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La Luna en Venus (con mayúsculas)

¿Cuando fue la última vez que miraste cielo arriba y te encontraste con una sorpresa?

Eso me pasó hoy. Nada había leído y por suerte, la noche me abrazó de repente. Apareció la pregunta. ¿Qué es esa pequeña luz que parece una estrella bajo la luna? ¿Será un duende a punto de comenzar a balancearse en una hamaca? Cosas de la virtualidad, y una amiga del otro lado, me dieron la respuesta: era Venus.

Antes de llegar a ese puerto ya me había enamorado del cielo. Me quedé parada un ratito. Tiempo, tanto tiempo sin parar y mirar alrededor sin saber, sin la noticia y la espera atenta, esa ignorancia bella que me atrapó de improviso y con sabor a brisa de primavera, con la calma de poder observar, con el instinto atento y del más lindo, del que trae por ejemplo, descubrir un planeta jugando como en una plaza con la luna recortada por una tijera universal.

Todo ese desconocimiento con tintes de magia, de búsqueda interior transformada en un mural del que casi todos tuvimos la posibilidad de ser testigos, mutó en un gran museo vivo. Abierta de par en par ese gigante blanco nos miraba a todos y nos regalaba un instante maravilloso: acaso éstos no son los momentos donde nos damos cuenta que este mundo es otra cosa del que a veces queremos convencernos?

Cual títere jugando a la soga, cual Maga buscando a Olivera, cual Teresa haciendo el amor con Tomás, cual Charly cantando sus sinfonías infinitas con Pedro, cual parto de sueños nuevos, la Luna en Venus (con mayúscula) me hizo viajar sin sacar pasaje, me llevó lejos y en paz hacia un sitio tan natural como mío, tan ajeno como masivo, tan extraño como palpable.

¿Qué sabor tendrán estos momentos en el paladar? ¿Acaso el registro quedará en alguna parte?  ¿Y si no me importara eso, siquiera sacarle una foto? El segundo en que tomé conciencia de la no conciencia, de lo inesperado, de lo bello de mirar alrededor y ver algo tan espectacular como mundano me llenó el alma de música sin siquiera escuchar el rastro de una nota.

Todo una historia de nadas y todos bailando una danza invisible allá arriba. Mientras, “acá abajo”, creo, los que nos animamos a levantar los ojos pudimos escalar un poquito con una soga transparente, colgarnos y trepar felices, confiados, serenos y plenos de saber que sí, que es posible.

Que si miramos alrededor, cosas bellas pasan todo el tiempo. Sólo hay que saber detenerse, estar ahí, acá, presente reloj que no existe en este caminito que nos inventamos todos los días que no son días sino mapas constantes que decidimos volver a trazar una y otra vez hasta vivir eso que pueda llamarse quizás, “La Luna en Venus” (y con mayúsculas).

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Cambio mañana de lunes por viernes por la tarde

Mañana en el subte, camino al trabajo. La gente, toda junta, se parece más a una fila inconexa, delgada, gris, que a un grupo de seres acudiendo hacia algún lugar.

En medio de ese ágape desafortunado, tres mujeres hablan en lengua de señas. Sonríen. No se de qué hablan pero estoy segura, será una bella anécdota por los gestos que se forman en sus rostros, por el vuelo que toman sus manos. Apenas al lado, un señor escucha algo en la radio que no le gusta demasiado, o quizás, una canción que le recuerde algo que ya no tiene. Pegado a su rodilla, la pollera de una dama de unos 55 años deja ver una lastimadura reciente.

En este escenario con una rutina establecida, con cambios de protagonistas y circunstancias casuales, me desenvolví esta mañana. Era un ovillo cuando desperté, una suerte de hilo de lana eterno de muchos colores, entrelazados, un redondel hecho por una abuela junto a su nieta, no de esos que se compran en los negocios en el Once, era una semilla para un abrigo bello, una bufanda para un ser amado, una carpetita para apoyar la pava que contiene el agua que hará posible los mates para que una pareja, decida en una charla, volver a empezar.

