Posts tagged la muerte

Sobre la partida de su papá (y todos los papás)

Dice que se fue su mejor amigo, su papá,  y lo que escribe se muda al cielo como un barrilete inalcanzable por los pocos que llegamos a ver la dimensión de la trama que ahí se teje.

Dice, todo el mundo que podría pensarse, se iba con el, se queda entero y más hermoso, abrazándolo en cada anécdota que recuerda. Cada trozo de cada letra seguramente, ha llevado y llevará impresa su imagen. Su panza, sus anteojos, sus miradas del mundo quedarán atrapadas en libertad en cada una de las historias que desde hoy, se gesten desde el plano creativo que algunos llamamos alma, otros corazón, pero la mayoría estamos de acuerdo en nombrar como cuentos y narraciones que ayudan a construir vida cada día.

Dice que la muerte ya no es un paso tan fuerte porque está del otro lado y me sonrío. Qué hermosa manera de mirar una partida,  qué homenaje más bonito dedicar un lapso tan frecuente como inexacto de tiempo para este tiempo que es hoy, donde el ya no está. Pero está mas que nunca.

Todo lo que se dijeron queda en este momento suspendido en la lluvia que no cae. Todo lo que no se dijeron se dice en el asomo de sol que entre las nubes, aparece de repente. Es que es un día de luces y sombras, y ellos saben bien, así son todos los días. Su papá parece, le enseñó eso de chiquito y le quedo guardado para siempre en la memoria fiel de su cabeza que no es cerebro sino huella calma y certera.

¿Quiénes serían capaces de retratar semejantes encuentros? Las cámaras que primero los habitaron, a él como padre que se las ofrecía y a él como hijo que recibía lo que soñaba de su parte, de su par, de su creador, de su colaborador de tejido de sueños arbitrarios y constantes.

¿Acaso habrá película capaz de sostener este relato? Sin dudas está y jamás será filmada. Es la que tiene el padre ahora, mientras viaja por los sitios donde siempre quiso llegar, es la del hijo que tiene cada momento con su banda sonora archivado en su paso diario por cada una de las cosas que transita. Es ese guión que nunca jamás se escribirá aunque sea escrito y que ilustró su corazón en cada hecho puntual que dibujara, apuntara o recreara.

La muerte como el comienzo de un viaje que ya había comenzado. La muerte como el momento más hermoso del mundo para darse cuenta que uno tuvo el placer de vivir con un grande cada momento de su pequeña y enorme vida. La muerte como un regalo de reflexión, amor y esperanza para entender que uno fue capaz de amar de una manera extraordinaria y ha sido amado de igual manera.

La muerte como parte de una vida, de la vida misma, de esa vida que el padre y el hijo abrazan eternamente en este momento y en todos los momentos mientras tanto el esté vivo y el esté de viaje pero estén, irremediable y felizmente, juntos para siempre.

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El abuelo Alberto partió en busca del cosmos (y de la abuela Elsa)

Hoy es 7 de agosto de 2010 y se fue el abuelo Alberto. El 5 de agosto fue el cumpleaños de la abuela Elsa, quien hace unos meses apenas, nos dejó en un día frío y soleado.
Ese día me sentí muy mal, como desencajada, y apenas pude comunicárselo al resto del mundo. Si bien hace rato se habían acabado las reuniones multitudinarias, los canelones caseros, el patio lleno de juegos y primos, sentí mucho su ausencia.

Por primera vez en mucho tiempo la extrañé sin posibilidad de racionalizarlo y entender que era lo mejor que los viejos se vayan si ya no quieren estar más. Parecía una nena caprichosa en mi cabeza, porque hacia afuera, no hice más que poner cara de “hoy no es mi día” y seguir andando. Sin embargo, adentro se tejía una marejada de infancia indignada de tanta pérdida, una niñita reclamando que no es justo, que por qué. Si yo se los por qué. Y hasta los comparto y los aliento y los celebro. Está bien no estar más si no vale la pena. Pero la Emilce pequeña decidió jugarme una mala pasada y quedarse a vivir otras 24 horas más, hasta ayer, viernes 6 de agosto de 2010.

