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Cuando lo que hay está ahí, justo ahí

Antes de dormir, de subirme a una noche nueva y que sin Luna en Venus ni nada, por lo que es, porque está, ya se vuelve bella.

¿Será que cuando descubrimos pequeños grandes espectáculos alrededor como los de ayer nos volvemos más lúcidos, más corpóreos, más capaces, en el mejor sentido de la palabra?

¿Será que lo que nos habita es una Luna en Venus, la canción que amamos, el paisaje elegido y sólo cuando nos damos cuenta tenemos la chance de alcanzarlo?

¿Y si todo estuviera ahí, justo ahí, apenas estirando un poquito la punta de los pies?
¿Y si hacemos el intento construyendo un puente hacia eso que nos llena de nosotros, de lo que somos y tangiblemente, vamos amasando como una plastilina nueva en el jardín?
¿Y sí es así de fácil?

Ojalá siempre pero seguro que no, así que por lo pronto, aprovechemos que cuando lo que hay está ahí, justo ahí, vale la pena abrazarlo fuerte para sencillamente, inundar todo de esa sensación mágica de sentirse bien y nada más que bien.
Sin ribetes. Sin explicaciones. Sin medias tintas. Sin análisis.
Bien.

Tomada en Nueva York

Tomada en Nueva York

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Cambio mañana de lunes por viernes por la tarde

Mañana en el subte, camino al trabajo. La gente, toda junta, se parece más a una fila inconexa, delgada, gris, que a un grupo de seres acudiendo hacia algún lugar.

En medio de ese ágape desafortunado, tres mujeres hablan en lengua de señas. Sonríen. No se de qué hablan pero estoy segura, será una bella anécdota por los gestos que se forman en sus rostros, por el vuelo que toman sus manos. Apenas al lado, un señor escucha algo en la radio que no le gusta demasiado, o quizás, una canción que le recuerde algo que ya no tiene. Pegado a su rodilla, la pollera de una dama de unos 55 años deja ver una lastimadura reciente.

En este escenario con una rutina establecida, con cambios de protagonistas y circunstancias casuales, me desenvolví esta mañana. Era un ovillo cuando desperté, una suerte de hilo de lana eterno de muchos colores, entrelazados, un redondel hecho por una abuela junto a su nieta, no de esos que se compran en los negocios en el Once, era una semilla para un abrigo bello, una bufanda para un ser amado, una carpetita para apoyar la pava que contiene el agua que hará posible los mates para que una pareja, decida en una charla, volver a empezar.

Sin embargo, en el camino hasta esta parte me volví apenas una tela rasgada. Un retazo de esos que se encuentran en las bolsas de desechos que no le sirven a nadie, con el color gastado, sin definición, sin identidad, sin nada que invite a ser rescatado por no tener algo digno que integrar.

Suerte la mía que el encuentro con las palabras y las imágenes se unan en una pócima mágica que me salve. Una frase leída a tiempo, un árbol dejando caer una hoja sobre un ventanal abierto, los rulos de una enana que esconden sus pequeños ojos, una canción al azar y ese pedazo de cielo que se entremezcla con una escena arquitectónica destacada.

Suerte la mía de poder recuperar ese retazo que me siento y alcanzar al menos, el estado de una cinta bebé a punto de ser colocada en un regalo. No el ovillo, ese primitivo lugar donde uno sabe, puede hacer lo que quiere, lo que ama, lo que abraza el deseo del día con sus recovecos y rincones impensados. Pero al menos la cinta, ¿no? Al menos la cinta.

 

 

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Lo que sucede y lo que puede suceder

Hay veces que no se puede más que escribir lo que hay que escribir.
Es eso y no otra cosa. No hay posibilidad. Por más que le escapemos, que sembremos una duda en otro lado para ver si pica el anzuelo eso “otro” está ahí, ese pez y no otro, mirándonos de frente, preguntándonos si de una vez vamos a tomarlo o si lo dejaremos libre para que siga su camino.

Hay veces que no se puede decir más que lo que hay que decir.
Es eso y no otra cosa. Hay que maniobrar la voz para no ser crudo, hay que elegir la palabras cuidadosamente para ser exactos, hay que repasar una y otra vez lo que vamos a decir aunque todo lo que queramos es gritar, sencillamente gritar sin filtros, sin vuelta posible del lugar donde lleva ese discurso, sin siquiera, poder establecer uno nuevo para suavizar el que pasó.

