Archive for Miradas alrededor

Sobre la partida de su papá (y todos los papás)

Dice que se fue su mejor amigo, su papá,  y lo que escribe se muda al cielo como un barrilete inalcanzable por los pocos que llegamos a ver la dimensión de la trama que ahí se teje.

Dice, todo el mundo que podría pensarse, se iba con el, se queda entero y más hermoso, abrazándolo en cada anécdota que recuerda. Cada trozo de cada letra seguramente, ha llevado y llevará impresa su imagen. Su panza, sus anteojos, sus miradas del mundo quedarán atrapadas en libertad en cada una de las historias que desde hoy, se gesten desde el plano creativo que algunos llamamos alma, otros corazón, pero la mayoría estamos de acuerdo en nombrar como cuentos y narraciones que ayudan a construir vida cada día.

Dice que la muerte ya no es un paso tan fuerte porque está del otro lado y me sonrío. Qué hermosa manera de mirar una partida,  qué homenaje más bonito dedicar un lapso tan frecuente como inexacto de tiempo para este tiempo que es hoy, donde el ya no está. Pero está mas que nunca.

Todo lo que se dijeron queda en este momento suspendido en la lluvia que no cae. Todo lo que no se dijeron se dice en el asomo de sol que entre las nubes, aparece de repente. Es que es un día de luces y sombras, y ellos saben bien, así son todos los días. Su papá parece, le enseñó eso de chiquito y le quedo guardado para siempre en la memoria fiel de su cabeza que no es cerebro sino huella calma y certera.

¿Quiénes serían capaces de retratar semejantes encuentros? Las cámaras que primero los habitaron, a él como padre que se las ofrecía y a él como hijo que recibía lo que soñaba de su parte, de su par, de su creador, de su colaborador de tejido de sueños arbitrarios y constantes.

¿Acaso habrá película capaz de sostener este relato? Sin dudas está y jamás será filmada. Es la que tiene el padre ahora, mientras viaja por los sitios donde siempre quiso llegar, es la del hijo que tiene cada momento con su banda sonora archivado en su paso diario por cada una de las cosas que transita. Es ese guión que nunca jamás se escribirá aunque sea escrito y que ilustró su corazón en cada hecho puntual que dibujara, apuntara o recreara.

La muerte como el comienzo de un viaje que ya había comenzado. La muerte como el momento más hermoso del mundo para darse cuenta que uno tuvo el placer de vivir con un grande cada momento de su pequeña y enorme vida. La muerte como un regalo de reflexión, amor y esperanza para entender que uno fue capaz de amar de una manera extraordinaria y ha sido amado de igual manera.

La muerte como parte de una vida, de la vida misma, de esa vida que el padre y el hijo abrazan eternamente en este momento y en todos los momentos mientras tanto el esté vivo y el esté de viaje pero estén, irremediable y felizmente, juntos para siempre.

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Cuando lo que hay está ahí, justo ahí

Antes de dormir, de subirme a una noche nueva y que sin Luna en Venus ni nada, por lo que es, porque está, ya se vuelve bella.

¿Será que cuando descubrimos pequeños grandes espectáculos alrededor como los de ayer nos volvemos más lúcidos, más corpóreos, más capaces, en el mejor sentido de la palabra?

¿Será que lo que nos habita es una Luna en Venus, la canción que amamos, el paisaje elegido y sólo cuando nos damos cuenta tenemos la chance de alcanzarlo?

¿Y si todo estuviera ahí, justo ahí, apenas estirando un poquito la punta de los pies?
¿Y si hacemos el intento construyendo un puente hacia eso que nos llena de nosotros, de lo que somos y tangiblemente, vamos amasando como una plastilina nueva en el jardín?
¿Y sí es así de fácil?

Ojalá siempre pero seguro que no, así que por lo pronto, aprovechemos que cuando lo que hay está ahí, justo ahí, vale la pena abrazarlo fuerte para sencillamente, inundar todo de esa sensación mágica de sentirse bien y nada más que bien.
Sin ribetes. Sin explicaciones. Sin medias tintas. Sin análisis.
Bien.

