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Mi hermano sobrevivió, pero otros 194 chicos, no

El 30 de Diciembre de 2004 mi hermano fue a un recital junto a su novia. El logró salir, pero cientos de chicos no tuvieron la misma suerte. Hoy empieza el juicio. ¿Cuántos somos los culpables? Acabo de recibir una postal de una madre que perdió a su hijo en República de Cromagnon. Liliana tiene al esposo con cáncer, quizás, por no haber soportado el dolor. Pero está Fiorella, la hermanita de Pablo, quien está llena de vida y por ella, y por tantas otras cosas, ella decide seguir creyendo. Hace unos meses me la encontré en la suerte de panteón homenaje que está armado en Once, frente al lugar que funcionaba como boliche para muchísimos menos que los 3.000 que estaban ahí, esa noche. Liliana lloraba y miraba la foto de Pablo. Yo estaba ahí porque desde que pasó lo que pasó, no puedo evitar pensar qué sienten aquellas hermanas, madres, padres, novias, familiares y amigos de las víctimas que murieron esa jornada fatal, un día antes de fin de año. Entonces, siempre que puedo, paso por ahí, me siento y agradezco al Dios que sea por haber dejado a mi hermano junto a nosotros, pero también rezo como puedo para que esos chicos y los deudos que están en este mundo, logren encontrar la paz. Damián salió esa noche a ver la banda soporte de Callejeros junto a su novia y una amiga de ella. Por esa razón, estaban bien adelante cuando la banda principal salió a escena. Por suerte, alguien le abrió la mochila a una de las chicas y mi hermano, para ver que le faltaba, decidió ir con ellas un poco más atrás. En ese lapso de tiempo pasó todo. Damián me cuenta que vieron cómo el fuego empezó de a poquito, a consumir la tela que estaba en el techo. El olor, la calma al principio y en breves minutos, el grito de todos. Había empezado el fuego y el monóxido de carbono se esparcía por todas partes. La novia de mi hermano empezó a correr hacia atrás, tal como lo hacían todos. Casi no se veía y por momentos, algunos quedaban trabados en las columnas. Caos, descontrol, histeria y salidas de emergencia cerradas. Chicos por todas partes, intentando salir de ahí, del ahogo, de la muerte segura. Sin embargo, no se dejaban atrás. Nadie se dejaba atrás porque ahí había muchos amigos. Entonces, se ayudaban y no les importaba salvarse si con ellos, no salían todos los que habían entrado. Damián logró escaparse de esa locura junto a la novia y su amiga. Quiso volver a entrara sacar gente, pero ella no lo dejó. Mejor dicho, le dijo que si volvían a entrar, iban a hacerlo todos juntos. Salvar chicos era la idea pero lo que sucedió era que cuantos más entraban, menos lograban salir. Era cuestión de suerte, de que te roben algo de la mochila, de que encuentres la puerta que no estaba cerrada con candados. Era ver cómo habías llegado al afuera, ver con quien te reunías y de eso, que dependiera cómo iba a seguir la historia. Todos allí hicieron lo que pudieron, incluso mi hermano, que a entender de todos nosotros, salvó dos vidas. Y también se la salvaron a él. Sin embargo, el no olvida. Damián se recibe de abogado el año que viene y no deja nunca de honrar la vida que hoy tiene y creo, adentro suyo, lo hace tan intensamente porque sabe que tuvo una segunda oportunidad y también porque no olvida a todos esos chicos que estaban con él. Yo no me enteré esa misma noche de lo que pasó, ya no vivía con él. Por cosas del destino, pasaba por ahí a unas cuadras mientras sucedía la tragedia. Recuerdo que estaba todo cortado. Le pregunté al taxista y me dijo “se incendió una bailanta”. Claro, antes ahí había un boliche donde pasaban música tropical, no sabía de que se trataba. Recuerdo que vi el caos y me lamenté, pero también recuerdo que traté de asociar en mi cabeza quien podía estar ahí que yo conociera y me quede “tranquila” por saber que no tenía de qué preocuparme. Esa noche, igual, dormí mal. El 31 de diciembre me levanté y tenía que ir a trabajar. Pasé por el kiosco, compre el diario y vi la tapa con una foto que en la vida me voy a olvidar. Eran unas zapatillas llenas de sangre, en una calle invadida por el caos. Recuerdo que llegué a mi box, me senté y no pude parar de llorar. Todos estaban impactados en la oficina, conocieran o no a alguien. Cromagnon nos mostró un poco a cada uno, qué chico es el mundo, porque ese día siempre alguien te hablaba de alguna persona que conocía que había estado ahí. A mi me tocó un poco más de cerca, porque el que había estado ahí era mi hermano. Sonó el teléfono. Era mi papá. Me dijo, “quedate tranquila, tu hermano está bien”. Yo le contesté que claro, que porqué iba a estar mal. “Tu hermano ayer estaba en Cromagnon”, me dijo. La sangre que hiela el cuerpo. El frío. La posibilidad de lo que pudo ser y esa foto que desde la tapa, me miraba. Un millón de pensamientos, sensaciones, todo en una milésima de segundo. Colgué el teléfono, me paré, le dije a mi jefa que me iba y salí corriendo. Literalmente, corrí 7 cuadras hasta darme cuenta que estaba lejos. Me tomé un taxi y llegue a la casa de mi hermano. Estaba sentado con un cigarrillo en la mano, mirando al vacío. Tenía apenas unas quemaduras y la cara hinchada de haber pasado, seguramente, la peor noche de su vida. Pero ahí estaba, mirándome, como la tapa del diario pero esta figura humana respiraba y yo, también lo hacía. Nos abrazamos fuerte y se quedó en mi falda, tirado sobre mí, llorando. Jamás había visto a Damián así, nunca. Me decía “había muchos chicos, Emi, había muchos chicos”. Todavía le duele, estoy segura. Le cuesta horrores hablar del tema. Pero no olvida, y nosotros tampoco. Nadie puede olvidar a 194 personas que tenían toda la vida por delante y que por muchos culpables que hoy se empiezan a juzgar, perdieron la chance de crecer. A mi entender, la culpa está repartida. La negligencia, el horror, el descuido, la desidia, la inoperancia, la corrupción. Todos ellos son responsables directos de esta tragedia que se pudo haber evitado. Hoy comienza el juicio. Ojalá algo salga de todo esto. Ojalá sirva para que las cosas funcionen de otra manera. Ojalá que Pablo, donde quiera que esté, y los otros 193 chicos tengan paz y ojalá que mi hermano, como alrededor de otros dos mil quinientos sobrevivientes, puedan algún día, no sentirse culpables porque a ellos, no les pasó nada. La culpa es una sola. Nada ni nadie está ajeno de vivir una tragedia. Pero lo que se pudo evitar es la consecuencia, la grave y dolorosa pérdida que tantos años no podrán sanar. Solo la justicia, quizás, pueda hacer lo suyo. Y tal vez, sólo tal vez, aprendamos algo de todo esto y cuestiones estructurales de nuestro ser como la corrupción y el “no va a pasar nada” se borren para siempre. ¿Será justicia? Ojalá

