Archive for Cuando me hablo

¿Y qué si…?

Y qué si pudiera escribir una linea,
un par de líneas,
acaso tres o cuatro,
que no transiten la osadía de la nostalgia
de un regreso,
de éste regreso?

Y qué si en cambio pudiera escribir
cinco, seis, siete líneas
que atraviesen un punto de equilibrio,
palabras “felices”, signos de admiración,
dejando todas las preguntas de lado,
todas éstas preguntas?

Y qué si en ese tránsito distinto,
inesperado, de ocho, nueve o diez líneas mas,
llegaran conclusiones que espero
como redes de salvataje de aguas verdes,
rosadas, fortuitas en su búsqueda,
en ésta búsqueda?

Y qué si en ese encuentro,
un presagio de once, doce o trece líneas,
todo volviera a comenzar y tuviera la chance,
el alfabeto entero, para contar y celebrar
todas las ideas que necesito cultivar,
todas éstas ideas?

Un cielo a través de un vidrio de una ventana.
Grande. Enorme. Fabulosamente diseñada.
Sin esquinas, plena en redondeles,
dibujada por un arquitecto de imágenes renovadas,
de todas éstas imágenes.

Baldosa en New York

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Cambio mañana de lunes por viernes por la tarde

Mañana en el subte, camino al trabajo. La gente, toda junta, se parece más a una fila inconexa, delgada, gris, que a un grupo de seres acudiendo hacia algún lugar.

En medio de ese ágape desafortunado, tres mujeres hablan en lengua de señas. Sonríen. No se de qué hablan pero estoy segura, será una bella anécdota por los gestos que se forman en sus rostros, por el vuelo que toman sus manos. Apenas al lado, un señor escucha algo en la radio que no le gusta demasiado, o quizás, una canción que le recuerde algo que ya no tiene. Pegado a su rodilla, la pollera de una dama de unos 55 años deja ver una lastimadura reciente.

En este escenario con una rutina establecida, con cambios de protagonistas y circunstancias casuales, me desenvolví esta mañana. Era un ovillo cuando desperté, una suerte de hilo de lana eterno de muchos colores, entrelazados, un redondel hecho por una abuela junto a su nieta, no de esos que se compran en los negocios en el Once, era una semilla para un abrigo bello, una bufanda para un ser amado, una carpetita para apoyar la pava que contiene el agua que hará posible los mates para que una pareja, decida en una charla, volver a empezar.

Sin embargo, en el camino hasta esta parte me volví apenas una tela rasgada. Un retazo de esos que se encuentran en las bolsas de desechos que no le sirven a nadie, con el color gastado, sin definición, sin identidad, sin nada que invite a ser rescatado por no tener algo digno que integrar.

Suerte la mía que el encuentro con las palabras y las imágenes se unan en una pócima mágica que me salve. Una frase leída a tiempo, un árbol dejando caer una hoja sobre un ventanal abierto, los rulos de una enana que esconden sus pequeños ojos, una canción al azar y ese pedazo de cielo que se entremezcla con una escena arquitectónica destacada.

Suerte la mía de poder recuperar ese retazo que me siento y alcanzar al menos, el estado de una cinta bebé a punto de ser colocada en un regalo. No el ovillo, ese primitivo lugar donde uno sabe, puede hacer lo que quiere, lo que ama, lo que abraza el deseo del día con sus recovecos y rincones impensados. Pero al menos la cinta, ¿no? Al menos la cinta.

 

 

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Solos

Solos.
Como perdidos.
Como extrañados.
Como sin poder mirar.

Solos.
Como boyas a la deriva.
Como canciones sin música.
Como paisajes sin mar.

Solos.
Como una vela apagada.
Como una manera sin ser.
Como una palabra vieja, sin usar.

Solos.
Como buscando la nada.
Como amarrando el olvido.
Como cosiendo un dedal.

Solos.
Estamos completamente solos a veces.
Y qué bueno resulta cuando también estamos solos de tristeza y esa soledad se convierte en una llave visible para poder volvernos a encontrar.

Y ya no estar,

solos.

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Lo que sucede y lo que puede suceder

Hay veces que no se puede más que escribir lo que hay que escribir.
Es eso y no otra cosa. No hay posibilidad. Por más que le escapemos, que sembremos una duda en otro lado para ver si pica el anzuelo eso “otro” está ahí, ese pez y no otro, mirándonos de frente, preguntándonos si de una vez vamos a tomarlo o si lo dejaremos libre para que siga su camino.

Hay veces que no se puede decir más que lo que hay que decir.
Es eso y no otra cosa. Hay que maniobrar la voz para no ser crudo, hay que elegir la palabras cuidadosamente para ser exactos, hay que repasar una y otra vez lo que vamos a decir aunque todo lo que queramos es gritar, sencillamente gritar sin filtros, sin vuelta posible del lugar donde lleva ese discurso, sin siquiera, poder establecer uno nuevo para suavizar el que pasó.