Tomada en Nueva York

Tomada en Nueva York

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La Luna en Venus (con mayúsculas)

¿Cuando fue la última vez que miraste cielo arriba y te encontraste con una sorpresa?

Eso me pasó hoy. Nada había leído y por suerte, la noche me abrazó de repente. Apareció la pregunta. ¿Qué es esa pequeña luz que parece una estrella bajo la luna? ¿Será un duende a punto de comenzar a balancearse en una hamaca? Cosas de la virtualidad, y una amiga del otro lado, me dieron la respuesta: era Venus.

Antes de llegar a ese puerto ya me había enamorado del cielo. Me quedé parada un ratito. Tiempo, tanto tiempo sin parar y mirar alrededor sin saber, sin la noticia y la espera atenta, esa ignorancia bella que me atrapó de improviso y con sabor a brisa de primavera, con la calma de poder observar, con el instinto atento y del más lindo, del que trae por ejemplo, descubrir un planeta jugando como en una plaza con la luna recortada por una tijera universal.

Todo ese desconocimiento con tintes de magia, de búsqueda interior transformada en un mural del que casi todos tuvimos la posibilidad de ser testigos, mutó en un gran museo vivo. Abierta de par en par ese gigante blanco nos miraba a todos y nos regalaba un instante maravilloso: acaso éstos no son los momentos donde nos damos cuenta que este mundo es otra cosa del que a veces queremos convencernos?

Cual títere jugando a la soga, cual Maga buscando a Olivera, cual Teresa haciendo el amor con Tomás, cual Charly cantando sus sinfonías infinitas con Pedro, cual parto de sueños nuevos, la Luna en Venus (con mayúscula) me hizo viajar sin sacar pasaje, me llevó lejos y en paz hacia un sitio tan natural como mío, tan ajeno como masivo, tan extraño como palpable.

¿Qué sabor tendrán estos momentos en el paladar? ¿Acaso el registro quedará en alguna parte?  ¿Y si no me importara eso, siquiera sacarle una foto? El segundo en que tomé conciencia de la no conciencia, de lo inesperado, de lo bello de mirar alrededor y ver algo tan espectacular como mundano me llenó el alma de música sin siquiera escuchar el rastro de una nota.

Todo una historia de nadas y todos bailando una danza invisible allá arriba. Mientras, “acá abajo”, creo, los que nos animamos a levantar los ojos pudimos escalar un poquito con una soga transparente, colgarnos y trepar felices, confiados, serenos y plenos de saber que sí, que es posible.

Que si miramos alrededor, cosas bellas pasan todo el tiempo. Sólo hay que saber detenerse, estar ahí, acá, presente reloj que no existe en este caminito que nos inventamos todos los días que no son días sino mapas constantes que decidimos volver a trazar una y otra vez hasta vivir eso que pueda llamarse quizás, “La Luna en Venus” (y con mayúsculas).

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Compañero de aventuras

Siempre que habla de él, se le ilumina la mirada. Se nota que desde que llegó a su vida, algo se transformó. Nada lo que era, nada lo que pensaba, nada lo que tenía. Con su llegada, el mundo se volvió un lugar mejor y en esa posible alquimia, todo alrededor iba a adquirir otra dimensión.
Que ese “él” fuera su hijo y que esté ahora entre los 4 y los 5 años no es un dato menor. Es quizás, el más importante.

Un día, él vino y le trajo un dibujo. Lo había hecho de lápiz negro, señorial, con una corbata, traje y una valija. El padre no pudo evitar preguntarse qué había pasado entre la imagen deseada de hombre más libre, más superhéroe, más otra cosa que ese “oficinista burgués” y esta realidad que él le traía entre sus manitas.
Ese día no supe qué responderle, creo que hablamos de sueños rotos, de remiendos acordes, de vidas que se acomodaban como podían al paso de las elecciones concretas que hacemos a diario para llegar, para vivir lo que queremos realmente transitar. Sin embargo, hace un ratito se me vino a la cabeza lo que de verdad, empecé a pensar en ese momento.