Así, la frase se volvió a reflejar en mi rostro: “hoy no es mi día”. Desde que papá me dijo que el abuelo había sido internado por neumonía, yo ya era conciente de que esto iba a suceder. Y sabía, sería pronto. Aún cuando me dijo que estaba mejor. Cuando lo vi al abuelo el día de la muerte de la abuela contando en detalle cómo era que estaba vestida el día que salieron a bailar al club, me di cuenta que más allá de peleas más, peleas menos, iba a ser imposible que después de 65 años juntos, fuera a sobrevivir sin ella. Eran otras épocas, otros modos de relación, de dependencia. A su vez, una persona que ya no tiene padres, amigos, vecinos, proyectos, identidad y fuerza para vivir solo, pierde sus motivos, sus estrategias. El tenía (y tiene) una familia. Y era la suya. Pero supongo que la vejez es así, acarrea consecuencias tales como poder escribir tu propio final, agotarte de buscar razones, decidir si esto llamado vida ya no da para más.

La madrugada de este 7 de agosto no fue sencilla. Apareció en mis sueños Alberto y su taunus verde, el mismo que estacionaba en la entrada de auto en la casa de Ituzaingó. Se iba de paseo, me dijo. Al autódromo, pasando por el observatorio de San Juán. No le conté a nadie mi sueño, preferí poner otra vez mi cara de “hoy no es mi día”. Cuando papá me aviso, no se lo pude contar tampoco. Supongo que estoy algo impresionada. O que estos días el estuvo muy cerca mío, o que la abuela Elsa vino a contarme cosas para que le transmita de alguna manera. Yo no soy así. A mi la muerte no me “pega”, más bien me pone en jaque y me deja reflexionando despierta.

Hay una reeducación de mi ser en estas partidas que cada vez, son más cortas entre una y otra. Ni quiero pensar en la que falta. Sigo siendo la misma. Pienso que la muerte es parte de la vida y que no hay mejor manera de irse que cuando ya no estamos invitados a pasarla bien. Lo que no sabía, y estoy aprendiendo, es que desajusta ciertas partes de las raíces internas que hay que entender cómo acomodar. O sacar definitivamente. O quizás sea el final del latido lo que de origen a cosas nuevas y repercute más cuando es el papá de tu papá, la mamá de tu papá, el papá de tu mamá. Con la mamá de mamá todavía no se qué pasará. Lo que si se es que hace apenas una semana, tuve que arroparla como ella me arropaba a mi cuando era chiquita y contenerla en un desespero por recobrar su existencia vacía. Y fui feliz de estar ahí para ella, aunque uno se quede con tantas preguntas como cimientos tienen las nuevas ciudades y pueblos.

Y así es como hace un par de meses fue Elsa y hoy, el abuelo Alberto sale a buscarla por el cielo que tanto amaba. Fanático del cosmos y de las estrellas, enamorado del ruido de lo autos de Fórmula 1 y las carreras, mecánico de oficio y profesión, ahora seguramente estará cumpliendo su sueño: el decía siempre que quería ser astrónomo, sabía tanto acerca de galaxias y esferas tan lejanas como espectaculares. Hablaba de ellas como un escritor de su musa, o un arquitecto de su obra maestra. Lo que había guardado en sus ojos era pasión y ese mismo espíritu, ahora, navega en un barco invisible entre cometas.

Y esa es la imagen que después de tanto llanto, me dibuja una sonrisa, me deja tranquila, miro hacia arriba el sol y pienso, menos mal que ahora andás por ahí abuelo, este mundo ya no era para vos. Menos mal y que la pases de puta madre, mi queridísimo ladrón de cucharadas gigantes de dulce de leche y perfecto guardían de alfajores en el taller. Se te va a extrañar también por acá. Todos mis besos para vos y si te encontrás con el abuelo Antonio en un subte con anillos de Plutón, o si ves a la abuela Elsa escuchando las radios de otros planetas, deciles que también como a vos, los amo mucho y que gracias, gracias por todo y cuidense porque acá, estamos todos bien. Hasta la próxima.

(¿Viste? No me puedo despedir) Será porque no hay tal cosa como cuerpo y solo existe todo eso que vivimos juntos. Y de eso, de eso tenemos por acá y por allá también.