Sin embargo, en el camino hasta esta parte me volví apenas una tela rasgada. Un retazo de esos que se encuentran en las bolsas de desechos que no le sirven a nadie, con el color gastado, sin definición, sin identidad, sin nada que invite a ser rescatado por no tener algo digno que integrar.

Suerte la mía que el encuentro con las palabras y las imágenes se unan en una pócima mágica que me salve. Una frase leída a tiempo, un árbol dejando caer una hoja sobre un ventanal abierto, los rulos de una enana que esconden sus pequeños ojos, una canción al azar y ese pedazo de cielo que se entremezcla con una escena arquitectónica destacada.

Suerte la mía de poder recuperar ese retazo que me siento y alcanzar al menos, el estado de una cinta bebé a punto de ser colocada en un regalo. No el ovillo, ese primitivo lugar donde uno sabe, puede hacer lo que quiere, lo que ama, lo que abraza el deseo del día con sus recovecos y rincones impensados. Pero al menos la cinta, ¿no? Al menos la cinta.

 

 

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Compañero de aventuras

Siempre que habla de él, se le ilumina la mirada. Se nota que desde que llegó a su vida, algo se transformó. Nada lo que era, nada lo que pensaba, nada lo que tenía. Con su llegada, el mundo se volvió un lugar mejor y en esa posible alquimia, todo alrededor iba a adquirir otra dimensión.
Que ese “él” fuera su hijo y que esté ahora entre los 4 y los 5 años no es un dato menor. Es quizás, el más importante.

Un día, él vino y le trajo un dibujo. Lo había hecho de lápiz negro, señorial, con una corbata, traje y una valija. El padre no pudo evitar preguntarse qué había pasado entre la imagen deseada de hombre más libre, más superhéroe, más otra cosa que ese “oficinista burgués” y esta realidad que él le traía entre sus manitas.
Ese día no supe qué responderle, creo que hablamos de sueños rotos, de remiendos acordes, de vidas que se acomodaban como podían al paso de las elecciones concretas que hacemos a diario para llegar, para vivir lo que queremos realmente transitar. Sin embargo, hace un ratito se me vino a la cabeza lo que de verdad, empecé a pensar en ese momento.

Dicen que las cosas llevan su tiempo, será que este también es el caso. Si tuviera una brújula que manipulara relojes volvería para contárselo, además, claro, de espiarme colgada del limonero jugando a las naves espaciales con mi hermano o ir a conseguir al kiosko de la estación de Ituzaingó un topolín con envase de cartón. Pero bueno, como esa posibilidad se la llevó algún poeta en bicicleta, se lo digo ahora, así, y a través de este viaje inmediato que no respeta fronteras.

Lo que pasó en el camino entre esa representación de la realidad que vislumbrabas y lo que de verdad fue, es, ya no tiene sentido. No importa. Nada. Como esa totalidad que se volvió toda “él” cuando nació, cuando lo tomaste en tus brazos, cuando lo miraste por primera vez y supiste que ahí estaban todos los arcos iris que buscaste alguna vez. Lo que sí, creo, hace la diferencia es lo que pasó en esa escena de la entrega del dibujo, del acto en sí mismo, de lo que pasó por la cabeza de él cuando te miró, lo grabó como en una cinta de casette vieja y lo replicó en una imagen.

En esa ceremonia inesperada, sin lujos, sin cintitas colgantes o papel picado deberías haber encontrado el mayor sentido de las cosas, queridísimo amigo. Tu hijo te sabe cerca. Te conoce. Te puede poner en un papel y hasta recordar qué llevas en tus manos. Tu hijo te abraza, reconoce tu estatura y sabe de tus dimensiones, de tus tiempos y de lo que pasa cuando esa fotografía se hace carne. Significa que llegaste. Que estás. Que a pesar del cansancio, de lo jodido de la rutina y de cómo enfrentamos tantas cosas juntas en esta vida de grandes, él te tiene.