Dicen que las cosas llevan su tiempo, será que este también es el caso. Si tuviera una brújula que manipulara relojes volvería para contárselo, además, claro, de espiarme colgada del limonero jugando a las naves espaciales con mi hermano o ir a conseguir al kiosko de la estación de Ituzaingó un topolín con envase de cartón. Pero bueno, como esa posibilidad se la llevó algún poeta en bicicleta, se lo digo ahora, así, y a través de este viaje inmediato que no respeta fronteras.

Lo que pasó en el camino entre esa representación de la realidad que vislumbrabas y lo que de verdad fue, es, ya no tiene sentido. No importa. Nada. Como esa totalidad que se volvió toda “él” cuando nació, cuando lo tomaste en tus brazos, cuando lo miraste por primera vez y supiste que ahí estaban todos los arcos iris que buscaste alguna vez. Lo que sí, creo, hace la diferencia es lo que pasó en esa escena de la entrega del dibujo, del acto en sí mismo, de lo que pasó por la cabeza de él cuando te miró, lo grabó como en una cinta de casette vieja y lo replicó en una imagen.

En esa ceremonia inesperada, sin lujos, sin cintitas colgantes o papel picado deberías haber encontrado el mayor sentido de las cosas, queridísimo amigo. Tu hijo te sabe cerca. Te conoce. Te puede poner en un papel y hasta recordar qué llevas en tus manos. Tu hijo te abraza, reconoce tu estatura y sabe de tus dimensiones, de tus tiempos y de lo que pasa cuando esa fotografía se hace carne. Significa que llegaste. Que estás. Que a pesar del cansancio, de lo jodido de la rutina y de cómo enfrentamos tantas cosas juntas en esta vida de grandes, él te tiene.

Por eso el retrato, porque seguramente lo mejor de su día, su paisaje perfecto, es el verte llegar. Y así te ve, así te siente, así te ama. Como seguramente vos lo amas a él, tu compañero de aventuras, tu pequeño saco de ilusiones que afortunadamente, reconoces como extranjeras en su cuerpo que sin dudas, podrá construirse un lindo camino porque su papá está ahí para acompañarlo. Siempre.

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Malabares

Y sí, el tiempo pasa y desde la muerte de mi abuelo Alberto, este blog (y yo con el) nos callamos por un rato largo. Vueltas de la escritura, del estilo incierto, vueltas del inconciente jugando a la mancha con los recuerdos o lo que hace que uno plasme lo que quiere decir, lo que quiere contar, lo que hay por relatar entre tanto mundo alrededor.

Lo más extraño es que las palabras sí aparecían en forma de texto solo que únicamente podía construirlas en mi cabeza. Si había intento alguno por llevarlas al “papel”, desaparecían por completo. ¿Miedo quizás?, ¿parámetros irresueltos de una despedida que lo sucumbió todo?, ¿o acaso sólo que a partir de ese momento, muchos aspectos estructurales de mi vida cambiaron por completo?. ¿Será porque los cambié yo y no me animaba a darme cuenta como ahora lo noto, mientras escribo estas líneas?

La cosa es que ayer, volviendo del trabajo tarde, muy tarde como ya acostumbro hacer desde septiembre que empecé en este nuevo espacio, me encontré con una imagen que me impactó. Tal como todos los momentos que me impactan, aparecen conformándose entre letras y solitos, empiezan a decirme cosas en forma de crónica. Pero esta vez, querían salir. Yo creo que me di cuenta que había llegado la hora de volver a intentarlo pero no estaba segura. Ahora me parece que sí. Entonces, entonces ahí va y veremos cómo me va.

Subte A. Viernes. Subo en la estación Piedras alrededor de las 20.25 hs. Mi cuerpo está cansado y yo también. Mucho. Pero creo que más agotado está el cerebro y la tranquilidad de un fin de jornada que está desaparecida por completo. Este día se parece más a un lunes 28 de noviembre que a apenas un 18 de febrero, año casi nuevo, año casi a estrenar y que a mi me parece una extensión certera de 2010.

Se presenta como Poroto. Tiene una gorrita con viscera manchada, color verde militar. El rostro morocho, gastado, con una sonrisa enorme que le brinda una cara memorable. Bella. De esas que uno quisiera contemplar cuando está triste y no sabe con qué arreglárselas, entonces busca una canción, un texto querido o trata de buscar una imagen que lo eleve. Ese es Poroto para mí.