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Mi primera vez en el estadio

Gardel, el Che, mate y dulce de leche. Sin embargo, la referencia más frecuente para un argentino en cualquier parte del mundo es Maradona. Entonces, el fútbol en mi tierra más que un deporte es un símbolo casi tan legítimo como la bandera celeste y blanca, una cultura que se entremezcla en la historia y la cotidianeidad como estos íconos que viven en cada rincón del país. La pelota trasciende el folclor local para dejar lugar a enfrentamientos sólo por el color de la camiseta, pero nadie pondría en duda que este juego es parte del ser nacional. Cuando juega la selección ese muro se rompe y todos formamos parte de lo mismo, pero ese ya es otro cuento.

Estoy recorriendo Latinoamérica hace varios meses, y estando en Bogotá, un amigo me invita a ver Millonarios vs. Nacional en el estadio El Campín. “Clásico de clásicos”, me dice. Cuando le informo que las veces que pisé un campo de fútbol fue sólo para ver a grupos de rock, comienza a dudar de mi identidad y casi me pide el pasaporte. No, no soy finlandesa, soy argentina pero es cierto que jamás he visto una contienda futbolera en vivo y en directo.

Mi papá quiso remediar eso hace tiempo, relatándome la emoción que se vive dentro del espectáculo y tratando de persuadirme de adoptar a River como equipo propio. Pero no lo logró, ni él, ni mi abuelo Antonio, que hasta el último día de su vida tuvo al tango, Perón y Boca como sus grandes amores.