Por eso el retrato, porque seguramente lo mejor de su día, su paisaje perfecto, es el verte llegar. Y así te ve, así te siente, así te ama. Como seguramente vos lo amas a él, tu compañero de aventuras, tu pequeño saco de ilusiones que afortunadamente, reconoces como extranjeras en su cuerpo que sin dudas, podrá construirse un lindo camino porque su papá está ahí para acompañarlo. Siempre.

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Lo que sucede y lo que puede suceder

Hay veces que no se puede más que escribir lo que hay que escribir.
Es eso y no otra cosa. No hay posibilidad. Por más que le escapemos, que sembremos una duda en otro lado para ver si pica el anzuelo eso “otro” está ahí, ese pez y no otro, mirándonos de frente, preguntándonos si de una vez vamos a tomarlo o si lo dejaremos libre para que siga su camino.

Hay veces que no se puede decir más que lo que hay que decir.
Es eso y no otra cosa. Hay que maniobrar la voz para no ser crudo, hay que elegir la palabras cuidadosamente para ser exactos, hay que repasar una y otra vez lo que vamos a decir aunque todo lo que queramos es gritar, sencillamente gritar sin filtros, sin vuelta posible del lugar donde lleva ese discurso, sin siquiera, poder establecer uno nuevo para suavizar el que pasó.

Hay veces que no se puede actuar más que como hay que actuar.
Es eso y no otra cosa. Hay que ponerse de pie ante esa conducta que queremos establecer, hay que sostener lo que hay dentro y transformarlo en una situación real, tal como la imaginamos y no como la podemos apenas, llevar a concretar. Hay que transpirar, hay que respirar el miedo, la alegría, la tristeza y la adrenalina de todo lo que da liberarse de lo que nos detiene y finalmente, hacer lo que uno quiere ser para estar.

Hay veces que no se puede más que esperar lo que hay que esperar.
Es eso y no otra cosa. Hay que sostener el deseo implacable que nos habita, sublimarlo con tintes de andares recorridos, intentar por todos los medios que esa espera sea lo suficientemente hermosa como para que cuando “eso” llegue, estemos preparados para poder escribirlo, decirlo, actuarlo y quedárnoslo para siempre, siempre, adentro de todo lo que no pudimos escribir, decir, actuar esperando que de una vez, llegue a destino.

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Un día distinto para este día

Sucede que no me gusta que hoy sea hoy, acá.
Es como si la línea del tiempo se hubiera corrido del deseo desde la madrugada de ayer y me hubiera anclado en este sitio que no es físico, que no es tangible, pero que está aquí dentro, entonces, entonces este sitio que es hoy, es mi hábitat.

Versión alternativa de mi yo en este día

Qué increíble es el cielo que estoy mirando. Enorme, cercano, tan bellas esas nubes como copos de algodones de azúcar rosas que se entremezclan entre comunidades de panaderos perdidos por ahí. El sol naranja, redondo, como una pelota que paralizada, posa para la foto que estoy a punto de tomar.

Llamativa la brisa que corre en esta laguna, acaricia suave pero no levanta la arena de la playa y permite que los pies, frescos entre las piedras, musgos y la sal amarillenta, respiren por sí solos, aún cuando se hunden en las profundidades de la tierra, haciéndose camino con un poco más de fuerza que la acostumbrada.

Es breve el sonido del agua, corpóreo pero firme, auténtico. Alcanza para saber que corre pero no podríamos arriesgar que irá a alguna parte.

Como yo, que de tan lindo paisaje, decido tomar una segunda, una tercera, una cuarta fotografía desde el mismo lugar, sin caminar un solo paso porque todo alrededor cambia mientras que por un momento, el mundo se detiene para mí.

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Malabares

Y sí, el tiempo pasa y desde la muerte de mi abuelo Alberto, este blog (y yo con el) nos callamos por un rato largo. Vueltas de la escritura, del estilo incierto, vueltas del inconciente jugando a la mancha con los recuerdos o lo que hace que uno plasme lo que quiere decir, lo que quiere contar, lo que hay por relatar entre tanto mundo alrededor.