Pienso en la lista del supermercado. Hoy hay un descuento importante y lo quiero aprovechar. A la mañana no llegué a ver qué me faltaba, a las diez cierra el super y son las 20.30. Si no pienso por adelantado, no hay forma que el tiempo me alcance para llegar a casa, revisar todo, caminar las seis cuadras que me separan del Coto del Pedro Goyena, comprar y regresar para hervir unas salchichas, armar unos panchos y ver que mamá y Osvaldo no hayan llegado todavía para llevarnos al debut oficial de mi hermano Damián con su banda de rock, Fenix.

Poroto empieza a hablar. Primero escuché su voz, claro, eso hizo que me diera vuelta para mirar qué pasaba. Pensé que vendería algo. Pero no. Cargaba un bolsito, una tablita y unas latas de arvejas y choclos como recién pasadas por agua, vacías, sin tapa, todavía con restos de marcas en sus envases con bollitos.

¿Qué me falta de limpieza?, ¿llegamos con los paquetes de fideos que tenemos?. Si no consigo la carne picada allá, la compro enfrente en lo de los chinos, es más cara pero es lo que hay. ¡Jardinera! Eso sirve para armar ensaladas rápido pero no me gusta mucho, prefiero comprar algunos vegetales armaditos en el Mercado del Progreso.

El muchacho de la cara memorable, Poroto, se sienta en el piso. Lo tengo justo enfrente. Toma la tablita y empieza a contar que el es “aprendiz de malabares”. Apila una fila de cinco o seis abajo sobre la minúscula estructura de madera, arriba le pone otras cuatro, sube la apuesta con tres sobre esas que ya estaban, dos más, una final como si fuera la estrella del arbolito de navidad.

Malabares. Si algo hicimos hoy en el laburo fue malabares. “Almuerzo” de yogur y capuccino en tetra brick con galletitas a las cinco y media de la tarde, tentarnos de risa por cansancio, cientos de idas y vueltas de emails, corridas por agendas, pasajes, dos eventos en uno y todas las ganas de que salga bien, de que esté todo lindo, la imagen, el congreso, los materiales. Todo eso sumado a lo que tenemos todos los días, a los pendientes y a las cosas que hay que seguir haciendo.

No puedo creer lo que veo. En el trayecto desde Congreso a Plaza Miserere, Poroto toma una varilla, se la pone en la nariz y arriba, coloca la tablita con la pirámide de latas desgastadas. La sostiene quieto. Se levanta. Gira haciendo círculos concéntricos mientras el subte sigue su marcha, hace abdominales, flexiones, se ríe y nos mira, todo con la débil estructura erguida sobre su única y pequeña nariz.

Nada. Ni lista de supermercado, ni presas de pollo ideadas para combinar. Las correcciones que tengo que pasar se fueron. Nada. El cuerpo está cansando pero en mi cabeza, nada. Sólo ese momento. Maravillada. Perpleja. ¿Cómo hace? Yo misma vi como las apiló una por una, no las pegó, todo a centímetros de mi asiento. Todo.

“Para que no piensen que hay trucos, las voy a tirar todas de una”, dice. Y su ayudante, un enano hermoso con una mochila gris, recoge las que puede del aire. Ruido de latas caídas. Despedazas. Singulares pero parte del mismo conjunto. Quedan algunas sueltas y un señor de traje se las alcanza. Qué bello se volvió ese hombre cuando le entregó ese tesoro, cuando lo miró y sonrío de una manera en la que no creo que haya sonreido durante todo su día de trabajo.

Nudo en la garganta. Otro enano que estaba mirando empieza a repartir papelelitos. El también había dejado todo para verlo a Poroto y yo no me había dado cuenta de que era un pasajero más, ahí paradito al lado mío. Entre la alegría y la tristeza, un solo túnel, la misma sensacíón extrema atada a lo que siento. ¿Qué hago con esto?

