea demasiado me hace una mala persona. Pero trato y cuando no puedo, me los guardo así, con estas memorias despiertas que me anidan, que me dan fuerzas para pensar en cómo abrazar a mis viejos a los que confieso, en estos momentos, veo menos, porque no me sale mirarlos sin abrazarlos fuerte y preguntarles cómo hacemos, que me expliquen, cómo hacemos para entender las diferencias entre lo que éramos y lo que somos, entre esta brecha que no tiene baile intermedio pero que decido poner, la establezco y que todos estos recuerdos, estas vivencias nos inunden, nos lleven a este presente en donde gritamos piedra libre, los entendemos y los cuidamos como podemos, como nos sale, mimándolos con estos actos de grandeza que tienen, admirando a mis padres en su fortaleza y su don de gente, mis viejos que con toda una verdad los aman, no los abandonan y los miran como ese día en que ellos los miraron cuando los parieron.

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Sonata de Jueves

Lo que existe y no está, derribado en mí, sobrevivió. Algo en su esencia despierta de madrugada, jueves, un cielo partido a la mitad y Pedro cantando una canción. ¿Acaso no te pone triste? Sí, aunque el sentimiento es vulgarmente buscado después del sueño, ¿de la pesadilla?, de la historia no desarrolada y las inconexas preguntas alrededor de su ser.

¿Cómo atravesar este muro de silencios sostenidos? La verdad se traduce una letra que no se deja escribir, en la imagen que retrato y no puedo plasmar, en la música que me habita y no sale de la habitación. Volumen bajo, techo pintado de raíces recogidas, los ojos mirando al costado, “con los recuerdos detrás” me soplan y sí, también con eso.

Afuera no pasa nada. Poca gente trabaja. ¿Poca gente trabaja? Yo, abierta a mis interrogantes, dejo la cama y desarrollo una rutina distinta a la habitual. Lo cierto es que, rara vez, tuve un parámetro de dónde atar un hilo conductor, conjunto cartesiano dónde meterme y elaborar una coherencia lógica entre acto y acto, día a día, estructuras sociales determinadas de las que nunca fui fan.

Sin embargo, ahí estoy, en el mismo lugar que todos, con la ilusión suprema de sentir verdaderamente esa suerte de libertad que me habita, con la esperanza de que la alegría que me anda rondando sea cierta, con la pereza suficiente para terminar este párrafo, a otra cosa, a seguir leyendo el diario, buscar el capucchino, ponerme a trabajar y pensar en que sí, hoy pueda ser un buen día para dejar pasar porque lo que encuentre no sea lo que busco, porque quizás esté confundida en una única sensación arbitraria nacida para dejar asiento, para verse reflejada y volver sobre ella, conmoverme, y entender (¿aceptar?) otras cosas, variables definitivas que me gustaría meter en una calesita de pueblo y hacerlas dar vueltas hasta que se cansen, hasta que los ojos queden blandos como el mareo, hasta que saquen la sortija y sonrían convencidas de una buena vez.

Cielo Partido

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