Lo más extraño es que las palabras sí aparecían en forma de texto solo que únicamente podía construirlas en mi cabeza. Si había intento alguno por llevarlas al “papel”, desaparecían por completo. ¿Miedo quizás?, ¿parámetros irresueltos de una despedida que lo sucumbió todo?, ¿o acaso sólo que a partir de ese momento, muchos aspectos estructurales de mi vida cambiaron por completo?. ¿Será porque los cambié yo y no me animaba a darme cuenta como ahora lo noto, mientras escribo estas líneas?

La cosa es que ayer, volviendo del trabajo tarde, muy tarde como ya acostumbro hacer desde septiembre que empecé en este nuevo espacio, me encontré con una imagen que me impactó. Tal como todos los momentos que me impactan, aparecen conformándose entre letras y solitos, empiezan a decirme cosas en forma de crónica. Pero esta vez, querían salir. Yo creo que me di cuenta que había llegado la hora de volver a intentarlo pero no estaba segura. Ahora me parece que sí. Entonces, entonces ahí va y veremos cómo me va.

Subte A. Viernes. Subo en la estación Piedras alrededor de las 20.25 hs. Mi cuerpo está cansado y yo también. Mucho. Pero creo que más agotado está el cerebro y la tranquilidad de un fin de jornada que está desaparecida por completo. Este día se parece más a un lunes 28 de noviembre que a apenas un 18 de febrero, año casi nuevo, año casi a estrenar y que a mi me parece una extensión certera de 2010.

Se presenta como Poroto. Tiene una gorrita con viscera manchada, color verde militar. El rostro morocho, gastado, con una sonrisa enorme que le brinda una cara memorable. Bella. De esas que uno quisiera contemplar cuando está triste y no sabe con qué arreglárselas, entonces busca una canción, un texto querido o trata de buscar una imagen que lo eleve. Ese es Poroto para mí.

Pienso en la lista del supermercado. Hoy hay un descuento importante y lo quiero aprovechar. A la mañana no llegué a ver qué me faltaba, a las diez cierra el super y son las 20.30. Si no pienso por adelantado, no hay forma que el tiempo me alcance para llegar a casa, revisar todo, caminar las seis cuadras que me separan del Coto del Pedro Goyena, comprar y regresar para hervir unas salchichas, armar unos panchos y ver que mamá y Osvaldo no hayan llegado todavía para llevarnos al debut oficial de mi hermano Damián con su banda de rock, Fenix.

Poroto empieza a hablar. Primero escuché su voz, claro, eso hizo que me diera vuelta para mirar qué pasaba. Pensé que vendería algo. Pero no. Cargaba un bolsito, una tablita y unas latas de arvejas y choclos como recién pasadas por agua, vacías, sin tapa, todavía con restos de marcas en sus envases con bollitos.

¿Qué me falta de limpieza?, ¿llegamos con los paquetes de fideos que tenemos?. Si no consigo la carne picada allá, la compro enfrente en lo de los chinos, es más cara pero es lo que hay. ¡Jardinera! Eso sirve para armar ensaladas rápido pero no me gusta mucho, prefiero comprar algunos vegetales armaditos en el Mercado del Progreso.

El muchacho de la cara memorable, Poroto, se sienta en el piso. Lo tengo justo enfrente. Toma la tablita y empieza a contar que el es “aprendiz de malabares”. Apila una fila de cinco o seis abajo sobre la minúscula estructura de madera, arriba le pone otras cuatro, sube la apuesta con tres sobre esas que ya estaban, dos más, una final como si fuera la estrella del arbolito de navidad.