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Entre lo que éramos y lo que somos

Cuando me pongo a escribir, rara vez dudo del comienzo o me detengo en la oración inicial. Generalmente el texto fluye, distraído, sin pensar demasiado en lo que está por venir y sin censura previa. Esta vez, pasaron varios minutos hasta que me decido a seguir ese principio, rompiendo la regla de espontaneidad que primero aparecía y que ahora se queda pero por voluntad propia y a fuerza de presión. No hay otra manera de decirlo: los tres abuelos que me quedan se están muriendo de a poquito y eso a mis papás, los está desgastando por demás entre tristezas, las no ganas de vivir que encuentran cada vez que los ven y ni siquiera es el futuro que no existe sino más bien, el presente que jugando a la mancha hizo trampa y también se fue, tal vez buscando una oportunidad mejor para su ser. Este texto entonces quiere ser un salvavidas, una red que los atrape y no los deje a caer a ninguno, un mapa que rehagamos entre todos para recuperar y entender lo que podemos hacer.

Hace un tiempo vi una obra de teatro que rompió algo dentro mío y tenía que ver con la familia. Se llamó “Nunca estuviste tan adorable”, escrita por el genial Javier Daulte, e incluía la canción “Runaway” de Del Shannon en una escena que jamás hubiera pensado llegaría a hacerme conmover de esa manera. Para marcar una transición, este dramaturgo hizo una “sencilla” coreografía con los actores, todos ellos bailando sobre el escenario entre retazos enormes de su vida, como haciendo un puente con los pasos entre el ayer y lo que estaba por venir. La ilusión de los nacimientos versus las partidas del hogar, la alegría del amor primero versus el hastío de pertenecer, los juegos de todos los días versus los reproches de ya no jugar a nada y tomarse todo demasiado en serio. No podría explicar el por qué, pero sí puedo decir que después de eso, nada fue igual para mí en los análisis que llegué a establecer sobre el antes y el después de una familia.

Así, ordeno un desorden literario, le hago una burla y le saco la lengua al cielo nublado y me traigo, sin nostalgias, imágenes para sobrevivir a este tiempo de corridas agotadoras, visiones de personas que parecen haberse fugado a otro sitio y mi propia huída que nada tiene que ver con el enfrentamiento de las cosas como son.

Antonio ya se fue hace unos años, debe andar por el subte A escondiéndose entre señales de subterráneos que el mismo puso ahí hace unos cincuenta años y pretendiendo crear cortes de luz. Algunas veces lo logra, como ayer, que tuve que bajarme en Loria puteándolo, conciente que por obsesivo y por mi seguridad, no me dejó seguir andando en un vagón que andaba descarrilándose de a poquito. Quedó Adelma, que después de cuidarlo cinco largos años en su ceguera, recuperó pulsión de vida y se hizo panzada de teatros, canastas y viajes, sin olvidarse de peinarme cada vez que me ve, y quedaron los papás de papá, Elsa y Alberto. Ellos si que la vienen peleando hace rato entre desmemorias, úlceras en la pierna y cuestiones de rutina arrastradas desde siempre y acentuadas por el paso del calendario. ¿Quiénes son estos seres que ahora parecen ocupar sus cuerpos? La verdad es que cuesta creer que sean ellos, a mi no me engañan, yo creo que el abuelo Antonio los pasó a buscar y ayer andaban todos de gran paseo entre los túneles, chusmeando los nuevos trapos y las conversaciones pasatistas de clima, trabajos y desamores en el andén.

Así que en un acto irracional me quedo arbitrariamente con lo que yo pienso, ellos representan. Me olvido de los médicos, los infartos y los psiquiatras, los mando a la mierda y arrastro hasta aquí lo que vale la pena, lo que la pena no entiende, lo que entiende la justicia de los días por venir, lo que el venir deviene en el hoy, lo que el hoy necesitan mis papás, lo que mis papás vieron en mis abuelos, lo que mis abuelos son en realidad aunque esa realidad sea una parte y no la verdad. (¿Acaso hay una verdad?)

