Archive for julio, 2010

Despedida’s rock (Hasta pronto, amigos)

Adiós, amigos. Abrazo fuerte. Otro país. Lejanía corporal. Falta de miradas. Ahora sólo queda hablar y recobrar de la tecnología la venganza de al menos, sentirlos más cerca. Pero cuánto vale el contacto físico cuando ya no se siente, cuando se anhela, cuando está tan cerca como un glaciar del desierto.

¿Cuáles son las probabilidades de que dos amigos, uno varón, una mujer, el primero colombiano, la segunda argentina, se vayan el mismo día, casi a la misma hora, desde un aeropuerto en común y sin conocerse o haberse visto jamás, con el sólo vínculo de ser personas trascendentales en mi vida?

Miguel apareció un 2006, cuando un viaje por latinoamérica me encontraba entre rutas, ciudades y gentes por descubrir; su ser fue de esos hallazgos que nunca figuran en guía y que se convierten en los mejores destinos de las travesías que elegimos transitar. Una figura distante en principio, generosidad extrema con la misma inmediatez, riqueza infinita en conocimiento histórico, geográfico y culinario, lo más parecido al pitufo gruñón en esta tierra, charlas interminables sobre el mundo, la condición humana o de cómo la infancia se convirtió en apenas, una introducción al ser “mayor” que siempre tuvo que ser.

Miguel, el de los ojos enormes disfrazados de pequeños redondeles, el de la sonrisa que cuando florece le da sentido a todo, el muchacho que busca permanentemente y no cesa de homenajear a los seres que ama con actos tan disímiles como la realización de la mejor comida del mundo, un viaje de kilómetros tantos como para dar alegrías renovadas o la compra de multitud de dulces para llevar de regreso a sus compañeros de oficina.

Cuando nos despedimos con Miguel por ¿quinta? ¿sexta? ¿séptima? vez no pude evitar que el corazón se anude como la bufanda que tenía atada al cuello. ¿Por qué te vas tan lejos? ¿Por qué te tuve que encontrar y tenías casa en otro sitio tan distante del que yo habito? ¿Por qué cuando charlamos de otra manera, de la misma pero con otros medios, no puedo mirarte para darme cuenta cuánto es que te importa que nos hayamos conocido?

Lo que sentí cuando en ese bar nos abrazamos se pareció bastante a Bogotá hace cuatro años, a Buenos Aires hace tres, a lo que me genera entender cómo es que se puede construir el amor por un amigo en “tan poco tiempo” y cómo es que todo eso cabe en una maleta de viaje, en un mensaje por una red social, en un email oportuno, cómo es que hacemos para que todo lo que nos remite y nos anima y nos estimula se vuelva enorme, genuino, tan bello como doloroso de no poder terminar de concretarlo como en estos días, en un abrazo interminable que no deja siquiera espacio para que una brisa pueda hacerse eco de lo que allí acontece.

Solcito apareció en mi vida en un banco cercano de la Universidad de Buenos Aires. Resulta que vivíamos a cuarenta cuadras de distancia en Ituzaingó pero nos fuimos a encontrar 18 años después en las aulas de Ciudad Universitaria en Nuñez, cursando el CBC para Ciencias de la Comunicación. Lo nuestro sí que fue amor a primera vista.

Apuntes comprados a medias, mates en el pasto, en el desayunador de la casa en Posta de Pardo, en mi hogar de El Tordo junto a el perro más feo del mundo que era el mio, en Mar del Plata para recobrar las fuerzas por amores desgastados, en la plaza convocando ideas y sueños, mates y dulces en recitales, charlas y conferencias, en madrugadas de resoluciones drásticas y tan revolucionarias como cambiar de vida, de estilo, de pensamiento, de libro a medio leer, confesiones de invierno y de temporadas enteras sin querer dejar de hablar, de compartir, porque esa otra era una, esa otra era la que sostenía la tristeza, la convertía en otra cosa: en flores, en películas maestras, en destinos infrecuentes.

Ese encuentro que estaba destinado a suceder para que otras metas, arco iris africanos, hawaianos, parisinos derivaran en una vida foránea pero propia, en una aventura en Estados Unidos de los nuevos seres maravillosos encontrados, del amor de su historia, del segundo hogar que la espera y como una hada madrina, la ayuda a cumplir todo lo que está diseñando a fuerza de bocetos, imágenes recreadas y la esencia de mantener ese tesoro para multiplicarlo y poder vivirlo también en Argentina, su raíz de maceta, su árbol permanente, su espacio sin fin que no provoca fronteras sino que anima a unirlas de a poquito, con amor y con paciencia.

Cuando nos despedimos con Solcito en el hall de su casa en Buenos Aires, el remis esperando en la puerta, la abracé tan fuerte como pude y ella, también. Era otro adiós de esos que nos tienen ya acostumbradas desde hace ocho años, que son los que cuentan desde que se fue. La verdad es que no parece tanto. No si se lo mide desde lo que genera en mí, desde lo que produce cada vez que la veo, el orgullo infinito de la inteligencia que no duerme junto a la arrogancia, su increible don de bondad y contención, la historia en común que recrea cada vez que la veo. ¿Por qué no estás a la vuelta de casa? ¿Por qué no podemos construir acá cerquita nuestra propia ONG? ¿Por qué no estás cuando decido retomar la facultad, replantearme mis procesos, escribir un nuevo texto, ilustrar una obra de arte, abrazar una nueva causa, caerme en mil pedazos, llenarme de dudas por saber si voy bien, si estoy en el camino correcto de acuerdo a la que soy, a la que sabés que soy y que proyecto lo que de verdad quiero lograr? ¿Por qué no estás ahora para salir corriendo a decirte que me muero de miedo pero que también estoy ansiosa por reirme más, que me gusta lo que estoy haciendo, que todo lo que hay alrededor lo estoy integrando a una novela que se está escribiendo sin que me de cuenta?

Miguel y Solcito ya están en su casa. Lejos, tan lejos como este teclado de mí misma, tan distantes como la canción que escucho en mis oídos, así como el compositor la hizo y no sabe de mi existencia y aún desde ese punto de vista se instala en el alma, así de cerca y profundo nuestro encuentro, así de hermoso el poder recrearlo cuando se pueda y como se pueda y confirmar cada determinada cantidad de meses que es así, que no hay dobles discursos en los ojos y que la amistad, ese faro guía que sorprende, puede mudarse a los mapas, a las rutas aéreas, a las reuniones furtivas sin miedo a desaparecer acaso, en el horizonte que los que la integran esten dispuestos a desafiar.

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