Poroto se despide feliz con su gorra rellena de billetes (por suerte nadie se animó a darle monedas, artista señores, artista es lo que es Poroto). Se baja en Loria, supongo que con el próximo destino de cara a Plaza de Mayo, cruzando la calle y tomando un nuevo subte que lo lleve a las mismas caras, al mismo asombro, a todos esos mismos que somos nosotros en los cuerpos de los demás.

El enano me mira. Me muero de ganas de abrazarlo, de llevármelo a casa. Yo se que no puedo por miles de razones, pero en mi cabeza, recreo ese momento y trato de no hacerlo, pero me gana. No se porqué no lo abracé ahí mismo. En realidad, sí se. Porque el no tiene la culpa de mi sensibilidad y de todo lo que yo también, le cargaría a ese abrazo, a esa búsqueda. Quizás en ese momento, yo lo necesitaba más a el que el a mí.

Poroto debe estar en otro sitio, pienso, haciendo malabares. Lo que es seguro, creo, es que no esté pensando en cuántas latas comprar para cenar sino cuantas debe apilar para lograrlo, en cuantos viajes, en cuantas idas y vueltas con aplausos cerrados y poco sonoros por los ruidos de las máquinas contra los rieles en la profundidad de la tierra.

El cansacio vuelve al cuerpo pero no a la cabeza. Una extraña tranquilidad aparece, mezclada con culpa, con agradecimiento, con ganas de seguir peléandola, con ganas de seguir haciendo algo desde mi humilde lugar para seguir cambiando las cosas. Les mando un mensajito a dos compañeras de trabajo que ya son amigas. Les digo que las quiero, que gracias, que los malabares con ellas en un lugar agradable y haciendo lo que me gusta es mucho pero es también, un montón más de otras cosas que lo superan.

Poroto estaba contento. Eso me puso un poco más tranquila. Se veía que el también estaba haciendo lo que amaba, ese chico debía estar en un circo digno, en un espectáculo gigante porque el es gigante, como ese enanito que lo ayudaba y como el enanito que me hubiera llevado a casa.

Yo no se que es correcto y que no y hace rato que intento dejar de buscarlo. Intento. Trato de vivir como puedo, con lo que hay y con lo que me voy enfrentando. Ayer, cuando estaba en el super y llegué a la sección de enlatados con Mariano y Daniela, me quedé sola un rato mirando las latas. Pensaba en Poroto, en los malabares, en toda la gente que amo y tengo alrededor, en todo lo que peleé por conseguir y tengo entre manos, en todo lo que todavía queda pero que si el tiempo dijera stop, ya es un montón porque al lado de otros mundos, de otros seres y situaciones, esto ya es el paraíso.

Seguramente el lunes vuelva a quejarme, claro, y me olvide de este texto y de cómo volví a escribir en mi blog, la transición de meses esperando que vuelva a suceder, como si no fuera yo la que lo hace, como si un otro hubiera intervenido los dictados de mi conciencia.

Entrada la madrugada, cuando mi hermano Damián estaba en el escenario tocando su bajo con una sonrisa igual a la de Poroto, yo le alcancé una cerveza y nos miramos, volví a mi sitio y divisé entre la gente a mi amor, mis papas, sus nuevas parejas, mi familia y mis primos, amigos entrañables, me sentí enorme, gigante como si fuera a explotar de felicidad y emoción, todo al mismo tiempo. Sonaba la canción “Vivir” y yo no pude evitar acordarme de Cromagnon, de lo que pasó cuando Dami salió de ahí y todo lo que vino después y cómo nos afectó. No pude evitar acordarme de Pablo que no pudo, de Lili su mamá que todavía lo extraña y aprendió a vivir sin el.

Entonces, entonces pensé, qué valiente mi hermano carajo, qué respeto a la vida, que bello verlo pleno en ese momento, ese instante nada más, como Poroto haciendo malabares pero con las cuerdas, como todos lo que hacemos malabares para sostener emociones, vencer estrategias impuestas, como todos los que hacemos malabares a distintas escalas y con diferentes tipos de latas que vacías, se van llenando de todo lo que nos sirve para que esa varita se quede en la nariz, en esa única nariz que débil, lo sostiene todo y nos hace ver que sí, que es jodido pero que sí, que la mayor parte de las veces vale la pena porque quien te quita lo bailado y qué importa si se tiene la chance de tirar todo de vuelta y volver a empezar.