Malabares. Si algo hicimos hoy en el laburo fue malabares. “Almuerzo” de yogur y capuccino en tetra brick con galletitas a las cinco y media de la tarde, tentarnos de risa por cansancio, cientos de idas y vueltas de emails, corridas por agendas, pasajes, dos eventos en uno y todas las ganas de que salga bien, de que esté todo lindo, la imagen, el congreso, los materiales. Todo eso sumado a lo que tenemos todos los días, a los pendientes y a las cosas que hay que seguir haciendo.

No puedo creer lo que veo. En el trayecto desde Congreso a Plaza Miserere, Poroto toma una varilla, se la pone en la nariz y arriba, coloca la tablita con la pirámide de latas desgastadas. La sostiene quieto. Se levanta. Gira haciendo círculos concéntricos mientras el subte sigue su marcha, hace abdominales, flexiones, se ríe y nos mira, todo con la débil estructura erguida sobre su única y pequeña nariz.

Nada. Ni lista de supermercado, ni presas de pollo ideadas para combinar. Las correcciones que tengo que pasar se fueron. Nada. El cuerpo está cansando pero en mi cabeza, nada. Sólo ese momento. Maravillada. Perpleja. ¿Cómo hace? Yo misma vi como las apiló una por una, no las pegó, todo a centímetros de mi asiento. Todo.

“Para que no piensen que hay trucos, las voy a tirar todas de una”, dice. Y su ayudante, un enano hermoso con una mochila gris, recoge las que puede del aire. Ruido de latas caídas. Despedazas. Singulares pero parte del mismo conjunto. Quedan algunas sueltas y un señor de traje se las alcanza. Qué bello se volvió ese hombre cuando le entregó ese tesoro, cuando lo miró y sonrío de una manera en la que no creo que haya sonreido durante todo su día de trabajo.

Nudo en la garganta. Otro enano que estaba mirando empieza a repartir papelelitos. El también había dejado todo para verlo a Poroto y yo no me había dado cuenta de que era un pasajero más, ahí paradito al lado mío. Entre la alegría y la tristeza, un solo túnel, la misma sensacíón extrema atada a lo que siento. ¿Qué hago con esto?

Poroto se despide feliz con su gorra rellena de billetes (por suerte nadie se animó a darle monedas, artista señores, artista es lo que es Poroto). Se baja en Loria, supongo que con el próximo destino de cara a Plaza de Mayo, cruzando la calle y tomando un nuevo subte que lo lleve a las mismas caras, al mismo asombro, a todos esos mismos que somos nosotros en los cuerpos de los demás.

El enano me mira. Me muero de ganas de abrazarlo, de llevármelo a casa. Yo se que no puedo por miles de razones, pero en mi cabeza, recreo ese momento y trato de no hacerlo, pero me gana. No se porqué no lo abracé ahí mismo. En realidad, sí se. Porque el no tiene la culpa de mi sensibilidad y de todo lo que yo también, le cargaría a ese abrazo, a esa búsqueda. Quizás en ese momento, yo lo necesitaba más a el que el a mí.

Poroto debe estar en otro sitio, pienso, haciendo malabares. Lo que es seguro, creo, es que no esté pensando en cuántas latas comprar para cenar sino cuantas debe apilar para lograrlo, en cuantos viajes, en cuantas idas y vueltas con aplausos cerrados y poco sonoros por los ruidos de las máquinas contra los rieles en la profundidad de la tierra.

El cansacio vuelve al cuerpo pero no a la cabeza. Una extraña tranquilidad aparece, mezclada con culpa, con agradecimiento, con ganas de seguir peléandola, con ganas de seguir haciendo algo desde mi humilde lugar para seguir cambiando las cosas. Les mando un mensajito a dos compañeras de trabajo que ya son amigas. Les digo que las quiero, que gracias, que los malabares con ellas en un lugar agradable y haciendo lo que me gusta es mucho pero es también, un montón más de otras cosas que lo superan.

Poroto estaba contento. Eso me puso un poco más tranquila. Se veía que el también estaba haciendo lo que amaba, ese chico debía estar en un circo digno, en un espectáculo gigante porque el es gigante, como ese enanito que lo ayudaba y como el enanito que me hubiera llevado a casa.

