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La Luna en Venus (con mayúsculas)

¿Cuando fue la última vez que miraste cielo arriba y te encontraste con una sorpresa?

Eso me pasó hoy. Nada había leído y por suerte, la noche me abrazó de repente. Apareció la pregunta. ¿Qué es esa pequeña luz que parece una estrella bajo la luna? ¿Será un duende a punto de comenzar a balancearse en una hamaca? Cosas de la virtualidad, y una amiga del otro lado, me dieron la respuesta: era Venus.

Antes de llegar a ese puerto ya me había enamorado del cielo. Me quedé parada un ratito. Tiempo, tanto tiempo sin parar y mirar alrededor sin saber, sin la noticia y la espera atenta, esa ignorancia bella que me atrapó de improviso y con sabor a brisa de primavera, con la calma de poder observar, con el instinto atento y del más lindo, del que trae por ejemplo, descubrir un planeta jugando como en una plaza con la luna recortada por una tijera universal.

Todo ese desconocimiento con tintes de magia, de búsqueda interior transformada en un mural del que casi todos tuvimos la posibilidad de ser testigos, mutó en un gran museo vivo. Abierta de par en par ese gigante blanco nos miraba a todos y nos regalaba un instante maravilloso: acaso éstos no son los momentos donde nos damos cuenta que este mundo es otra cosa del que a veces queremos convencernos?

Cual títere jugando a la soga, cual Maga buscando a Olivera, cual Teresa haciendo el amor con Tomás, cual Charly cantando sus sinfonías infinitas con Pedro, cual parto de sueños nuevos, la Luna en Venus (con mayúscula) me hizo viajar sin sacar pasaje, me llevó lejos y en paz hacia un sitio tan natural como mío, tan ajeno como masivo, tan extraño como palpable.

¿Qué sabor tendrán estos momentos en el paladar? ¿Acaso el registro quedará en alguna parte?  ¿Y si no me importara eso, siquiera sacarle una foto? El segundo en que tomé conciencia de la no conciencia, de lo inesperado, de lo bello de mirar alrededor y ver algo tan espectacular como mundano me llenó el alma de música sin siquiera escuchar el rastro de una nota.

Todo una historia de nadas y todos bailando una danza invisible allá arriba. Mientras, “acá abajo”, creo, los que nos animamos a levantar los ojos pudimos escalar un poquito con una soga transparente, colgarnos y trepar felices, confiados, serenos y plenos de saber que sí, que es posible.

Que si miramos alrededor, cosas bellas pasan todo el tiempo. Sólo hay que saber detenerse, estar ahí, acá, presente reloj que no existe en este caminito que nos inventamos todos los días que no son días sino mapas constantes que decidimos volver a trazar una y otra vez hasta vivir eso que pueda llamarse quizás, “La Luna en Venus” (y con mayúsculas).

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Cambio mañana de lunes por viernes por la tarde

Mañana en el subte, camino al trabajo. La gente, toda junta, se parece más a una fila inconexa, delgada, gris, que a un grupo de seres acudiendo hacia algún lugar.

En medio de ese ágape desafortunado, tres mujeres hablan en lengua de señas. Sonríen. No se de qué hablan pero estoy segura, será una bella anécdota por los gestos que se forman en sus rostros, por el vuelo que toman sus manos. Apenas al lado, un señor escucha algo en la radio que no le gusta demasiado, o quizás, una canción que le recuerde algo que ya no tiene. Pegado a su rodilla, la pollera de una dama de unos 55 años deja ver una lastimadura reciente.

En este escenario con una rutina establecida, con cambios de protagonistas y circunstancias casuales, me desenvolví esta mañana. Era un ovillo cuando desperté, una suerte de hilo de lana eterno de muchos colores, entrelazados, un redondel hecho por una abuela junto a su nieta, no de esos que se compran en los negocios en el Once, era una semilla para un abrigo bello, una bufanda para un ser amado, una carpetita para apoyar la pava que contiene el agua que hará posible los mates para que una pareja, decida en una charla, volver a empezar.

Sin embargo, en el camino hasta esta parte me volví apenas una tela rasgada. Un retazo de esos que se encuentran en las bolsas de desechos que no le sirven a nadie, con el color gastado, sin definición, sin identidad, sin nada que invite a ser rescatado por no tener algo digno que integrar.