Hay veces que no se puede actuar más que como hay que actuar.
Es eso y no otra cosa. Hay que ponerse de pie ante esa conducta que queremos establecer, hay que sostener lo que hay dentro y transformarlo en una situación real, tal como la imaginamos y no como la podemos apenas, llevar a concretar. Hay que transpirar, hay que respirar el miedo, la alegría, la tristeza y la adrenalina de todo lo que da liberarse de lo que nos detiene y finalmente, hacer lo que uno quiere ser para estar.

Hay veces que no se puede más que esperar lo que hay que esperar.
Es eso y no otra cosa. Hay que sostener el deseo implacable que nos habita, sublimarlo con tintes de andares recorridos, intentar por todos los medios que esa espera sea lo suficientemente hermosa como para que cuando “eso” llegue, estemos preparados para poder escribirlo, decirlo, actuarlo y quedárnoslo para siempre, siempre, adentro de todo lo que no pudimos escribir, decir, actuar esperando que de una vez, llegue a destino.

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Un día distinto para este día

Sucede que no me gusta que hoy sea hoy, acá.
Es como si la línea del tiempo se hubiera corrido del deseo desde la madrugada de ayer y me hubiera anclado en este sitio que no es físico, que no es tangible, pero que está aquí dentro, entonces, entonces este sitio que es hoy, es mi hábitat.

Versión alternativa de mi yo en este día

Qué increíble es el cielo que estoy mirando. Enorme, cercano, tan bellas esas nubes como copos de algodones de azúcar rosas que se entremezclan entre comunidades de panaderos perdidos por ahí. El sol naranja, redondo, como una pelota que paralizada, posa para la foto que estoy a punto de tomar.

Llamativa la brisa que corre en esta laguna, acaricia suave pero no levanta la arena de la playa y permite que los pies, frescos entre las piedras, musgos y la sal amarillenta, respiren por sí solos, aún cuando se hunden en las profundidades de la tierra, haciéndose camino con un poco más de fuerza que la acostumbrada.

Es breve el sonido del agua, corpóreo pero firme, auténtico. Alcanza para saber que corre pero no podríamos arriesgar que irá a alguna parte.

Como yo, que de tan lindo paisaje, decido tomar una segunda, una tercera, una cuarta fotografía desde el mismo lugar, sin caminar un solo paso porque todo alrededor cambia mientras que por un momento, el mundo se detiene para mí.

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Despedida’s rock (Hasta pronto, amigos)

Adiós, amigos. Abrazo fuerte. Otro país. Lejanía corporal. Falta de miradas. Ahora sólo queda hablar y recobrar de la tecnología la venganza de al menos, sentirlos más cerca. Pero cuánto vale el contacto físico cuando ya no se siente, cuando se anhela, cuando está tan cerca como un glaciar del desierto.

¿Cuáles son las probabilidades de que dos amigos, uno varón, una mujer, el primero colombiano, la segunda argentina, se vayan el mismo día, casi a la misma hora, desde un aeropuerto en común y sin conocerse o haberse visto jamás, con el sólo vínculo de ser personas trascendentales en mi vida?

Miguel apareció un 2006, cuando un viaje por latinoamérica me encontraba entre rutas, ciudades y gentes por descubrir; su ser fue de esos hallazgos que nunca figuran en guía y que se convierten en los mejores destinos de las travesías que elegimos transitar. Una figura distante en principio, generosidad extrema con la misma inmediatez, riqueza infinita en conocimiento histórico, geográfico y culinario, lo más parecido al pitufo gruñón en esta tierra, charlas interminables sobre el mundo, la condición humana o de cómo la infancia se convirtió en apenas, una introducción al ser “mayor” que siempre tuvo que ser.

Miguel, el de los ojos enormes disfrazados de pequeños redondeles, el de la sonrisa que cuando florece le da sentido a todo, el muchacho que busca permanentemente y no cesa de homenajear a los seres que ama con actos tan disímiles como la realización de la mejor comida del mundo, un viaje de kilómetros tantos como para dar alegrías renovadas o la compra de multitud de dulces para llevar de regreso a sus compañeros de oficina.

Cuando nos despedimos con Miguel por ¿quinta? ¿sexta? ¿séptima? vez no pude evitar que el corazón se anude como la bufanda que tenía atada al cuello. ¿Por qué te vas tan lejos? ¿Por qué te tuve que encontrar y tenías casa en otro sitio tan distante del que yo habito? ¿Por qué cuando charlamos de otra manera, de la misma pero con otros medios, no puedo mirarte para darme cuenta cuánto es que te importa que nos hayamos conocido?