Ganó la curiosidad. Otras veces tuve oportunidades de ir a ver un partido, pero no quise tomarlas por sincera falta de ganas. ¿Será que este mes de mundial lo transforma a uno? ¿Ó quizás el hecho de estar en tierra extranjera? ¿O será que todo llega alguna vez, y por eso, mi primer acceso a una disputa futbolística fue en Colombia, y para una instancia decisiva en el torneo local? Me tocó en la platea de Millonarios, un miércoles 14 de Junio y con la lluvia como invitada especial.

Conseguir transporte. No se puede salir con tan poco tiempo para semejante acontecimiento, y menos en hora pico, con gente saliendo de trabajar y en medio de un diluvio. El taxi nunca lo conseguimos, así que el bus fue la única manera de viajar.
Estaba algo nerviosa, o expectante. Ansiosa no. Como dije, siempre creí que el fútbol se trataba de 22 hombres corriendo detrás de una pelota y ya. Sucede que cambié de opinión inmediatamente al acercarme a El Campín.

Latidos que crecen. Un solo grito distorsionado en miles de voces que rompen toda teoría musical. Debería haber espacio en las clases de coro para observar a las hinchadas y ver cómo transmiten lo que sienten. Sin haber estado en ensayo alguno, la canción es la misma y la pasión que despiertan, una sola. Sin siquiera ingresar al estadio y mientras los jugadores quizás, toman su último trago de agua en vestidores, uno ya entiende de qué se trata el fútbol.

Revisar los colores de la ropa. Puede ser fatal llevar el color del equipo contrario en la tribuna propia. Claro que un hincha de fútbol no comete ese tipo de equivocaciones y, justamente, eso hace que notemos por qué esta es mi primera vez. Nadie reflexionaría sobre esto porque sería habitual que lleve su camiseta, la que transpira cada ocasión, la que besa, maltrata y retuerce de acuerdo a como vaya el partido, a la que se agarra fuerte cuando un delantero se acerca al arco propio y la que suelta, glorioso, para gritar un gol desde el alma y acompañar la fiesta con un abrazo gigante que se extiende por todos los espacios que ocupan los extraños conocidos.

La pasión no entiende de razones y la lógica no habita este juego. Ver como un jugador profesional pasa por detrás del contrario y le pega un codazo mientras lanza un corner, o notar como adrede un entrenador físico le arroja la pelota más lejos al que va a buscarla me sorprendió. Era la única, claro. Me sentí avergonzada por momentos cuando sentía que mi voz se elevaba por las del resto, contándole al árbitro lo que él, por falta de ángulo, no podía ver. Empecé a comprender a mi padre y a mi abuelo, incluso, cuando lo hacían mirando una pantalla de televisión. Aún ignorando las reglas, siendo poco adepta al deporte y nula en afición por alguno de los dos equipos, no podía evitar la sensación de ser parte del rito.

Goles. A favor o en contra, con distintas consecuencias las expresiones son las mismas. Las caras se desfiguran en retratos por pintar, las manos se agitan en todas las direcciones, los gritos se vuelven susurros y viceversa. Hay cabezas que se caen como rodando por las escalinatas o cuerpos que se elevan como si fueran a tomar vuelo. Hay orgullo sostenido o lástima repentina. No creo que la vergüenza sea calificativo para cuando un rival mete un gol, un fanático jamás niega su condición y defiende lo indefendible, aunque claro, la exigencia y el enojo persisten hasta el partido donde el equipo le demuestra a uno lo que es.
Entonces vuelve la magia, el amor que estaba dormido y el triunfo se entiende como la explicación por el mal tiempo pasado.

Coleccioné cientos de imágenes en mis horas del encuentro. Un hombre de traje que parecía estar perdiendo millones en una reunión corporativa, una pareja que se besaba solo cuando el Nacional estaba lejos del arco de Millonarios, el chico que seguramente tenía mas arroz en su pantalón que en su barriga debido a la euforia de su padre, las ignoradas porristas, los tiros de esquina mostrándome a los jugadores como humanos, el cemento que tiembla con los saltos y aumenta la adrenalina, las banderas trabajadas como diseños exclusivos, el llanto del azul que pierde y la sonrisa petrificada del vecino cercano en la platea verde que se queda con el 2 a 0 a favor y permite que el equipo siga adelante.