Yo no se que es correcto y que no y hace rato que intento dejar de buscarlo. Intento. Trato de vivir como puedo, con lo que hay y con lo que me voy enfrentando. Ayer, cuando estaba en el super y llegué a la sección de enlatados con Mariano y Daniela, me quedé sola un rato mirando las latas. Pensaba en Poroto, en los malabares, en toda la gente que amo y tengo alrededor, en todo lo que peleé por conseguir y tengo entre manos, en todo lo que todavía queda pero que si el tiempo dijera stop, ya es un montón porque al lado de otros mundos, de otros seres y situaciones, esto ya es el paraíso.

Seguramente el lunes vuelva a quejarme, claro, y me olvide de este texto y de cómo volví a escribir en mi blog, la transición de meses esperando que vuelva a suceder, como si no fuera yo la que lo hace, como si un otro hubiera intervenido los dictados de mi conciencia.

Entrada la madrugada, cuando mi hermano Damián estaba en el escenario tocando su bajo con una sonrisa igual a la de Poroto, yo le alcancé una cerveza y nos miramos, volví a mi sitio y divisé entre la gente a mi amor, mis papas, sus nuevas parejas, mi familia y mis primos, amigos entrañables, me sentí enorme, gigante como si fuera a explotar de felicidad y emoción, todo al mismo tiempo. Sonaba la canción “Vivir” y yo no pude evitar acordarme de Cromagnon, de lo que pasó cuando Dami salió de ahí y todo lo que vino después y cómo nos afectó. No pude evitar acordarme de Pablo que no pudo, de Lili su mamá que todavía lo extraña y aprendió a vivir sin el.

Entonces, entonces pensé, qué valiente mi hermano carajo, qué respeto a la vida, que bello verlo pleno en ese momento, ese instante nada más, como Poroto haciendo malabares pero con las cuerdas, como todos lo que hacemos malabares para sostener emociones, vencer estrategias impuestas, como todos los que hacemos malabares a distintas escalas y con diferentes tipos de latas que vacías, se van llenando de todo lo que nos sirve para que esa varita se quede en la nariz, en esa única nariz que débil, lo sostiene todo y nos hace ver que sí, que es jodido pero que sí, que la mayor parte de las veces vale la pena porque quien te quita lo bailado y qué importa si se tiene la chance de tirar todo de vuelta y volver a empezar.

(Gracias Sil, vos sabés porqué)

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El abuelo Alberto partió en busca del cosmos (y de la abuela Elsa)

Hoy es 7 de agosto de 2010 y se fue el abuelo Alberto. El 5 de agosto fue el cumpleaños de la abuela Elsa, quien hace unos meses apenas, nos dejó en un día frío y soleado.
Ese día me sentí muy mal, como desencajada, y apenas pude comunicárselo al resto del mundo. Si bien hace rato se habían acabado las reuniones multitudinarias, los canelones caseros, el patio lleno de juegos y primos, sentí mucho su ausencia.

Por primera vez en mucho tiempo la extrañé sin posibilidad de racionalizarlo y entender que era lo mejor que los viejos se vayan si ya no quieren estar más. Parecía una nena caprichosa en mi cabeza, porque hacia afuera, no hice más que poner cara de “hoy no es mi día” y seguir andando. Sin embargo, adentro se tejía una marejada de infancia indignada de tanta pérdida, una niñita reclamando que no es justo, que por qué. Si yo se los por qué. Y hasta los comparto y los aliento y los celebro. Está bien no estar más si no vale la pena. Pero la Emilce pequeña decidió jugarme una mala pasada y quedarse a vivir otras 24 horas más, hasta ayer, viernes 6 de agosto de 2010.