Lo que sentí cuando en ese bar nos abrazamos se pareció bastante a Bogotá hace cuatro años, a Buenos Aires hace tres, a lo que me genera entender cómo es que se puede construir el amor por un amigo en “tan poco tiempo” y cómo es que todo eso cabe en una maleta de viaje, en un mensaje por una red social, en un email oportuno, cómo es que hacemos para que todo lo que nos remite y nos anima y nos estimula se vuelva enorme, genuino, tan bello como doloroso de no poder terminar de concretarlo como en estos días, en un abrazo interminable que no deja siquiera espacio para que una brisa pueda hacerse eco de lo que allí acontece.

Solcito apareció en mi vida en un banco cercano de la Universidad de Buenos Aires. Resulta que vivíamos a cuarenta cuadras de distancia en Ituzaingó pero nos fuimos a encontrar 18 años después en las aulas de Ciudad Universitaria en Nuñez, cursando el CBC para Ciencias de la Comunicación. Lo nuestro sí que fue amor a primera vista.

Apuntes comprados a medias, mates en el pasto, en el desayunador de la casa en Posta de Pardo, en mi hogar de El Tordo junto a el perro más feo del mundo que era el mio, en Mar del Plata para recobrar las fuerzas por amores desgastados, en la plaza convocando ideas y sueños, mates y dulces en recitales, charlas y conferencias, en madrugadas de resoluciones drásticas y tan revolucionarias como cambiar de vida, de estilo, de pensamiento, de libro a medio leer, confesiones de invierno y de temporadas enteras sin querer dejar de hablar, de compartir, porque esa otra era una, esa otra era la que sostenía la tristeza, la convertía en otra cosa: en flores, en películas maestras, en destinos infrecuentes.

Ese encuentro que estaba destinado a suceder para que otras metas, arco iris africanos, hawaianos, parisinos derivaran en una vida foránea pero propia, en una aventura en Estados Unidos de los nuevos seres maravillosos encontrados, del amor de su historia, del segundo hogar que la espera y como una hada madrina, la ayuda a cumplir todo lo que está diseñando a fuerza de bocetos, imágenes recreadas y la esencia de mantener ese tesoro para multiplicarlo y poder vivirlo también en Argentina, su raíz de maceta, su árbol permanente, su espacio sin fin que no provoca fronteras sino que anima a unirlas de a poquito, con amor y con paciencia.

Cuando nos despedimos con Solcito en el hall de su casa en Buenos Aires, el remis esperando en la puerta, la abracé tan fuerte como pude y ella, también. Era otro adiós de esos que nos tienen ya acostumbradas desde hace ocho años, que son los que cuentan desde que se fue. La verdad es que no parece tanto. No si se lo mide desde lo que genera en mí, desde lo que produce cada vez que la veo, el orgullo infinito de la inteligencia que no duerme junto a la arrogancia, su increible don de bondad y contención, la historia en común que recrea cada vez que la veo. ¿Por qué no estás a la vuelta de casa? ¿Por qué no podemos construir acá cerquita nuestra propia ONG? ¿Por qué no estás cuando decido retomar la facultad, replantearme mis procesos, escribir un nuevo texto, ilustrar una obra de arte, abrazar una nueva causa, caerme en mil pedazos, llenarme de dudas por saber si voy bien, si estoy en el camino correcto de acuerdo a la que soy, a la que sabés que soy y que proyecto lo que de verdad quiero lograr? ¿Por qué no estás ahora para salir corriendo a decirte que me muero de miedo pero que también estoy ansiosa por reirme más, que me gusta lo que estoy haciendo, que todo lo que hay alrededor lo estoy integrando a una novela que se está escribiendo sin que me de cuenta?

Miguel y Solcito ya están en su casa. Lejos, tan lejos como este teclado de mí misma, tan distantes como la canción que escucho en mis oídos, así como el compositor la hizo y no sabe de mi existencia y aún desde ese punto de vista se instala en el alma, así de cerca y profundo nuestro encuentro, así de hermoso el poder recrearlo cuando se pueda y como se pueda y confirmar cada determinada cantidad de meses que es así, que no hay dobles discursos en los ojos y que la amistad, ese faro guía que sorprende, puede mudarse a los mapas, a las rutas aéreas, a las reuniones furtivas sin miedo a desaparecer acaso, en el horizonte que los que la integran esten dispuestos a desafiar.