Un jugador hace lo suyo. Camiseta verde, tiempo finalizado y su paso por el campo tranquilo, saludando a la hinchada azul que se convierte de repente en un gran silbido, una burla que puede hacer luego, custodiado por los policías que lo salvan de su soberbia ironía. Toca esperar la salida mientras lo hacen los del Nacional que descargan su fiebre ganadora sobre los impacientes Millonarios, que a su vez soportan a fuerza de prisión, los insultos y los dos dedos en la mano que se multiplican, como si fuera necesario recordar lo vivido hace apenas unos minutos y que será la angustia de unos días.

Nunca importaron las miles de gotas caídas y los pilotos parecen llevarse por costumbre. A quien le importa mojarse cuando lo que se juega es tan instantáneo, cuando una pasión se vuelve inexplicable, cuando hombres y mujeres defienden su lugar de espectador y las amistades gozan de mejores recuerdos cuando un picadito es el programa de un fin de semana.

Mi primera vez en el fútbol fue en la tribuna que perdió, pero yo me sentí ganadora. Independientemente de la tristeza o de la alegría, pude vibrar, mirar y gozar de un show repleto de bellas costumbres, de travesuras que cuestan caro y de una reunión social con miles de invitados felices de estar en ella. Sin distinción de raza, sexo pero sí de color en las camisetas, pude entender, como decía mi abuelo y seguirá proclamando desde su eterna estadía en Plaza de Mayo, que el fútbol más que una pasión es un latido en el corazón de aquellos que lo sienten.

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Cinco siglos igual: la comunidad wichi fue acusada de usurpar sus tierras

No lo dicen ellos, sino que son dueños de la tierra también, por ley. El 12 de octubre, irónicamente, fueron a desalojarlos. Una denuncia que avergüenza.

Ingeniero Juárez, provincia de Formosa. La mañana del 12 de octubre, lejos de homenajear, reconocer o aprender de los pueblos originarios que habitan en la región, la fuerza policial de la provincia llegó a desalojarlos de la manera más violenta, infringiendo la Ley 26.160, que prohibió los desalojos de comunidades indígenas durante cuatro años, norma sancionada en el 2006. Ni siquiera hablamos ya, de conciencia histórica. Estamos hablando de la Constitución Nacional, sus representantes y la justicia. ¿De eso también se mofan las autoridades?

En la localidad de Ingeniero Juárez, la mañana del 12 de octubre no fue como cualquier otra. En realidad, la pelea es la de siempre y nunca las cosas son fáciles, pero casual o no, el “Día de la Raza”, sirvió para que un grupo de uniformados, con órdenes oficiales, entraran a desalojar de sus precarias viviendas a los wichis, que lo único que hacen es reclamar lo que les pertenece por hecho, derecho e historia.

La causa impulsada posee, por parte de la Provincia de Formosa, cuatro pedidos de desalojo y tres presentaciones como querellante particular, recién ahora, y por lo que se desprende de lo actuado, bajo presiones del oficialismo Provincial se ha decidido hacer lugar a este desalojo aberrante, inconstitucional y nulo en todas sus partes, haciendo responsable de lo que pueda ocurrir, al hacerse efectivo este desalojo a las autoridades Provinciales y Nacionales, informó La Colectiva.

Sin embargo, los acusados son ellos. Créase o no, ni la ley impulsada para relevar los territorios indígenas funciona como debería y todavía más, ni siquiera se cumple su tratativa. El Gobierno Nacional una vez más anunció y después, no hizo nada.

Ese mismo día, sectores de la prensa de Formosa, se dedicaron a desprestigiar a los ocupantes de sus casas. Ellos eran los infractores, ellos eran quienes no tenían derecho a estar ahí, cuando la historia, es precisamente inversa. Ahora bien, más allá de ello, no debería acudirse a un papel, si un pueblo tuviera memoria y sobre todo, cumpliera con saber de dónde viene la gente que habita un lugar en el mundo.

