Compañero de aventuras

Siempre que habla de él, se le ilumina la mirada. Se nota que desde que llegó a su vida, algo se transformó. Nada lo que era, nada lo que pensaba, nada lo que tenía. Con su llegada, el mundo se volvió un lugar mejor y en esa posible alquimia, todo alrededor iba a adquirir otra dimensión.
Que ese “él” fuera su hijo y que esté ahora entre los 4 y los 5 años no es un dato menor. Es quizás, el más importante.

Un día, él vino y le trajo un dibujo. Lo había hecho de lápiz negro, señorial, con una corbata, traje y una valija. El padre no pudo evitar preguntarse qué había pasado entre la imagen deseada de hombre más libre, más superhéroe, más otra cosa que ese “oficinista burgués” y esta realidad que él le traía entre sus manitas.
Ese día no supe qué responderle, creo que hablamos de sueños rotos, de remiendos acordes, de vidas que se acomodaban como podían al paso de las elecciones concretas que hacemos a diario para llegar, para vivir lo que queremos realmente transitar. Sin embargo, hace un ratito se me vino a la cabeza lo que de verdad, empecé a pensar en ese momento.

Dicen que las cosas llevan su tiempo, será que este también es el caso. Si tuviera una brújula que manipulara relojes volvería para contárselo, además, claro, de espiarme colgada del limonero jugando a las naves espaciales con mi hermano o ir a conseguir al kiosko de la estación de Ituzaingó un topolín con envase de cartón. Pero bueno, como esa posibilidad se la llevó algún poeta en bicicleta, se lo digo ahora, así, y a través de este viaje inmediato que no respeta fronteras.

Lo que pasó en el camino entre esa representación de la realidad que vislumbrabas y lo que de verdad fue, es, ya no tiene sentido. No importa. Nada. Como esa totalidad que se volvió toda “él” cuando nació, cuando lo tomaste en tus brazos, cuando lo miraste por primera vez y supiste que ahí estaban todos los arcos iris que buscaste alguna vez. Lo que sí, creo, hace la diferencia es lo que pasó en esa escena de la entrega del dibujo, del acto en sí mismo, de lo que pasó por la cabeza de él cuando te miró, lo grabó como en una cinta de casette vieja y lo replicó en una imagen.

En esa ceremonia inesperada, sin lujos, sin cintitas colgantes o papel picado deberías haber encontrado el mayor sentido de las cosas, queridísimo amigo. Tu hijo te sabe cerca. Te conoce. Te puede poner en un papel y hasta recordar qué llevas en tus manos. Tu hijo te abraza, reconoce tu estatura y sabe de tus dimensiones, de tus tiempos y de lo que pasa cuando esa fotografía se hace carne. Significa que llegaste. Que estás. Que a pesar del cansancio, de lo jodido de la rutina y de cómo enfrentamos tantas cosas juntas en esta vida de grandes, él te tiene.

Por eso el retrato, porque seguramente lo mejor de su día, su paisaje perfecto, es el verte llegar. Y así te ve, así te siente, así te ama. Como seguramente vos lo amas a él, tu compañero de aventuras, tu pequeño saco de ilusiones que afortunadamente, reconoces como extranjeras en su cuerpo que sin dudas, podrá construirse un lindo camino porque su papá está ahí para acompañarlo. Siempre.

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2 comentarios so far »

  1. 1

    Ary said,

    Ufff…GP, tu compañera se pasò, realmente. Mis palabras sobran porque tus palabras son puro sentimiento. 😉

  2. 2

    Cristina said,

    Hermoso..!!, me deja vivir ese momento,
    la reflexión final es tan cierta..!!!
    Sos una bella escritora..!!!!!
    TKM


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