Suerte la mía que el encuentro con las palabras y las imágenes se unan en una pócima mágica que me salve. Una frase leída a tiempo, un árbol dejando caer una hoja sobre un ventanal abierto, los rulos de una enana que esconden sus pequeños ojos, una canción al azar y ese pedazo de cielo que se entremezcla con una escena arquitectónica destacada.

Suerte la mía de poder recuperar ese retazo que me siento y alcanzar al menos, el estado de una cinta bebé a punto de ser colocada en un regalo. No el ovillo, ese primitivo lugar donde uno sabe, puede hacer lo que quiere, lo que ama, lo que abraza el deseo del día con sus recovecos y rincones impensados. Pero al menos la cinta, ¿no? Al menos la cinta.

 

 

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Compañero de aventuras

Siempre que habla de él, se le ilumina la mirada. Se nota que desde que llegó a su vida, algo se transformó. Nada lo que era, nada lo que pensaba, nada lo que tenía. Con su llegada, el mundo se volvió un lugar mejor y en esa posible alquimia, todo alrededor iba a adquirir otra dimensión.
Que ese “él” fuera su hijo y que esté ahora entre los 4 y los 5 años no es un dato menor. Es quizás, el más importante.

Un día, él vino y le trajo un dibujo. Lo había hecho de lápiz negro, señorial, con una corbata, traje y una valija. El padre no pudo evitar preguntarse qué había pasado entre la imagen deseada de hombre más libre, más superhéroe, más otra cosa que ese “oficinista burgués” y esta realidad que él le traía entre sus manitas.
Ese día no supe qué responderle, creo que hablamos de sueños rotos, de remiendos acordes, de vidas que se acomodaban como podían al paso de las elecciones concretas que hacemos a diario para llegar, para vivir lo que queremos realmente transitar. Sin embargo, hace un ratito se me vino a la cabeza lo que de verdad, empecé a pensar en ese momento.

Dicen que las cosas llevan su tiempo, será que este también es el caso. Si tuviera una brújula que manipulara relojes volvería para contárselo, además, claro, de espiarme colgada del limonero jugando a las naves espaciales con mi hermano o ir a conseguir al kiosko de la estación de Ituzaingó un topolín con envase de cartón. Pero bueno, como esa posibilidad se la llevó algún poeta en bicicleta, se lo digo ahora, así, y a través de este viaje inmediato que no respeta fronteras.

Lo que pasó en el camino entre esa representación de la realidad que vislumbrabas y lo que de verdad fue, es, ya no tiene sentido. No importa. Nada. Como esa totalidad que se volvió toda “él” cuando nació, cuando lo tomaste en tus brazos, cuando lo miraste por primera vez y supiste que ahí estaban todos los arcos iris que buscaste alguna vez. Lo que sí, creo, hace la diferencia es lo que pasó en esa escena de la entrega del dibujo, del acto en sí mismo, de lo que pasó por la cabeza de él cuando te miró, lo grabó como en una cinta de casette vieja y lo replicó en una imagen.

En esa ceremonia inesperada, sin lujos, sin cintitas colgantes o papel picado deberías haber encontrado el mayor sentido de las cosas, queridísimo amigo. Tu hijo te sabe cerca. Te conoce. Te puede poner en un papel y hasta recordar qué llevas en tus manos. Tu hijo te abraza, reconoce tu estatura y sabe de tus dimensiones, de tus tiempos y de lo que pasa cuando esa fotografía se hace carne. Significa que llegaste. Que estás. Que a pesar del cansancio, de lo jodido de la rutina y de cómo enfrentamos tantas cosas juntas en esta vida de grandes, él te tiene.

Por eso el retrato, porque seguramente lo mejor de su día, su paisaje perfecto, es el verte llegar. Y así te ve, así te siente, así te ama. Como seguramente vos lo amas a él, tu compañero de aventuras, tu pequeño saco de ilusiones que afortunadamente, reconoces como extranjeras en su cuerpo que sin dudas, podrá construirse un lindo camino porque su papá está ahí para acompañarlo. Siempre.

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