Ojos al costado, falta de respeto y necesidades sin cubrir. En Ingeniero Juárez, tanto como en muchos sitios de la República Argentina, no sólo se infringe el derecho, sobre todas las cosas, se mancha la historia y se sigue escribiendo con sangre cuando hablamos de los pueblos originarios.

Que nunca más el dueño de su tierra, sea violentado. Ya no es cuestión siquiera, de Derechos Humanos. Se trata de cumplir con la ley.

¿Hasta cuándo?

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Adaptaciones entre un pañuelo y el box

Un dramaturgo se sienta frente a la obra que saldrá de sus entrañas y se constituirá, si se puede, en una representación vívida y plena, realizada por actores, dirigida por un director, disfrutada (si se llega al estreno) por un público generoso que inundará el teatro de aplausos.

Un dramaturgo se sienta frente a su pieza a construir no siempre pensando que será estrenada. Muchas veces, por miedo, la dejará guardada en un cajón; otras veces será rechazada; también podría suceder que en un acto de sincero desdén se anuncie como pieza literaria que no necesita de representación alguna.

Pero se sabe que una vez que la obra está escrita, su fin será ser actuada, moldeada en escenas que les brinden un elemento real a los diálogos y en texturas que alguna vez se les crearon.

Será habitada por matices que la confrontarán con lo escrito, será abordada de diversas maneras, el dramaturgo muchas veces sentirá que lo que escribió “no es lo que se ve”. Sin embargo, tendrá que soportarlo. O no, porque quizás su obra lo sobreviva por los siglos de los siglos y hasta quizás, en el ánimo de adaptarla a la mirada propia, se la transforme totalmente aunque la esencia en sí misma se conserve.

Cuando hablamos de adaptar nos remitimos a definiciones tales como ajustar o acomodar algo en función de otro orden. También se dice que es hacer que un objeto o mecanismo desempeñe funciones distintas para las que fue construido. Adaptar una obra es transformarla para que pueda ser mostrada en ámbitos diferentes de aquellos para los que fue pensada o darle una forma distinta a la versión original.

Este es el caso de Otelo, campeón mundial de la derrota*. Un ejemplo entre los miles, que tiene como protagonista la adaptación de un texto clásico llevado a un tiempo y espacio totalmente diferentes, y con el éxito (que no siempre se consigue) de sostener la fuerza de un relato tan transparente y demoledor como el Otelo de William Shakespeare, escrito en 1604.

Ahora, cabe preguntarse qué sucede con la traslación de un objeto artístico de un sitio que, siendo muy distinto al de sus orígenes, llega a fines similares a los de la obra que se toma como paradigma.

No en sus formas o abordajes, sino internamente y desde sus bordes más determinantes, detalles sencillos y tan complejamente construidos que, incluso disfrazados de un otro tan diferente como pueden ser un Otelo boxeador, una Desdémona alemana o un Yago entrenador, logran fundirse en una misma sórdida armonía y tejen un camino transitable entre una Venecia lejana y apenas un gimnasio en algún barrio de la ciudad de Buenos Aires.

Recordemos brevemente la historia escrita por Shakespeare, que en este caso retrata los celos como el gran tema pendular. Otelo, soldado fiel y valeroso de su ejército, queda totalmente prendado de Desdémona, bella mujer de buena familia y buena posición económica, quien resigna todo su mundo para casarse con él. El padre maldice la unión y nunca la perdona por ser Otelo un hombre de otra raza. Por otra parte, Yago, aliado y hombre muy cercano a Otelo, al ver cómo Casio se acerca a las preferencias de su general, decide fundar dudas e intrigas sobre la fidelidad de su esposa, tendiéndole una trampa que lo llevará a asesinar a Desdémona.

¿Qué pasa en Otelo, campeón mundial de la derrota? ¿Los textos son ampliamente transformados, las relaciones son diferentes, los hilos secretos que la construyen son otros? La respuesta es no. Y quizás allí esté la clave para entender por qué.
Otelo es boxeador. Llega al ring pero no a vistas del espectador, hay una ausencia, las peleas sólo se escuchan en la radio. El espectador sólo podrá ver el gimnasio, el lugar donde esas disputas se preparan, se entrenan, se desatan.