Así, la frase se volvió a reflejar en mi rostro: “hoy no es mi día”. Desde que papá me dijo que el abuelo había sido internado por neumonía, yo ya era conciente de que esto iba a suceder. Y sabía, sería pronto. Aún cuando me dijo que estaba mejor. Cuando lo vi al abuelo el día de la muerte de la abuela contando en detalle cómo era que estaba vestida el día que salieron a bailar al club, me di cuenta que más allá de peleas más, peleas menos, iba a ser imposible que después de 65 años juntos, fuera a sobrevivir sin ella. Eran otras épocas, otros modos de relación, de dependencia. A su vez, una persona que ya no tiene padres, amigos, vecinos, proyectos, identidad y fuerza para vivir solo, pierde sus motivos, sus estrategias. El tenía (y tiene) una familia. Y era la suya. Pero supongo que la vejez es así, acarrea consecuencias tales como poder escribir tu propio final, agotarte de buscar razones, decidir si esto llamado vida ya no da para más.

La madrugada de este 7 de agosto no fue sencilla. Apareció en mis sueños Alberto y su taunus verde, el mismo que estacionaba en la entrada de auto en la casa de Ituzaingó. Se iba de paseo, me dijo. Al autódromo, pasando por el observatorio de San Juán. No le conté a nadie mi sueño, preferí poner otra vez mi cara de “hoy no es mi día”. Cuando papá me aviso, no se lo pude contar tampoco. Supongo que estoy algo impresionada. O que estos días el estuvo muy cerca mío, o que la abuela Elsa vino a contarme cosas para que le transmita de alguna manera. Yo no soy así. A mi la muerte no me “pega”, más bien me pone en jaque y me deja reflexionando despierta.

Hay una reeducación de mi ser en estas partidas que cada vez, son más cortas entre una y otra. Ni quiero pensar en la que falta. Sigo siendo la misma. Pienso que la muerte es parte de la vida y que no hay mejor manera de irse que cuando ya no estamos invitados a pasarla bien. Lo que no sabía, y estoy aprendiendo, es que desajusta ciertas partes de las raíces internas que hay que entender cómo acomodar. O sacar definitivamente. O quizás sea el final del latido lo que de origen a cosas nuevas y repercute más cuando es el papá de tu papá, la mamá de tu papá, el papá de tu mamá. Con la mamá de mamá todavía no se qué pasará. Lo que si se es que hace apenas una semana, tuve que arroparla como ella me arropaba a mi cuando era chiquita y contenerla en un desespero por recobrar su existencia vacía. Y fui feliz de estar ahí para ella, aunque uno se quede con tantas preguntas como cimientos tienen las nuevas ciudades y pueblos.

Y así es como hace un par de meses fue Elsa y hoy, el abuelo Alberto sale a buscarla por el cielo que tanto amaba. Fanático del cosmos y de las estrellas, enamorado del ruido de lo autos de Fórmula 1 y las carreras, mecánico de oficio y profesión, ahora seguramente estará cumpliendo su sueño: el decía siempre que quería ser astrónomo, sabía tanto acerca de galaxias y esferas tan lejanas como espectaculares. Hablaba de ellas como un escritor de su musa, o un arquitecto de su obra maestra. Lo que había guardado en sus ojos era pasión y ese mismo espíritu, ahora, navega en un barco invisible entre cometas.

Y esa es la imagen que después de tanto llanto, me dibuja una sonrisa, me deja tranquila, miro hacia arriba el sol y pienso, menos mal que ahora andás por ahí abuelo, este mundo ya no era para vos. Menos mal y que la pases de puta madre, mi queridísimo ladrón de cucharadas gigantes de dulce de leche y perfecto guardían de alfajores en el taller. Se te va a extrañar también por acá. Todos mis besos para vos y si te encontrás con el abuelo Antonio en un subte con anillos de Plutón, o si ves a la abuela Elsa escuchando las radios de otros planetas, deciles que también como a vos, los amo mucho y que gracias, gracias por todo y cuidense porque acá, estamos todos bien. Hasta la próxima.

(¿Viste? No me puedo despedir) Será porque no hay tal cosa como cuerpo y solo existe todo eso que vivimos juntos. Y de eso, de eso tenemos por acá y por allá también.

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