(Gracias Sil, vos sabés porqué)

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La fiesta de los miércoles

Siempre me pregunto cómo sería escribir eso que llegue hasta el recoveco último de las entrañas. Tocar las vértebras, atravesar las arterias en un carrito hecho de “criollitas”, llegar al corazón y hacerlo latir más fuerte. Dejarlo al borde del infarto. Apretarlo hasta dejarlo sin aire. Convertirlo en un cadáver en sí mismo y de repente, bombearlo con más intensidad, bañarlo en mermelada de frutos del bosque, pintarlo todo de una esencia aromática y deliciosa. Dejarlo tan perfecto como para comérselo. Vivo.
Eso es exactamente lo que siento cada vez que termino de ver “Tratame Bien”. Lloro, me toco la panza, aplaudo sola. Mi caja de zapatos que llamamos departamento, mi casa, mi hogar sin tiempos y con raíces hasta el sexto piso, se convierte en una platea enardecida, emocionada, feliz de mirar lo que mira, y todos los muebles se ponen de cabeza, el reloj queda detenido, la computadora se silencia y hasta me parece adivinar unas figuras invisibles a mi lado, constantes, que se quedan como testigos de las sensaciones que se corporizan cuales espectros reflexivos de lo que acabo de transitar.
Aparecen mis viejos y sus discusiones posteriores a mi primera menstruación, el divorcio nunca firmado y el adiós definitivo, Mar del Plata y los “autitos” que alquilábamos en vacaciones, las fotos blanco y negro de su luna de miel en Necochea, la terapia que me devolvió la brújula escondida, la casa de Ituzaingó vacía antes de entregarla a los inquilinos, los perros que corrían por el parque y los vecinos viniendo a buscar limones, saltando la medianera y las rejas del frente, pocas cenas, pocos almuerzos, muchos cuentos, muchas reuniones. Siempre juntos, matándonos o encontrándonos, pero juntos.
Ver a Sofía y José no es necesariamente autobiográfico pero sí es reencuentro. Es un dedal para coser sin pincharse mientras rearmo algunos retazos perdidos, un barrilete con balcón para poder pasear sin vértigo, una mecedora como la de mi abuela preparada para bancarme en la locura, la incomprensión y la infancia desesperada. Ver a Damián y a Helena es enfrentarme a un espejo difícil y tan frágil como yo cuando logro mirarme de esa manera, aunque no sea la misma, aunque haya otro carácter, aunque las circunstancias sean distintas y las personas calcen otras máscaras.
¿Será que no existen las multiplicidades sino la unicidad particular de las historias? ¿Será que de una misma emoción madre todo parte, crece, se alimenta de musgos, situaciones y muertes, cenizas echadas al viento o cuerpos enterrados en la profundidad de la tierra? ¿Será que construimos un andar distinto sólo cuando podemos diferenciarnos de lo que ya pasamos? ¿Hay destino sin procesar los olvidos que no son tales?
“Tratame bien” es un colectivo lleno de imágenes que juegan a la rayuela, por momentos, muy parecida a una montaña rusa. Hay restos de tiza, olor a aula y torta fritas, smog, sonidos de hielo cayendo en un vaso vacío. Hay fastidio y limitaciones. Hay gritos silenciosos, hay dolores sostenidos, hay sonrisas cómplices y enojos infinitos. Hay magia en los diálogos, no hay actores sino protagonistas, la escenografía se funde en un hogar cualquiera y no hay director sino una cámara que andaba de paseo. Excusas literarias, puede ser, sin embargo, nada más cercano a la realidad. Si hay algún secreto es que en vez de estar ante un programa estamos, sin siquiera haber tomado conciencia, en un lugar distinto. Nos mudamos a otra parte, nos llevaron a otra esfera, la mente que da vueltas alrededor como un baile de signos de preguntas, exclamaciones y puntos suspensivos disfrazados de algodón de azúcar. La metáfora que no quiere ser casual. Es definitiva.
Porque hay golpes pero hay dónde caer y porque las razones se convierten en parte del rito. Porque los miércoles tengo una fiesta con mis sombras más terribles y la inocencia mejor. Porque lo que sana está frente a mis ojos y se queda conmigo la ternura, esa adorada maga que también guarda lo peor, todo ensamblado, conjunto, sin posibilidad de separación, anidando lo mejor que está por venir con la insoportable, maravillosa y tenaz experiencia que todo lo enriquece y perfecciona, esas escenas que conforman lo que soy y de lo que siempre me desprendo (y me vuelvo a llenar) para volver a empezar.