Por allí, transitará una Desdémona que, enamorada perdidamente, goza cantando y hablando en su idioma mezclado con un porteño recién adquirido, busca a su hombre, lo seduce y lo alimenta. Se convierte en Marlene Dietrich. Soporta su vulgaridad, es más, lo ama más por ello. Se deja llevar y confía en él hasta incluso, cuando sus manos la dejan sin respiro. Sería capaz de volverse culpable para que su mortificación no sea tal. Y cree, sobre todo, cree desde su lealtad tan cuestionada.

Yago entra en acción como el entrenador de Otelo, con un claro dominio de su presente y una influencia marcada, también a través de su esposa Emilia quien forma parte de esa cofradía deportiva, sugiriendo que Otelo goza también de sus placeres.
Casio es un personaje extraño y particular. Deseoso de la aprobación de Otelo, transita la escena con timidez y se lo ve siempre llevado por una situación que no entiende bien.

Pero eso no importa, lo que logra el director en esta destacada adaptación es justamente, que las razones se manden mudar y queden sólo las ideas que, clavadas como golpes de puño en el estómago, transforman en un cuadrilátero ausente todas las preguntas que surgen a partir del relato.

Hay cuadros memorables con canciones de Elvis Presley. Otelo resulta una suerte de Sandro simpático al que por momentos, dan tantas ganas de besar como de matar. Hay una maldita ternura en su desinteligencia, así como hay odio hacia Yago y su manipulación maquiavélica.

Hay tintes magníficos de humor y un exacto tempo entre lo vulgar de un lenguaje del mundillo del box y lo sublime de las líneas escritas por el más genial dramaturgo de todos los tiempos.

La muerte alojada en los lockers del vestuario da un “uper cup”, término de la jerga aplicado al revés dado en la quijada. Todavía no es un knock out, pero estamos cerca.

Con esta obra entendemos algo fundamental sobre las adaptaciones. Alberto Ajaka, director y adaptador, además de representar a Otelo, supo encarnar en la pieza teatral como tal, la estructura mental de su personaje más importante: Yago.
Así, el gimnasio se convierte en esas idas y vueltas constantes del texto: la ausencia de una pelea concreta a la mirada del público, los celos nunca fundados, el humor en la descarga silenciosa de los personajes que no actúan sino que se dejan arrastrar, el amor en su forma más pura e irracional con la supuesta incompatibilidad de una mujer glamorosa y un boxeador grosero.

Quizás la magia esté allí, en ese disfraz de un todo diferente que siempre encierra las mismas intenciones. Y de allí, el placer y el dolor extremo que genera.

Un dramaturgo se sienta frente a su obra. ¿Entenderá que cuando llegue al final, ya no será suya, ya no será de nadie? Será de todas las mentes que, alguna vez, la puedan transformar.

*Otelo, campeón mundial de la derrota de William Shakespeare estuvo en cartel en el Sportivo Teatral desde octubre de 2006 hasta septiembre de 2007. Actuaron: Alberto Ajaka, Daniel Gilman Calderón, Nicolás Miloc, Mariela Verdinelli, Sebastián Vigo, María Villar. Dirección: Alberto Ajaka.

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León: Magia por doquier

Madre de Rubén Darío, liberal por excelencia, con la historia que se escapa por cada rincón e invita a una crónica diferente en cuanto a la arquitectura, la revolución, la literatura o las costumbres. Temperaturas altas implacables o riesgos superficiales que desafían la elección de León, en Nicaragua, como destino turístico, hacen que los motivos por descubrirla estallen en todas sus formas.
En siete meses recorriendo Latinoamérica, el secreto mejor guardado tiene nombre animal, está en el país más grande de Centroamérica y goza de la fortuna más bella: magia por doquier.

Fundada en 1523 y conservando aún su patrimonio de capital intelectual de la nación, la segunda ciudad en importancia después de Managua se parece bastante a un pueblo detenido en el tiempo de la colonia. Detalles que nos traen inmediatamente a la modernidad y el presente pero que no invaden la sensación de viaje por un mundo distinto.

Llegar en un “school bus”, como esos que se ven en las películas norteamericanas. El medio de transporte de larga, media y corta distancia tiene esa particularidad, pero cada uno de los colectivos está pintado con diversos colores, brillantes, creando una muestra de arte móvil en el andar por las amplias callecitas de León.