Adelma: cacerola gigante con pollo al limón exprimido todos y cada uno por ella, cuidados de medianoche por trabajos o salidas, frazada de cuadraditos eterna para la nieta, mate cocido de yerba sin pensar nunca en los saquitos, albóndigas para el yerno siempre en domingo, risas descabelladas por la arañita para el nieto, apoyo para la hija en tiempos de estudios tardíos, peinados bellos, collares de oferta, pastafrola de membrillo, Rafael en el winco, casa de puertas abiertas para fiestas, entendimiento de separaciones y adopción de nuevas familias y parejas, acérrima defensora del amor en todas sus formas, mi abuela es la sobreviviente de una muerte segura para pasar más tiempo con su hija y demostrarle cuánto la quería y como a pesar de todo, supo aprender muchísimas cosas en un tiempo ajeno a su época, en una oportunidad inolvidable para conocerla y disfrutar tantas cosas hermosas con ella.

Elsa: canelones amasados, patio de Morón en Navidad lleno de regalos entregados de su mano, leche con vainillas, llamados a la radio para pedir temas, Chiquitín de aquí y de allá, preocupaciones por las nietas y Adriana, la muñeca, churrasquito deseado entre diabetes y dietas, mujer pionera trabajando en una fábrica llena de hombres antes de los treinta, cuentos e historias de Tarzán en la radio con los hijos, lata de galletitas especialmente comprada para saciar la merienda, saquitos tejidos de todos los colores, alfombra verde inmaculada y patines en el living lleno de fotos de todos y cada uno de los hijos y nietos, llamada diaria para entender cómo y por qué estábamos como estábamos, mi abuela es el reflejo de una vida difícil, marcada por ausencias, muchos hermanos y un amor que tuvo que aprender a dar sin que nadie le enseñara cómo hacerlo, ella, triunfó el año pasado ante su alzehimer sorprendiéndome con el recuerdo de que escribir me gustaba tanto porque teníamos a Lamborghini y a Varela como parientes y de ahí, mis letras.

Alberto: casa levantada de la nada apenas habiendo cursado cuarto grado, la historia de amor más bella de sus padres enamorados, tan enamorados, que uno de ellos muere de amor cuando el otro se despide para siempre, alfajores escondidos en el taller para que nadie los vea, el taunus verde, la pasión por la astronomía y el cosmos, las ganas de comer dulce de leche, los arreglos en el hogar que nadie hacía, las charlas con extraños de cualquier tema, las herramientas más lindas que haya visto, el caño del patio que se usaba para trepar y medir la altura de cómo todos íbamos creciendo, la herencia donada para poder casarse con una mujer más grande con la que todavía permanece, el desapego por la ambición desmedida, las carreras de Fórmula uno, las visitas con bocadito Holanda y Topolín de cartón, mi abuelo, que todavía me pregunta por mis pasiones y mis deseos, mis delirios y mis viajes, un hombre criado sin lujos y trabajando desde los diez años al que jamás escuché quejarse por algo, el que nos regaló la primer televisión en blanco y negro y que te mira con una dulzura en los ojos que no se ve, quizás causada porque las caricias llegaron demasiado tarde a su vida.

Me quedo con ellos. Quizá sea egoista, quizás el que no los vea demasiado me hace una mala persona. Pero trato y cuando no puedo, me los guardo así, con estas memorias despiertas que me anidan, que me dan fuerzas para pensar en cómo abrazar a mis viejos a los que confieso, en estos momentos, veo menos, porque no me sale mirarlos sin abrazarlos fuerte y preguntarles cómo hacemos, que me expliquen, cómo hacemos para entender las diferencias entre lo que éramos y lo que somos, entre esta brecha que no tiene baile intermedio pero que decido poner, la establezco y que todos estos recuerdos, estas vivencias nos inunden, nos lleven a este presente en donde gritamos piedra libre, los entendemos y los cuidamos como podemos, como nos sale, mimándolos con estos actos de grandeza que tienen, admirando a mis padres en su fortaleza y su don de gente, mis viejos que con toda una verdad los aman, no los abandonan y los miran como ese día en que ellos los miraron cuando los parieron.