Yo en Mar del Plata - 1987

Yo en Mar del Plata - 1987

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“Mil pasados y ningún futuro”

“Le di tantas vueltas” dice Espósito mirando a Morales. Están sentados en una mesa, un tiempo después, y todo eso que pasó en el medio queda varado, a la deriva, como buscando un espacio dónde acomodarse entre tanto vacío de una casa que llama a la penumbra de lo que fue.
El silencio es infinito. Todavía siento el frío en la piel. Desde ayer que salí de ver “El Secreto de sus Ojos”, no puedo escaparme del lugar donde me dejó la película, atónita, comparando frases, inundada de sensaciones y reflexiones que se relacionan con mi vida, que nada tiene que ver con la de los personajes de Ricardo Darín, Soledad Villamil, Guillermo Francella y Pablo Rago. O quizás sí, porque lo que cambian son los motivos o los colores, las acciones o lo que se hizo a partir de, y todo lo que nos une, ese lazo universal de la existencia, queda siempre al descubierto, igualando todo, colocando exactamente las mismas preguntas sobre tan distintos hechos.
Juan José Campanella recoge con su dirección, una piedra difícil de sostener. Abrazar en el mismo curso temporal, en la misma historia, sensaciones tan diversas es casi un truco de magia que sólo un artista de su talla puede hacer. El acto incluye llevarnos a pasear por el dolor y su materia indefinida, la intensidad de lo que sentimos alguna vez (y todavía podemos volver a sentir), el miedo que todo lo paraliza, la impotencia que nos revela cuan débiles somos sin amparo, la agudeza de un sacrificio que todos decimos, haríamos sin dudar.
Basada en la novela de Eduardo Sechari y con celebraciones impecables como las actuaciones, fotografía y la dirección de arte, la música también juega un papel fundamental. Cada escena en donde aparece la melodía, es como si cayera del cielo un manto protector, guía de lo que pasará dentro de nuestro cuerpo cuando veamos lo que haya que ver, cuando descubramos lo que está pasando y necesitemos ponerle una voz a esa emoción que se ha quedado sin habla.
Podría decir que se trata de un thriller, de una historia de amor, de un caso policial por resolver eternamente. Sin embargo, no hace falta y tampoco tiene mucho sentido. Basta con decir que el viaje es certero, que habrá consecuencias para la razón, que si somos lo suficientemente inteligentes, podremos llegar a dejar de ver las puertas como tales y entendamos a través de ellas, tantas cosas que jamás pudimos llegar a cerrar o dejar entrar.
¿Qué cosas nos impiden construir algo nuevo? ¿Cómo se hace para olvidar? ¿Es posible pensar en un ser que desprenda de sí mismo, la justicia como ideal? ¿Cuántos somos capaces de amar de verdad? ¿Es posible mudarse del mundo a una idea y quedarse allí, para siempre?
“El Secreto de sus Ojos” me dejó con mis propios interrogantes y misterios. Quedan varios expedientes por abrir en mi propio recinto, sin testigos ni juez. Solo yo y este cúmulo de volteretas, agitadas, felices también porque hubo lugar para la risa en medio del espanto, hubo belleza en lo más terrible y maravilla ante la imposibilidad. Y en eso sí que todo se parece bastante, pero este espejo del alma cinematográfico sabe devolver más que quitar y en esa ganancia, en ese transitar, es donde encontramos esperanza, alegría, ganas de abrazar y andar con un poquito más de ganas, aunque en las pupilas, esas delatoras implacables, lleve un resto de toda esta verdad.

"El Secreto de sus Ojos"

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