Ubicarnos en un hostal. Andar errantes, sin guía alguna, buscando y preguntando por un lugar lindo donde quedarse. A pocas cuadras de la plaza principal, elegimos la Posada de Oviedo como punto de partida para nuestros días en la ciudad.
Casa familiar, más de cien años en su haber y con el fantasma de habitantes y transeúntes del hogar que alguna vez, transformaron la historia política y cultural del país, América y el mundo. Pero de eso, nos enteraríamos con el correr de los días y casi por casualidad. Por ahora alcanzaba con estar ahí, entremezclados en la típica construcción que ocupa la totalidad del casco histórico, en un hotel nada parecido a un hotel y gozando del privilegio de ser los únicos huéspedes.

Eran horas de la tarde y el calor agobiaba como el sol del mediodía. Pero eso no importa, recorrerla es cuestión de deseo inmediato y no hay factor climático que lo altere. Habíamos viajado todo el día, estábamos cansados y todo desapareció apenas pusimos un pie en la vereda. Partimos a la primera caminata por Santiago de los Caballeros de León.

Las callecitas cuentan lo que no muestran los libros de arquitectura. Casas enormes, con esquina a doble entrada, techos que superan los diez metros para mantener fresco el ambiente, tejas rojizas bañadas por el tiempo y puertas abiertas de par en par, que muestran la vida cotidiana de la gente como si un documental costumbrista se estuviera filmando en ese mismo momento, sin ser advertido por sus participantes. Galerías exteriores utilizadas como parte cotidiana, salón comedor o patio de juegos, televisores encendidos, jardines inmersos en ese paisaje, verdes en su mayoría y dándole el aroma particular, fresco y dinámico que sólo la naturaleza puede ofrecer. Pero si de protagonistas se habla, hay una vedette. Si nos mostraran una foto y habría que detectar en que lugar del planeta está ese hogar, podríamos tener la respuesta en apenas un instante.
Si hay mecedoras en cada ambiente, en la puerta, en un rincón olvidado, no importa donde, en todos lados. Si son marrones, de madera, brillantes y habitadas en tránsito continuo sin dueño particular, pues sin dudas podríamos apostar un millón de dólares, se trata de León.

Luego de cenar, nos sentamos en la ventana a fumar un cigarrillo. Son gigantes, no suelen estar cerradas por la temperatura y tienen una suerte de banquitos integrados. A dormir con un misterio: en el perfecto silencio de la ciudad y con la tranquilidad de un pueblo perdido en la nada, un constante estruendo de tres tiros fue ininterrumpido por esa noche y todas las que siguieron. Poco después habríamos de saber porqué.

Salir a pasear por la que alguna vez, fue la antigua capital de la Federación Centroamericana. Primera parada en el parque central, Máximo Jerez. Justo enfrente está Basílica Catedral de la Asunción de León, la mayor del istmo, construida entre 1706 y 1779 y una de las más diócesis más viejas de América. En su interior, hay frescos religiosos de importancia significativa en la historia de la pintura, así como tumbas de grandes luchadores por la libertad del continente, además de la de su hijo pródigo y a quien dieron el nombre de príncipe de las letras castellanas, el poeta Rubén Darío. Vigilada por un gran león en la parte superior, estos felinos también se hallan en todas las entradas de la manzana que ocupa la catedral.

En otro frente está la plazoleta de los Héroes y Mártires de la revolución, donde hay placas con diversas frases que marcaron a fuego la vida de Nicaragua y los nombres de los mayores íconos de este movimiento. Haciendo apenas unos metros más, nos acercamos al Museo de la Revolución, lugar en el que pasaríamos las próximas tres horas.
Norman, un soldado del ejército sandinista, nos recibió en un cuarto despojado de toda imagen. Sucede que las tenía a todas entre sus manos y en su cabeza.
Fotografías reunidas por un grupo de veteranos, de emboscadas y momentos de batalla urbana y campesina. La más impactante, sin duda, la que representa el triunfo del 19 de Septiembre de 1979, cuando la guerrilla ingresó a León tomando el poder nacional, derrocando la dinastía sangrienta y genocida de los Somoza, que tenía aterrado al pueblo en su totalidad.
Imposible retratar la charla, las respuestas con brillo en los ojos, las dudas plasmadas en el rostro, la adrenalina de un combate relatado y el impacto de tan recientes acontecimientos que transformaron la vida de una nación.
Sin embargo y aunque seguramente habrá opiniones encontradas, vale destacar nombres como los de Augusto César Sandino, Rigoberto López Pérez, Carlos Fonseca y Pedro Joaquín Chamorro. Todos integrantes de un movimiento en distintas épocas que lucharon contra un régimen de opresión salvaje a nivel económico y social. Nicaragua sufrió como pocas el dolor y aunque la historia tenga diversos puntos de vista, no hay controversia en habitante alguno respecto de la crueldad de sus regímenes. Lo que jamás se niega es la legitimidad popular del reclamo que hizo que principalmente, el pueblo de León, se ponga de pie frente a sus verdugos.
Interrogantes quedaron regados por nuestras cabezas hasta estos días. La afirmación de la necesidad de una educación latinoamericana, se plasmó como una certeza infinita.