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Sobre Horacio y mi papá

Acabo de abrirle la puerta de calle a mi papá. Se fue después de una mañana de visita, de mates y charlas, de encuentros con la imposibilidad de resistir en un sistema adverso, se fue después de quebrarse en mil pedazos al mirar el video de una canción que hace tiempo estaba buscando y que le recuerda a su mejor amigo, mi tío por adopción, Horacio, ese que se nos fue un día a hacerle bromas pesadas a los ángeles. Fueron apenas unos instantes, lo que duran un par de acordes, pero bastó para que se ponga a llorar como un nene dentro sus casi 60 años, me extendiera la mano y me dijera “esto me hace acordar a Horacio”. Yo no se cuánto hace que no veo a mi papá así, pero ahora que lo pienso, creo que la última vez fue cuando me contó que se murió, hace ya unos cinco años, y desde ese día hasta hoy, un mundo de diferencia.

Se conocieron en el mismo lugar donde se conocieron con mi mamá, mis padrinos, mis tíos de sangre, hasta inclusive con la actual mujer de mi papá, Betty, que es la prima de Horacio, pero esa es otra historia. O no, pero no se puede contar un laberinto en una frase, así que vamos curva a curva, paso a paso. Debían tener como 19 o 20 años, la vida por delante, los sueños atados a la utopía de sanar el planeta a través de la asistencia social, las peñas, la alfabetización para aquellos que no sabían leer ni escribir ni tenían las posibilidades de hacerlo. Esa es la breve reseña de cómo se encontraron mis papas y toda la familia que hoy me rodea, en un marco complejo, de violencia extrema pero que se hacía espacio para que hasta determinado día, hayan podido hacer algo para cambiar las cosas.

Papá y Horacio eran el dúo dinámico. Tenían que verlos. Ambos que no superan el metro sesenta, uno pelado y el otro canoso desde chiquito, haciendo fastidiar a todas las mujeres ejerciendo el más negro de los humores. Sacaban a las hienas internas hasta de los peores amargos. Se han tenido que suspender canciones o charlas para no morirnos, literalmente, de risa. Y no había vedas, no había prohibiciones, no había limitaciones para menores, era todo fiesta, todo guitarra del tío Hernán y su voz hermosa y Horacio zapateando, porque también hacía eso, también amaba el folklore y bailaba como los mejores, casi tan bien como hacía reír a todos.

Yo me críe así. Toda la infancia está teñida de conflictos internos en casa y alrededores maravillosos de aprendizajes y crónicas tan espectaculares como imposibles de creer. Madrugadas infinitas de charla, los chiquitos colados escuchando, mamando, internalizando todo eso que hoy, quizás, haya quedado tan plasmado en mí como para vivir como vivo. Y cuando digo conflictos, es porque me autoriza el hoy, el papá y la mamá que blanquean que tuvimos problemas y menos mal, porque quién no los tuvo y quizás no tan graves, no tan simples, qué importa, lo que vale es que estamos acá, juntos a nuestra manera, ocupándonos los unos de los otros. Pero yo estaba hablando de papá y Horacio y me salgo de tema, me pongo en otro canal y me dejo ser, vuelvo hacia ellos, hacia su relación y lo que dejó de pasar cuando él se fue.

Nada sería lo mismo sin él. Nada. Es imposible no mencionar que cada vez que sonaba el teléfono en Ituzaingó y era Horacio, había que soportar la peor ola de groserías inventada jamás. Cualquier disparate en esa voz tan característica, rasposa, casi como si se hubiera tragado una lija y la hubiera alivianado con una cucharada de leche condensada, porque ese era su humor, una cuota difícil de digerir pero que se transformaba en un dulce único, en la alegría menos pensada.

Mamá lo soñó partir. Estaba internado con su cáncer avanzado en la garganta hacía tiempo, venía luchando duro y era tan cómico verlo en la camilla reírse de sí mismo, hacer bromas con papá, oírlo decir que las anginas lo tenían complicado. La misma mañana en que se murió, mamá me llamó y me contó que Horacio había ido a despedirse. Me dijo que se iba corriendo al hospital. Cuando llegó, Gerardo le dijo que se había ido. Mamá también lo amaba a Horacio, claro, era uno de sus mejores amigos. Pero para papá, para papá, Horacio era un hermano elegido y mi papá eligió a su hermano también como amigo, entonces hablamos de que perdió a uno de los dos pilares de su vida. A una de “sus” personas. Ese que sostiene la historia de uno como la propia, el que le recuerda de qué está hecho, que es lo que uno quiere o cómo quería vivir la vida.