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De cunas, juegos mentales y Lennon


Y encontré esta canción, como todas las canciones que encuentro cuando no quiero, cuando no las busco, aparecen como barriletes invisibles a traerme sensaciones conjuntas con el tiempo: la lluvia, el afuera que no veo y no me ve, esta sensación de burbuja protectora y divertida, el último de los nacimientos que estábamos esperando alrededor, todo esto confluye en mi como un rio y lejos de apartarme, decido meterme de lleno, empaparme en sus charcos y jugar con sus profundidades.

Nació la última pequeña que estábamos esperando. Kira llegó entre fútbol, ansiedades y reclamos de todos, porque decidió que el frío era demasiado y que además, iba a hacer lo que quería desde el primer día de su vida. Bien por ella, bien por Maite que apareció a dar la sorpresa de la esperanza y la alegría hace unos días, pequeño milagrito de la fé de una madre que no podía dar a luz y sin embargo, pudo imaginarla tan bien, delinear tan bien su relación juntas, que logró corporizarla a pesar de los falsos pronósticos y los miedos promulgados.

Bien por Joaco que en abril se animó a traer sus más de cuatro kilos al mundo por parto natural y convertise en el hombrecito de las caras extrañas y la sonrisa o el ceño fruncido rápido, el ronquido adelantando y la paciencia de la escucha, bien por Vicky que se hizo esperar dando lecciones de planificaciones y atemporalidades, con el carácter tan bello de regalarte reflexiones sin palabras, miradas que se sostienen y reclamos acertados cuando la atención se diluye y no es tan importante.

Bien por Zoe que en diciembre se animó al verano en la costa, a la navidad con dos días y a saltar en las hamacas para bebés en casas ajenas, con esos esbozos de sonidos que detienen, maravillan, conmueven y brindan en un bracito que intenta ya tocarte, un mundo entero de sensaciones eternas, bien por Melián y todos los libros que encuentra con seis meses, las sentaditas con sonrisas y las orejas levantadas, la búsqueda de la tierra entre los dedos y el no a la disciplina rígida y el sí a el aprendizaje con amor.

Bien por los papás de todos estos enanitos que tanto amo, que tanto quiero, que llenan mi vientre de sueños y adivinanzas, de “juegos mentales” de Lennon acerca de si yo podría hacerlo, si sería posible y cómo, si lo mereciera o pudiera alcanzar semejante viaje, tamaño sueño de ojos abiertos.

Mientras tanto la felicidad me inunda, lloro, y trato de pensar no sólo en ellos sino en todos los pequeñitos que han nacido y nacerán, en lo que serán sus vidas y las dificultades que deberán atravesar, pienso en que ojalá todos tuvieran la suerte de tener los padres de estos bebés que yo conozco, no por perfectos ni por economías, no por acertados o derechos, no por valores o proyectos, pienso en que ojalá tuvieran la suerte de que los amaran tanto como ellos los aman, como ellos los trajeron a este mundo, confiados, ojalá que siempre así, con ese espíritu que les abraza el alma y no distingue entre verdades o defectos.

Y claro, como yo también los amo, como yo también los cuido, como yo también espero, tengan ellos, todos los seres de este inmenso universo la posibilidad de recibir y dar amor, que al fin y al cabo es lo único que importa.

“Love is the answer and you know that for sure”. Gracias John, gracias Lennon.

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Nueve desde los veintueve a los treinta

El título parece una enredadera, como el tránsito de los días vividos hasta esta jornada, como la semana que queda por llegar antes de los treinta, como todo lo que ha pasado desde el siete de marzo de mil nueve ochenta.

Solía no creer en los cumpleaños. Todavía no creo en ellos. Hasta la adolescencia, creo recordar que los esperaba ansiosa, contenta, con la adrenalina clásica de los regalos de quién, cómo y por qué, de las tarjetas compradas en librerías escritas a mano, de las velitas de la torta sopladas a upa de mamá, de papá, después ya paradita sobre una silla, con los abuelos aplaudiendo y los primos bien cerca, más tarde la ropa elegida por mí misma, la ausencia de figuras de mazapán y glasé, los confites de colores y granas para disimular la infancia en retirada, el novio de la mano, el abrazo de los amigos que cerquita, sacaban turno para tirar de las orejas.