Hay veces que no se puede actuar más que como hay que actuar.
Es eso y no otra cosa. Hay que ponerse de pie ante esa conducta que queremos establecer, hay que sostener lo que hay dentro y transformarlo en una situación real, tal como la imaginamos y no como la podemos apenas, llevar a concretar. Hay que transpirar, hay que respirar el miedo, la alegría, la tristeza y la adrenalina de todo lo que da liberarse de lo que nos detiene y finalmente, hacer lo que uno quiere ser para estar.

Hay veces que no se puede más que esperar lo que hay que esperar.
Es eso y no otra cosa. Hay que sostener el deseo implacable que nos habita, sublimarlo con tintes de andares recorridos, intentar por todos los medios que esa espera sea lo suficientemente hermosa como para que cuando “eso” llegue, estemos preparados para poder escribirlo, decirlo, actuarlo y quedárnoslo para siempre, siempre, adentro de todo lo que no pudimos escribir, decir, actuar esperando que de una vez, llegue a destino.

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Un día distinto para este día

Sucede que no me gusta que hoy sea hoy, acá.
Es como si la línea del tiempo se hubiera corrido del deseo desde la madrugada de ayer y me hubiera anclado en este sitio que no es físico, que no es tangible, pero que está aquí dentro, entonces, entonces este sitio que es hoy, es mi hábitat.

Versión alternativa de mi yo en este día

Qué increíble es el cielo que estoy mirando. Enorme, cercano, tan bellas esas nubes como copos de algodones de azúcar rosas que se entremezclan entre comunidades de panaderos perdidos por ahí. El sol naranja, redondo, como una pelota que paralizada, posa para la foto que estoy a punto de tomar.

Llamativa la brisa que corre en esta laguna, acaricia suave pero no levanta la arena de la playa y permite que los pies, frescos entre las piedras, musgos y la sal amarillenta, respiren por sí solos, aún cuando se hunden en las profundidades de la tierra, haciéndose camino con un poco más de fuerza que la acostumbrada.

Es breve el sonido del agua, corpóreo pero firme, auténtico. Alcanza para saber que corre pero no podríamos arriesgar que irá a alguna parte.

Como yo, que de tan lindo paisaje, decido tomar una segunda, una tercera, una cuarta fotografía desde el mismo lugar, sin caminar un solo paso porque todo alrededor cambia mientras que por un momento, el mundo se detiene para mí.

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¿Y si puede volver?

Algo dejó de ocurrir para llegar a este punto.
Un silencio.
Una voz que no fue.
Una voz que quiso ser.
Una voz que era, que decía, que estaba.
Ahí.

Pero no.
No la dejaron crecer.
La apagaron como a un cigarrillo encendido sin fumar.
La diluyeron como a un chocolate caliente que quedó en la mesada,
sin tomar.
La mataron antes de que siquiera, pudiera darse cuenta que estaba viva.

Quizás este texto es una maniobra de resucitación tardía.
Quizás estas letras la compongan, le den entidad y una chance, certera, de recuperar al menos, una vocal.

Es duro el vacío cuando está lleno de preguntas.
Es difícil abordar su esencia cuando hay en el, más de lo que podemos soportar.
Es quizás, la prueba más compleja de todas: quedarse allí, exponerse, hasta quizás, recuperar el abecedario completo y poder gritar:

Se acabó.
Ya no te tengo miedo.
Ya tu historia acabó con la mía.
Lo que todavía no termino es lo que yo debo aprender de la triste,
fea y extremadamente ruidosa parte que me dejaste.

Se acabó.
Ya no está eso que permitía que la parálisis comprometiera mi camino.
Ahora miro hacia abajo y tengo dos piernas, erguidas.
Se sostienen. Solas.
Y tienen ganas de andar.

Ya no te tengo miedo.
El miedo también es mío y eso por suerte, nunca me lo pudiste quitar.
Ahora me toca reconstruir la voz, el sendero de las palabras que siempre me perteneció.

Pudiste callarlo por un tiempo, invisible,
sin siquiera conocer que lo estabas haciendo aunque claro,
en su tiempo, muy bien sabías lo que hacías.

Pero ya no me importa, ya no.
La asistencia a los días completos que habito me dieron la oportunidad de mirar mejor.
De sentir mejor.
Aunque doliera hasta los huesos, la verdad siempre fue mi mejor mentor.

Me toca volver a empezar.
Me toca rearmar un rompecabezas del que jamás pensé, podría animarme a buscar las piezas.
Sucede que después de escribir esto, parece que a, b, c, d…. es lo mejor que me podía pasar.

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El abuelo Alberto partió en busca del cosmos (y de la abuela Elsa)

Hoy es 7 de agosto de 2010 y se fue el abuelo Alberto. El 5 de agosto fue el cumpleaños de la abuela Elsa, quien hace unos meses apenas, nos dejó en un día frío y soleado.
Ese día me sentí muy mal, como desencajada, y apenas pude comunicárselo al resto del mundo. Si bien hace rato se habían acabado las reuniones multitudinarias, los canelones caseros, el patio lleno de juegos y primos, sentí mucho su ausencia.