Sentado en el sillón de casa, mientras lloraba, me dijo entre sollozos hace apenas una hora que con un amigo se va la mitad de uno. Y creo que tiene razón. Pero también se río, se río cuando lo decía, mientras por sus lentes enormes se le filtraban unas lágrimas. Cuando pienso de quién heredé esa sensibilidad extrema, no puedo dejar de pensar en papá. Entonces, le dije yo, si Horacio no se hubiera muerto, no hubieras encontrado a la segunda mujer de tu vida. No por ser otra ni menos importante, sino porque vino después que mamá, y yo se que papá amó tanto a mamá que supo terminar las cosas y después tuvo otra oportunidad de amar con una de las mujeres más valientes que he conocido en la vida. Porque si bien eran amigos hace treinta años todos, sólo después del velorio de Horacio, papá y Betty se encontraron en la parada del colectivo y ya nunca más se separaron.

Esa noche fue tan graciosa como la vida de mi tío. Graciosa en el mejor sentido de la palabra. Fue un velorio lleno de vida. Este grupo de gente se las ha arreglado para llevar dramas varios de la mejor manera y lo que encontraron aquí fue el respeto por lo que hubiera hecho Horacio. Papá le hablaba al cajón y le decía “Dale, dale, levantate ahora hijo de puta, y decinos que esto es una joda”, y mientras, María, su viuda, le decía que el hubiera hecho exactamente lo mismo si los papeles eran inversos y yo se también, todos lo sabemos, que esa es la pura verdad. Hasta nos mudamos al salón de al lado, porque había un muerto con la soledad de una sola persona, velándolo. Una sola persona. Nos dio tanto pesar que nos turnábamos un rato cada uno para acompañar la partida, charlando con el único amigo que quedaba.

Y pensábamos en voz alta, claro, qué vida hermosa Horacio, vos que estás acá, repleto de risas, de recuerdos, de presentes y anécdotas, de hijos y mujeres y hermanos elegidos, de misiones cumplidas, qué hermoso tránsito a pesar de la enfermedad, del dolor, de la lucha, qué bello testimonio el de papá y Horacio para este día, para enarbolar un trato como estandarte, el de que hoy y siempre, los amigos, esos seres que tanto nos construyen, sean amados, y yo aprovecho, me sumo al manifiesto y uso como excusa este relato para decírselos, para alcanzar a cada uno de mis almas compañeras y desearles que vivan, que no se pierdan en cosas sin importancia, que lo único que queda es esa sensación tan hermosa y plena de haber compartido, gritado, soñado y morirse de risa.

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Antes de partir (Esperanza de domingo)

¿Y sí la muerte llega mañana a la mañana, hoy a la tarde antes de salir a pasear, justo después de escribir éstas líneas mientras cocino, mientras Maya duerme sobre la impresora como siempre y a mi alrededor, un hombre, el más valiente de todos los amores que haya tenido hasta hoy, me abraza fuerte?

¿Y sí dejo de respirar en un ratito? Pensando en voz alta, la tristeza se muda a otra parte, a otro cuarto lejos de acá, quizás a un palacio hindú o la calle de París que nunca llegaré a visitar pero que transité tan bellamente de la mano de Julio o Marguerite, no hay dolor ni arrepentimiento porque me invaden cientos de imágenes preciosas, soñadas de ojos abiertos, de paisajes, de amores plenos, de fronteras atravesadas adentro mío que luego se traducirían en geográficas, poemas escritos y reuniones con una amiga del alma para dibujarlos, andar por calle Corrientes chocando los brazos por entrar a un teatro, andar, simplemente andar cantando, sola, acompañada, recordando partidas que ahora son historias, son materia para que todo salga, para que el arte crezca, para que mi voz sea otra y mi alma, una casa que se parece a una pequeña cajita de fósforos pero en la cual me siento como una Pulgarcita muy afortunada.

¿Y sí todo se acaba ahora? Nada, ayer le dije a mamá te quiero mucho y hace un par de días papá me vino a visitar y me regaló un pancho y una charla porque estaba cansada, mi hermano estuvo anoche conmigo y nos reímos tanto, como siempre, que se pareció al fondo de Ituzaingó en la infancia y la lluvia y las piedras que recogíamos para que no se mojaran y acumulábamos en la cucha de Mancuso, el perro más feo y compañero del mundo que haya existido jamás. Almorcé con mi mejor amiga, mi hermana elegida y logramos matar el drama de los imposibles que nos persiguen, amenazantes, tratando de quitarnos lo nuestro y hacernos bajar la guardia.