No se qué pasó después de los veinte, porque apenas si recuerdo una fiesta. Trato de viajar en mi cabeza hasta esos días primeros, los que antes coincidían con las clases, y ahora nada, diez años de imágenes a la deriva. ¿Dónde se fueron? ¿Qué pasó con los festejos? ¿Es que acaso cumplo veinte otra vez, falló el calendario y volví hasta ese punto, punto muerto, punto cero, punto y aparte, punto sostenido y punto final?

No es que haya tristeza ni llanto. No hay más que preguntas en esta espera que parece ser impaciente, que guarda tantos interrogantes como los ojos de Maya que ahora me miran, ya no sentada en la impresora sino apoyada en la mesa, tras mi laptop, jugando con la cola tras el monitor para llamarme la atención.

¿Qué esconde la sensación de pérdida? ¿Cómo sentirse así si uno está aliado con uno mismo, buscando siempre, subiendo la apuesta para hallar los sueños que construímos cada siete de marzo de 1986, cada siete de marzo de 1995, cada siete de marzo de 1999, cada siete de marzo de 2004 y de todos los años entre medio y por venir?

La nostalgia se parece a un cuadro sin pintar, a un boceto fallido, a una figurita difícil: recrearla implica creación, descifrar qué fue cierto y qué real, corregir las imperfecciones para que duela menos, buscarla desesperadamente para completar un álbum que siempre parece estar a medio camino, llenar los vacíos con cosas que ya no crecen, que quedan estáticas, que sólo sirven para coleccionar.

De un tiempo a esta parte, como diría un cantautor que conozco, supe ser una guardiana de memorias. Dieciseis caja de recuerdos, el primer cepillo de dientes, las narraciones de segundo grado, las invitaciones de cumpleaños de los chicos de la escuela, las cartas de amor y amistad más leídas del mundo, objetos pequeños y llamativos de los que ni siquiera recuerdo el entregador, el conejo amarillo que me regaló el abuelo Antonio cuando nací y el hada viajera que recorrió el mundo de la mano de un gran amigo que supo crear al personaje más bello. Todos ellos juntos, charlando quizás a oscuras, maldiciéndome por dejarlos a merced del olvido que no llega, que se queda detenido como esperando que de una vez por todas, lo deje entrar.

Y no puedo. Aprendí a vivir con ellos, con todo lo que me dejaron las aulas, los talleres, las calles de tierra y asfaltadas, las sonrisas de la familia y las diapositivas, aprendí a generar nuevas cosas con las obras de teatro vistas, la calle Corrientes de madrugada y las librerías, las charlas con compañeros eternos y los reproches por la locura que crecía. Descubrí en cada pasado una idea, una vía de escape, un parque de diversiones para las rutas transitadas, para los amores construídos, para los deseos que no fueron y los que ni siquiera, me animé a desear.

Un día me dije que esa era yo y nunca jamás me atreví a contradecirme. ¿Será que así funciona? ¿Será que ya no podemos volver atrás con lo que dijimos que volveríamos atrás a visitar? La vida está llena de estaciones a las que saqué boleto de ida y una suerte de otro yo se ha quedado allí para recordarme que, si bien no puedo volver cuando quiera, hay un espíritu, una espina, un copo de azúcar segun el momento, para mirar ese instante como la escena de una película. Sin embargo, la parte de los cumpleaños se ha borrado. Incluso, habiendo escrito este texto para llegar a ellos, para trazar un mapa que me devuelva la canción y las personas de alrededor, nada. Ni una foto. Ni.

Las cosas nunca serán iguales a partir de este descubrimiento. Me estoy haciendo las preguntas más sencillas y profundas estos días, de esas que al responderlas, todo un mundo se pone en cuestión. A veces lo hago sonriente y felíz de preguntarme, emocionada por todo lo que me viene siguiendo desde atrás hasta hoy, otras, apenas si puedo pensar cómo salí de ellas, cómo hice para superarlas y volverlas a armar, volverse otra vez materia después del vendaval y el vaciamiento.

Entonces, todo un viaje de sensaciones, de quebradizos puentes qué atravesar para seguir el rumbo que elijo, que trazo día a día, ese que me deje convertir los recuerdos en marionetas visibles qué maniobrar para llegar a las respuestas que necesito seguir encontrando: qué, dónde, cómo, cuándo, por qué y para qué estoy, ando, respiro, amo, cuestiono, construyo, vivo.

Escribir es mi primera, única y clara respuesta. Todo lo demás, está por verse. Y puede que tenga que ver, o no, estos nueve desde los veintinueve hasta los treinta.

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