Pasó otro día y la noche siguió con los tres tiros constantes. Feli, la dulce empleada de la casa, nos explicó la razón. La gente es muy religiosa por esta región, y por cada muerte o celebración de santo se tiran fuegos artificiales. La fe en este caso, es algo de rutina. También nos contó que todos los 14 de Agosto, la gente arma pequeños altares en su casa para la Virgen de la Asunción de María. Resulta que un cura local, cuando el volcán Momotombo hizo erupción y no se calmaba, le hizo la promesa de que si lo hacía, habría un día de agradecimiento anual.
Entonces, cada 14 de Agosto la gente arma suvenires y al pasar por la gran ventana que tiene cada casa pregunta, “¿Quién causa tanta alegría?” y del otro lado responden, “La Asunción de María!”. Algo similar sucede el 8 de Diciembre, pero en todo el país.
Salimos a recorrer casas históricas y museos varios. La primera parada fue en la casa del obrero, donde Rigoberto López Pérez ajustició a Anastasio Somoza García. Sólo queda un mural y restos de una casa gigante, quién sabe con cuantos secretos entre sus muros que parecen caerse cada día un poco mas.

La casa donde murió Rubén Darío, que ahora es sede de la universidad, para luego ir al Museo, que fue la casa de su infancia. Bella, con corredores inmensos y cuadros con sus fotos y su vida retratada en pequeños párrafos. Resulta que el gran transformador de los versos viajó mucho, incluso por Argentina, tuvo tres mujeres, fue un gran bebedor y además, fue criado por sus tíos ya que su padre fue un mujeriego y su madre, por ello, lo abandonó y huyó para tener otra familia. Rubén Darío entonces, creció entre intelectuales de la época, participando de las tertulias que se hacían en esa casa y en las de su padrino, Máximo Jerez, unionista de Centro América y también, dueño de la Posada de Oviedo, la que resultó ser nuestro hogar en la estadía en León.

Partimos al Centro de Arte Fundación Ortiz Guardián. Luego al barrio de Subtiava, primero para conocer el taller de Alejandro Cabrera, pintor primitivista quien nos dio una apertura íntegra de su pequeña y maravillosa galería, plena de brillantes colores, y luego para conocer la Catedral, una de las mas pintorescas de León.

La tarde nos alcanzó agotados pero felices. Teníamos ganas de volver a casa pronto, después del descubrimiento de su origen. Nos preguntamos cuántas veces y como habrán pisado esos suelos los pies infantes de Rubén Darío, cuánta gente habrá discutido y soñado allí la libertad de su tierra y qué asuntos habrá inspirado este hogar que ahora mismo nos albergaba, ciento cincuenta años atrás. Mirábamos los techos, adivinábamos párrafos leídos de Azul en sus rincones, gestas de imágenes futuras por el resto del mundo, próceres que alguna vez fueron seres corrientes con vidas comunes contemplando el mismo punto en la pared que nuestras miradas encontraban. Fascinarse fue tan fácil como vivir la historia en carne propia. Estábamos ahí para contarlo.

Dimos la última vuelta por León. Irse no fue tarea fácil aunque luego entendimos por qué, sin embargo, nos dejó ir. Nos la llevamos como quien atesora un recuerdo vivo, presente, material de un mundo existente pero no transitable en cualquier destino. León simplemente, es ese lugar donde la magia tiene motivos racionales de ser.

Casa típica de Leon

Mural en León

Mural en León

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