En la última semana hice dos compañeras de camino nuevas, le confesé mis mayores miedos a una fotógrafa talentosa que no se deja ver y hasta planeé un par de días en el mar con un grupo de mujeres que se parecen a las víboras, no por su maldad sino por su belleza, distinción y capacidad de supervivencia.

¿Y si me muero ahora? Me enteré de tres vidas nuevas apenas en mayo. Una pareja a la cual amo y casé frente a una atardecer majestuoso me notificó que crecía en la panza un rayito que se desprendió de aquel día; vencí otra vez la distancia al mirar en casa la figura de próximo pecosito o pecosita internacional, bebé que crece en una de las mujeres más dulces que haya conocido en la vida, casada con uno de los hombres más generosos de Colombia y el universo entero. Y como si fuera poco, mi prima, un otro yo constante que hasta tiene mi sangre y apellido, acaba de parir a Valentina que llega para unirnos un poquito más y hacernos notar que el tiempo no vale la pena si no es para compartir estas leyendas.

¿Morirse? No tiene sentido planteárselo o hacer planes a largo plazo para evitar su presencia. ¿Deudas pendientes? Saldarlas inmediatamente, ponerles una curita de chocolate, dejarlas pasar si no tenemos el coraje para concretarlas e ir por las que podemos afrontar, por que las que nos den motivos para sonreír acá, ya mismo, sin esperas ni demoras, no lastimarnos por lo que no hicimos sino darle el justo valor a lo que trazamos, al buen día que ayer le dijimos al colectivero, a la cena que preparamos sin nada en la heladera, a la frase que dijo esa actriz en una película y nos impulsó a sentir todo esto, a apartar el miedo por fin, y sacarse el vendaje de la hipocresía de pensar que queda resto, que hay más allá de este momento.

¿Morí? Todavía no, pero no importa. La sola idea de vivirlo, me hizo vivir más, escribiendo todo esto, compartiéndolo, dándome el lujo incluso de ahora dejar el teclado, agarrar mi cucharita y pronunciar una de las palabras que más me gustan en el mundo, “pote”, un cubículo lleno de sabor que ya me deja haciéndome agua la boca.

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“Me puse a tejer”

El diario matutino y ¿gratuito? de hoy citaba la oración que titula este escrito. Se refería a una mujer de 98 años que fue rescatada en L’Aquila, Italia, tras el inesperado terremoto que sigue sumando víctimas fatales, heridos y preguntas sin respuestas.

Más allá de la noticia o la “nota de color”, la declaración de esta anciana que lejos de sentir pánico o pedir ayuda de manera desesperada, se puso tranquilamente a tejer, hizo que mi mente juegue con destinos de reflexiones peligrosas. ¿Fue un milagro o un error ese encuentro fantástico? ¿Qué habrá sentido esa mujer cuando un grupo de hombres interrumpió su bella tarea para decirle que todo había terminado y que le estaban salvando la vida? ¿Acaso ella habrá sentido que la muerte era segura, la paz la invadió de repente y le estaba tejiendo un recuerdo a sus nietos, feliz, con una sonrisa en los labios?

Nunca podremos saberlo, así como tampoco tenemos certeza de que esa historia sea completamente verídica. Pero lo que genera es real, la macabra sensación de quiebre de un fin que debía, tal vez, presentarse de gala ante esa mujer con tantas arrugas como crónicas sobre sus espaldas se queda a tomar un mate conmigo, mirándome fijo, como acusándome por no alegrarme por el repentino destello de días que se le agregan.

“Me puse a tejer”, dijo la abuela. Creo que la decepción le ganó la apuesta al escuchar las voces, pero si pienso un poquito mejor, supongo que habrá celebrado para que los rescatistas se pongan contentos y la bufanda que era de un adiós anunciado se convierta en un agradecimiento divino.

Al fin y al cabo, la sabiduría no es cosa de letras sino de tiempos, de aprendizajes, de muertes que se repiten una y otra vez, hasta que se concretan cuando el protagonista está preparado para vivirla.

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