Por primera vez en mucho tiempo la extrañé sin posibilidad de racionalizarlo y entender que era lo mejor que los viejos se vayan si ya no quieren estar más. Parecía una nena caprichosa en mi cabeza, porque hacia afuera, no hice más que poner cara de “hoy no es mi día” y seguir andando. Sin embargo, adentro se tejía una marejada de infancia indignada de tanta pérdida, una niñita reclamando que no es justo, que por qué. Si yo se los por qué. Y hasta los comparto y los aliento y los celebro. Está bien no estar más si no vale la pena. Pero la Emilce pequeña decidió jugarme una mala pasada y quedarse a vivir otras 24 horas más, hasta ayer, viernes 6 de agosto de 2010.

Así, la frase se volvió a reflejar en mi rostro: “hoy no es mi día”. Desde que papá me dijo que el abuelo había sido internado por neumonía, yo ya era conciente de que esto iba a suceder. Y sabía, sería pronto. Aún cuando me dijo que estaba mejor. Cuando lo vi al abuelo el día de la muerte de la abuela contando en detalle cómo era que estaba vestida el día que salieron a bailar al club, me di cuenta que más allá de peleas más, peleas menos, iba a ser imposible que después de 65 años juntos, fuera a sobrevivir sin ella. Eran otras épocas, otros modos de relación, de dependencia. A su vez, una persona que ya no tiene padres, amigos, vecinos, proyectos, identidad y fuerza para vivir solo, pierde sus motivos, sus estrategias. El tenía (y tiene) una familia. Y era la suya. Pero supongo que la vejez es así, acarrea consecuencias tales como poder escribir tu propio final, agotarte de buscar razones, decidir si esto llamado vida ya no da para más.

La madrugada de este 7 de agosto no fue sencilla. Apareció en mis sueños Alberto y su taunus verde, el mismo que estacionaba en la entrada de auto en la casa de Ituzaingó. Se iba de paseo, me dijo. Al autódromo, pasando por el observatorio de San Juán. No le conté a nadie mi sueño, preferí poner otra vez mi cara de “hoy no es mi día”. Cuando papá me aviso, no se lo pude contar tampoco. Supongo que estoy algo impresionada. O que estos días el estuvo muy cerca mío, o que la abuela Elsa vino a contarme cosas para que le transmita de alguna manera. Yo no soy así. A mi la muerte no me “pega”, más bien me pone en jaque y me deja reflexionando despierta.

Hay una reeducación de mi ser en estas partidas que cada vez, son más cortas entre una y otra. Ni quiero pensar en la que falta. Sigo siendo la misma. Pienso que la muerte es parte de la vida y que no hay mejor manera de irse que cuando ya no estamos invitados a pasarla bien. Lo que no sabía, y estoy aprendiendo, es que desajusta ciertas partes de las raíces internas que hay que entender cómo acomodar. O sacar definitivamente. O quizás sea el final del latido lo que de origen a cosas nuevas y repercute más cuando es el papá de tu papá, la mamá de tu papá, el papá de tu mamá. Con la mamá de mamá todavía no se qué pasará. Lo que si se es que hace apenas una semana, tuve que arroparla como ella me arropaba a mi cuando era chiquita y contenerla en un desespero por recobrar su existencia vacía. Y fui feliz de estar ahí para ella, aunque uno se quede con tantas preguntas como cimientos tienen las nuevas ciudades y pueblos.

Y así es como hace un par de meses fue Elsa y hoy, el abuelo Alberto sale a buscarla por el cielo que tanto amaba. Fanático del cosmos y de las estrellas, enamorado del ruido de lo autos de Fórmula 1 y las carreras, mecánico de oficio y profesión, ahora seguramente estará cumpliendo su sueño: el decía siempre que quería ser astrónomo, sabía tanto acerca de galaxias y esferas tan lejanas como espectaculares. Hablaba de ellas como un escritor de su musa, o un arquitecto de su obra maestra. Lo que había guardado en sus ojos era pasión y ese mismo espíritu, ahora, navega en un barco invisible entre cometas.

Y esa es la imagen que después de tanto llanto, me dibuja una sonrisa, me deja tranquila, miro hacia arriba el sol y pienso, menos mal que ahora andás por ahí abuelo, este mundo ya no era para vos. Menos mal y que la pases de puta madre, mi queridísimo ladrón de cucharadas gigantes de dulce de leche y perfecto guardían de alfajores en el taller. Se te va a extrañar también por acá. Todos mis besos para vos y si te encontrás con el abuelo Antonio en un subte con anillos de Plutón, o si ves a la abuela Elsa escuchando las radios de otros planetas, deciles que también como a vos, los amo mucho y que gracias, gracias por todo y cuidense porque acá, estamos todos bien. Hasta la próxima.

(¿Viste? No me puedo despedir) Será porque no hay tal cosa como cuerpo y solo existe todo eso que vivimos juntos. Y de eso, de eso tenemos por acá y por allá también.

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